El hombre es aquel que sabe que aun sufriendo puede estar de pie… aquel que dice que lo imposible es posible.
Alain Badiou
Tuve la suerte de coincidir con Alain Badiou (nacido en 1937, en Rabat, Marruecos) hace algunos años en la Ibero-México. Me pareció una persona de una bonhomía singular. Lo considero uno de los filósofos vivos de mayor originalidad. Lo último que supe de él es que estaba colaborando sin descanso en el movimiento en favor de los obreros indocumentados. En esta ocasión, trataré de dar cuenta de su ética, que coincide cabalmente con su praxis.
La lectura de la ética de Badiou revivió en mí un par de elementos éticos críticos: la llamada ética de situación y la moral de resistencia de los revolucionarios. Badiou se sitúa del lado de Sartre. No puede entender que la ética tenga que ver con universales, con categorías abstractas, ni con el Hombre, ni con el Derecho, ni con el Otro. Badiou concibe la ética bajo la consigna del «¡continuad!». Evoca sin pretenderlo La condición humana de Malraux y la resistencia de Kyo. Evoca Los justos de Camus y el heroísmo de Kaliayev. Y un largo etcétera.
En una conferencia que dictó en Argentina allá por el año 2000, afirmó estar de acuerdo con Sartre en pugnar por un comunismo de singularidades que produjera igualdad sin menoscabar la singularidad y la individualidad, que cada uno sea igual y al mismo tiempo diferente de los demás: «O habrá un camino de comunismo de singularidades o la humanidad no será algo muy diferente de las hormigas». Y conste que para Bergson y para mí las hormigas son un modelo de desarrollo al máximo de la inteligencia meramente instintiva.
La ética hoy, según Badiou, coincide con los derechos humanos. Y como los derechos humanos son la ideología del capitalismo globalizado, luego entonces la ética queda subsumida a dicha ideología.
En la ética kantiana, censurada hasta el cansancio por Badiou, el bien se define a partir del mal. Desde hace muchos años se nos inculca que todo proyecto de revolución, todo proyecto «utópico», nótese el entrecomillado despectivo, tiende a la pesadilla totalitaria. Hay que deshacerse de una vez por todas del dilema «democracia o totalitarismo». Hay que partir de un bien utópico para definir el mal. Según el autor de El ser y el acontecimiento, es a partir de la capacidad positiva del bien como se determina el mal, y no inversamente.
Badiou, en esto nada original, hecha mano de la definición del hombre como el inmortal o, por lo menos, con Spinoza y Unamuno, como el que se desvive en el afán de inmortalidad. Este afán hace del hombre el más resistente y el más paradójico de los animales. Por ello continuar o resistir, no desistir, tiene sentido, porque somos inmortales.
Antes de justificar su ética del «¡continuad!», Badiou critica no solamente la ética de la diferencia sino también la ética de la alteridad de Lévinas. En cuanto a la primera, le parece que el reconocimiento del otro disfraza la violencia que en el mundo se aprovecha del desvalido. Y en cuanto a la segunda, algo que ya había leído en Savater (léase Ética como amor propio), tacha de teología a la ética de la asignación de la responsabilidad, a la ética que coloca al Otro sobre lo Mismo. Esta ética supone una garantía exterior, un otro divino que pueda franquear la distancia.
Se trata entonces de ser fieles al acontecimiento. Acontecimiento puede ser, señala Badiou, desde la Revolución francesa hasta el encuentro amoroso de Abelardo y Eloísa pasando por la invención de Haydn de un estilo musical clásico. Si quiero ser fiel al acontecimiento «Revolución francesa» debo incorporar en el dúo de ideales «libertad-igualdad», el elemento ausente: «fraternidad». Otro ejemplo, lo cita Badiou, si quiero ser fiel en física a la revolución einsteiniana, no puedo continuar practicando la física clásica. Y se llama «verdad» a esta fidelidad a un acontecimiento. Como se puede ver de inmediato, se trata de una verdad ética y no tanto de una verdad epistemológica. Por ello su ética es una ética de las verdades.
Penetramos en el quid de la cuestión. La máxima de la ética de las verdades es: «Haz todo lo que puedas para que persevere lo que ha excedido tu perseverancia». La divisa es «¡continuad!». Y es «continuad» cuando parece que todo está perdido. Allí es donde hay que sacar fuerzas de flaqueza. Podría decirse críticamente con los spinozianos que eso ya lo había dicho antes el «príncipe de los filósofos». Sin embargo, la «perseverancia en el ser», el célebre conatus, se queda a medio camino y es necesario atizar el fuego con una fidelidad al acontecimiento que resista la tentación de volver al pasado. En el ejemplo de la Revolución francesa, que resistamos volver a los vicios de la monarquía, en el ejemplo de la revolución einsteiniana, que resistamos volver a la física newtoniana, a sabiendas de que siempre es más fácil retroceder que avanzar.
La ética de las verdades, en plural, es militante y combatiente. Por ello considero que es una ética de la resistencia que no deja de ser una ética voluntarista, una ética de la tarea y no tanto del don. La ética del «continuad» a toda costa implica discernimiento para no quedarse prendido de los simulacros, valor para no ceder y reserva para no dirigirse a los extremos de la totalidad y caer en los viejos dogmatismos.
Referencia:
Badiou, A. (2004). La ética. Herder.
