Helada, el agua estaba helada. Un sol radiante pero insuficiente para tibiarla siquiera. Era la primera vez que me sumergía en el serpenteante río San Marcos o río Mezquites en Cuatro Ciénegas, Coahuila. Con antelación me recomendaron llevar googles para sumergirme; fue un acierto. Una vez dentro debía moverme para entrar en calor y me puse a nadar. Poco a poco me alejé hacia el otro extremo del cuerpo de agua, donde no había personas. El bullicio de la gente fue quedando atrás para dar paso a la quietud y el misterio bajo el agua. Fue encontrar un desierto sumergido: arena y piedras tibias, vegetación típica de los desiertos. Además, peces y tortugas. Cuanto más braceaba más paisajes únicos descubría; había rocas enormes y redondas donde descansé un momento. Confundí una tortuga que permanecía inmóvil en el fondo con una piedra; se movió al sentir mi presencia. Mis ojos se maravillaron una y otra vez con ese ecosistema tan pequeño como grandioso. Mi pecho no cabía de la emoción por la naturaleza perfecta y mística. Pensé en mis padres (ya fallecidos ambos), no sé si ellos a través de mis ojos hayan podido observar lo que yo estaba viendo. Mi papá, un apasionado y estudioso empírico de la naturaleza, me heredó ese gusto y la capacidad de fascinarme y la curiosidad. Convencida estoy de que mi padre se hubiera emocionado tanto como yo. Esa experiencia me pareció una bendición y regalo de Dios y de la vida, pero sobre todo de mis padres, gracias a ellos estoy aquí: viva, plena, sensible y nadando en estas aguas pacíficas e intrigantes. Es agradecer al origen en todos los sentidos.
Gratitud
