Fraudes a granel

Por cuestiones que, como ser vivo, me afectan en enfermedades, soy un constante usuario del sistema de salud mexicano. Mi relación con esa institución es desastrosa. Me aterra porque no funciona bien y, al no funcionar con eficacia, no me inspira confianza. Cuando hay necesidad de acudir a ese sistema todo se desmorona frente a mí. Mil cosas ocurren para que ese derrumbe alcance pronto niveles de desastre que me dejan frente a un horizonte oscuro.

No haré aquí un recuento detallado de todos los eventos que terminan por aniquilar mi fortaleza cada vez que asisto a la institución, pero quienes como yo padecen del mismo mal, entienden bien lo que digo. Frente a ese monstruo de la ineptitud y la inoperancia me pregunto: ¿qué tuvo que pasar para llegar a este estado de cosas?

Si bien es cierto que el sistema de salud mexicano nunca ha sido un ejemplo de grandeza, había, por lo menos en el pasado, una cierta atmósfera esperanzadora de que las cosas podrían mejorar en un futuro cercano. Hoy, la certeza de que eso no ocurrirá jamás abre un abismo de incertidumbre verdaderamente aterrador.

Todos los documentos que consagran los derechos humanos universales consignan el derecho a la salud como una obligatoriedad de los Estados nacionales modernos hacia los ciudadanos que constituyen su base gobernada. La Declaración de los Derechos del Hombre, emanada de la Revolución francesa, lo suscribe como un mandato; la Carta de San Francisco, la Carta de las Naciones Unidas y la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, lo ratifican como algo fundamental para garantizar la integridad de los individuos del país.

El Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, parece entenderlo bien porque en su propaganda dice que la «salud es un derecho humano». Y es verdad, pero en la vida cotidiana ese slogan publicitario está muy alejado de la realidad.

En el tema de salud, el sexenio de López Obrador cultivó la mentira con una vocación de perversa profesionalidad. Su divisa, enarbolada con exagerado histrionismo, fue siempre que sería mejor que el de Dinamarca y coronó su falacia con la invención (llevada después a la realidad con un costo económico mayúsculo) de una superfarmacia donde estarían concentradas todas la medicinas que necesitara el pueblo. Naturalmente ninguna de las dos aspiraciones funcionó porque su base está en la ocurrencia, nunca en la razón para operarlas.

A lo largo de mi vida he sido un asiduo partidario de la continuidad, no me gustan las rupturas gratuitas, sobre todo cuando hay proyectos que merecen seguir porque hay argumentos que justifican mantenerlos. Pero tampoco admito continuidades que están fundadas en lealtades, sobre todo si son políticas o, peor aún, si son el resultado de sumisión a la figura de caudillos inoperantes.

Por eso me resulta enojoso la aparición de las farmacias del bienestar. Lo que debería ser una magnífica noticia no lo es. Resulta que las dichosas farmacias no son sino unos ridículos carritos, semejantes a puestos ambulantes de fritangas o tacos callejeros. Un fraude.

¿Por qué la presidenta continúa con la mentira y el engaño lopezobradorista respecto al sistema de salud mexicano? ¿Por qué miente con esta ocurrencia en torno a la solución de la carencia de medicamentos? ¿A quién pretende engañar? ¿Quién cree que somos? Peor aún, ¿por qué se engaña a sí misma?

No puedo creer que a la presidenta se le haya ocurrido elevar a política pública para dar solución al desabasto de medicina este desvarío. Es humillante para el pueblo que tanto dice amar. Es una burla que esconde lo insensible que puede ser la política en manos de gente sin escrúpulos, endiosada sólo con el poder. Por supuesto también es una afrenta.

La soberanía en la administración de los derechos humanos debería trascender la autoridad de los gobernantes y también, claro, debería dejarse por asentado que la soberanía de los poderes gubernamentales nunca debería cruzar una línea ética a la hora de plantear políticas públicas, como en este caso, en torno a la salud. No solo es una humillación, una burla y una afrenta, es un crimen.

Pero los carritos taqueros convertidos en las flamantes farmacias del bienestar es lo de menos. En el trasfondo de este fraude se encuentra una línea de pensamiento que deberían tomar los ciudadanos comprometidos con esta patria nuestra.

Esa línea de pensamiento está relacionada con el hecho de que el proyecto de nación deseable para México, no debe ser producto de la ocurrencia, aunque parezca genial, de liderazgos ocasionales o caudillos carismáticos. Menos aún debería pasar por las ocurrencias de políticos en campaña, sino de la reflexión plural y colectiva de la sociedad que piensa por sí misma.

La participación de la sociedad civil en la construcción de acuerdos nacionales, el juicio objetivo al estado y la redefinición de lo que significa el estado de derecho, así como la visión de la democracia, es hoy un imperativo inaplazable para que este tiempo empiece a ser el tiempo de la conciencia, de la inteligencia, de la verdad que pone a juicio las narrativas que se nos presentan con tintes de verdades universales.

He hablado en otros artículos en torno a los muchos vacíos en que navega la presidenta de México. Este es uno más. Pero mientras la presidenta no deje el manual de la retórica lopezobradorista continuará en una ceguera que la llevará al abismo.

Las farmacias del bienestar son un fraude, como son los muchos que a granel presenta ante nuestra mirada la administración Sheinbaum. Si eso es todo lo que se nos puede ofrecer en materia de salud, el Gobierno debería entonces reconocer su fracaso y sentar las bases de un proyecto nuevo que garantice un sistema de salud con una dimensión ética y social en favor de una población que lo requiere con urgencia.

Quizá entonces, aunque sea poco, será suficiente para festejar un cambio que no se ha podido dar en siete años de una transformación que no se ve por ningún lado.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.

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