Habermas y su legado ético-político

El filósofo alemán Jürgen Habermas falleció recientemente a la edad de 96 años. Este pensador es reconocido por su teoría de la acción comunicativa. Su aportación al pensamiento es vasta y diversa. He podido acercarme a su obra debido a mi interés por la modernidad, la ética y la política. De hecho, los libros de él que me atrevo a recomendar son los siguientes: El discurso filosófico de la modernidad, El futuro de la naturaleza humana y Conciencia moral y acción comunicativa. Me veo obligado a recuperar la riqueza de la ética del discurso que forma parte de las múltiples contribuciones de este filósofo.

En mi libro Moradas. Diez éticas titulé el capítulo dedicado a dicha ética «La ética discursiva: una ética para la democracia» porque considero que este diseño moral conlleva un correlato político. Los tiempos que corren están preñados tristemente de irracionalidad. La guerra en el Medio Oriente nos pone los pelos de punta. El petróleo al alza y quienes se llevan la peor parte son «los condenados de la tierra» (Frantz Fanon). Las guerras, como siempre, arrastran entre las patas a la gente inocente. Urge posicionarse vigorosamente contra ellas. Y la ética de Habermas nos invita al debate incluyente y racional para potenciar los valores de la democracia deliberativa.

Habermas considera a la modernidad como «un proyecto inacabado». Piensa, desde su Alemania, que vivimos en países imperfectamente democráticos, donde predomina el pluralismo axiológico. Es decir, al haber distintas jerarquías de valores, será preciso buscar los mínimos que cualquier individuo debe respetar. Por tanto, es preciso promover una ética procedimental, deontológica, cognitivista y dialógica para llevar a buen puerto todos los pendientes que el proyecto moderno carga penosamente. Una ética de esta especie, anclada en una antropología que concibe al ser humano como un animal dialógico, podrá proponer las normas mínimas con las que sea posible convivir armoniosamente.

La ética discursiva distingue entre la «comunidad real de diálogo», bajo la cual no se podría diseñar ninguna ética; y la «comunidad ideal de diálogo», que es el paradigma desde el que se pueden elaborar las normas mínimas de convivencia. A esta última comunidad, Karl Otto Apel, el otro filósofo fundador de la ética discursiva, la llama «situación ideal de habla». Para que la comunidad de diálogo sea ideal es preciso que los que participen en la selección de las normas sean interlocutores válidos. Hoy en día, con una ONU descafeinada y una guerra comercial declarada, es prácticamente imposible encontrar este tipo de interlocutores en la comunidad internacional.

Jürgen Habermas propone el siguiente «principio ético discursivo: únicamente pueden aspirar a la validez aquellas normas que consiguen (o pueden conseguir) la aprobación de todos los participantes en cuanto participantes de un discurso práctico» (Habermas, 1985, p. 117). Esto quiere decir que debe haber un consenso en torno a la norma que se discute para que esta adquiera validez. La mayoría no basta. Si esto se logra, tendremos a la vista una norma válida para todos sin excepción.

Un problema salta a la vista. Esta ética exige que los participantes en el diálogo lleguen a un consenso para que las normas tengan validez. Hoy en día, con la escasez alarmante de interlocutores válidos, parece imposible llegar a dicho consenso. Por esta razón, filósofos como el neopragmatista Richard Rorty se han decantado por la conversación y no precisamente por el diálogo racional para escoger la redescripción de la realidad más viable en un momento dado. Esta conversación admite la discusión, incluso acalorada, con su respectiva dosis emocional. Otros pensadores insistirán en la importancia del disenso en el diálogo dado que la suerte de las minorías también cuenta.

Es difícil encontrar ejemplos concretos de la aplicación de la ética discursiva al debate político. El filósofo argentino Roberto Gargarella, a propósito de la partida de Habermas, ha resaltado el aporte del diálogo habermasiano a la democracia deliberativa argentina. Considera que el diálogo racional habermasiano influyó, por ejemplo, en la derogación de la llamada «Ley de autoamnistía» sancionada en los últimos días de la dictadura militar, que buscaba clausurar la posibilidad de un juicio a los responsables de los crímenes de lesa humanidad cometidos por la Junta Militar. El juicio a la Junta fue posible debido a la argumentación basada directamente en la idea de «democracia deliberativa» habermasiana de un grupo de filósofos del derecho. Este ejemplo se vincula directamente con la reciente conmemoración de los 50 años del inicio de ese periodo atroz que le robó la vida a la Argentina toda.

Con el deseo de que en nuestra patria se multipliquen los interlocutores válidos, culmino estas líneas con mi sincera gratitud al último de los filósofos sistemáticos.

Referencia:

Habermas, J. (1985). Conciencia moral y acción comunicativa. Península.

Prado Galán, J. (2015). Moradas. Diez éticas. Arteletra/Colofón.

Un comentario en “Habermas y su legado ético-político

  1. Gracias querido ganso creo que esta ponencia abre luces y caminos para una democracia más auténtica real y como dices tú discursiva y dialogal que tanto necesitamos para lograr la paz en el mundo entero

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