Hacia una concepción deportiva de moral

Todo lo que sé de moral lo aprendí del futbol.

Albert Camus

Se acerca el mundial. Es preciso explorar la dimensión futbolística desde distintos ángulos. Hablar del futbol desde el punto de vista moral nos puede llevar a mencionar a bote pronto los desafortunados incidentes que han ensuciado este deporte en los últimos tiempos. Desde el beso de Luis Rubiales a la jugadora española Jenni Hermoso hasta el abuso sexual infantil del exjugador de las Chivas, Omar Bravo, pasando por el reprobable «¡mono!» de Prestianni a Vinicius. Estoy hablando aquí de moral en el sentido de comportamientos deshonestos de directivos o de futbolistas, y también de aficionados. La moral es, por definición, un conjunto de normas y comportamientos que regulan nuestras relaciones en un contexto cultural determinado. Si se transgreden esas normas, estamos ante una inmoralidad evidente. Se distingue del derecho en que en este caso las normas se imponen con una obligatoriedad externa e incluso coercitiva.

Sin embargo, a lo largo de mi vida como aficionado al futbol, he podido constatar la riqueza de aquella concepción «deportiva» de moral (y de filosofía) que esbozó en su momento el filósofo español José Ortega y Gasset. Para Ortega, la moral no es sinónimo de normas y comportamientos que tienen que ver con el bien y el mal. Es más bien sinónimo de fortaleza y empuje en el sentido de «tener alta la moral». Esta concepción orteguiana es la misma que está a la base de la célebre frase del escritor existencialista Albert Camus y que encabeza este escrito: «todo lo que sé de moral lo aprendí del futbol».

Aristóteles y Ortega proponen que, en lo que a moral respecta, demos en el blanco: «En el comienzo de su “Ética”, dice Aristóteles: “Busca el arquero con la mirada un blanco para sus flechas, ¿y no lo buscaremos para nuestras vidas?”. Bajo tal metáfora pierde la Ética el cariz pedantesco que en nuestro tiempo ha tomado, y parece convertirse en una noble disciplina deportiva, que puede resumir sus imperativos así: ¡Hombres, sed buenos arqueros!»(Ortega y Gasset, J., 1966, p. 3285) Esta metáfora cobra vigencia y cercanía a la luz de los logros que nuestro país ha conquistado en el mundo del tiro con arco.

Las experiencias futbolísticas que expresan esta idea de moral son múltiples. Todos guardamos en la memoria ese «partido del siglo» entre Alemania e Italia y la figura de «el Káiser» Franz Beckenbauer con su brazo dislocado y vendado. También se agolpan en nuestra mente las imágenes de aquellas dos finales donde el Santos derrotó a contracorriente al Necaxa y al Pachuca mostrando una moral a toda prueba. Dicha moral se muestra, por ejemplo, en el esfuerzo denodado por remontar un marcador, en la aplicación y concentración para manejar un resultado parcial, en la disciplina para no caer en una provocación, en la actitud al quedarte con diez hombres, en fin, en muchas otras situaciones donde se tiene que sacar la casta.

Nietzsche ha escrito que la moral es aburrida. Lo es, sin duda, si entendemos por moral un código de obligaciones al que debemos ceñirnos. Pero creo, con Aranguren, que «la moral no es aburrida, sino todo lo contrario. La moral, es decir, el sentido de la vida, es lo más apasionante en que el hombre puede pensar» (Aranguren, J.L.L., 1998, p. 310). Para ello hay que pensar en la virtud como entusiasmo, como fuerza, no como mero ejercicio de repetición de actos en un justo medio para alcanzar un hábito un tanto frío y desangelado (Aristóteles).

No olvidemos nunca que «virtud» proviene del latín «vir», que significa fuerza. Es la virtud en el sentido pagano. Y que virtud en griego es «areté», que se puede traducir como excelencia. He hecho referencia a dos conceptos de virtud, sólo me resta añadir a esta clasificación la noción estoica de virtud, la virtud como renuncia. Y no quiero decir que en el futbol no esté presente esta última connotación de virtud, pero lleva mano la presencia de la virtud como fuerza y entusiasmo.

Cuando uno piensa en esta concepción de moral como fuerza y entusiasmo, como energía contra viento y marea, se concentra uno naturalmente en aquellos que han triunfado en el futbol y en el deporte y olvida uno a los que, a pesar de perder, mostraron una resiliencia envidiable. En el primer maratón olímpico femenino de los juegos de Los Ángeles de 1984, Gabriela Andersen-Schiess, una atleta suiza, llegó a la meta con una determinación semejante a la de Jesús cuando decide subir a Jerusalén (cfr.: Lucas 9, 51: «Como ya se acercaba el tiempo en que sería llevado al cielo, Jesús emprendió resueltamente el camino a Jerusalén»). Gabriela sufrió deshidratación y calambres severos. Terminó la carrera en el puesto 37 de 44 corredoras. La imagen de Gaby, deshilachada y tambaleante, es el símbolo de alguien que tuvo altísima la moral y, aunque no ganó, merece nuestra admiración por el esfuerzo extraordinario y la perseverancia sin igual.

El libro Sobre héroes y hazañas de mi hermano Gilberto compendia una suerte de momentos sublimes donde se puede apreciar nítidamente este concepto «deportivo» de moral. Recomiendo ampliamente su lectura como preparación para disfrutar esta justa futbolera que ya está en puerta.

Referencia:

Aranguren, J.L.L. (1998). Ética. Ediciones Altaya.

Ortega y Gasset, J. (1966). Introducción a un «Don Juan» en Obras completas. Revista de Occidente.

Prado Galán, G. (2011). Sobre héroes y hazañas. Fama y gloria del deporte mundial. Cal y Arena.

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