El Abrazo de Acatempan fue un acontecimiento histórico ocurrido el 10 de febrero de 1821 que selló la reconciliación y alianza entre las fuerzas insurgentes y las tropas virreinales, pavimentando el camino definitivo hacia la consumación de la Independencia de México.
Este acto simbólico reunió de forma pactada a Agustín de Iturbide (comandante del ejército del sur de Nueva España) y a Vicente Guerrero (líder de la resistencia insurgente).
Doscientos años después, durante la celebración de la 40ª Conferencia Internacional para el Control de Drogas (IDEC), en Buenos Aires, Argentina —18 al 20 de agosto—, Terrance «Terry» Cole, actual director de la Administración para el Control de Drogas (DEA) de los Estados Unidos describió al secretario de Seguridad Pública de México, Omar García Harfuch, como un «socio de confianza y buen amigo de Estados Unidos». Elogió sus casi dos décadas de servicio público en la Policía Federal, la Agencia de Investigación Criminal y la Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad de México y resaltó su resiliencia al regresar al servicio activo tras sobrevivir a un atentado en 2020, perpetrado por el CJNG.
«Secretario Harfuch, amigo, gracias por tu liderazgo, tu amistad y colaboración. Más de cien países aprecian que estés aquí», afirmó Terrance Cole.
Quienes coincidimos con Terrance Cole durante su estancia en México sabemos que posee —históricamente— una postura sumamente estricta respecto a nuestro país. Hemos visto cómo su gestión, ahora al frente de la DEA, ha generado importantes tensiones diplomáticas, debido a sus fuertes declaraciones sobre la colusión entre el narcotráfico y las esferas del poder político mexicano.
fue director regional de la DEA en México, antes de su retiro de la agencia en 2020. Interrumpió su retiro cuando fue nombrado director de la DEA por el presidente Donald Trump en febrero de 2025. Se desempeñó primero como subdirector y después como director regional interino de la DEA para México, Canadá y Centroamérica, con base en la Ciudad de México. Participó operativamente con misiones de alto perfil durante su carrera, incluyendo la coordinación de unidades especiales de investigación.
Durante sus años en territorio mexicano, participó en la elaboración de listados con decenas de nombres de funcionarios bajo sospecha de nexos criminales. Ya como director de la DEA, Cole declaró en mayo del 2026 ante el Senado estadounidense que «los narcotraficantes y altos funcionarios del Gobierno mexicano han estado en la misma cama durante años».
Un par de meses después, en julio de 2026, advirtió sobre una «conexión mortal e inseparable» entre los cárteles y el Gobierno de México, asegurando que ambos sectores operan como si fueran «lo mismo».
Para algunos analistas en EE. UU. existen dos racionalidades incompatibles. Por un lado, Washington parece operar en clave estratégica y hemisférica: FTO’s, fentanilo, seguridad fronteriza y confiabilidad de los interlocutores; puede utilizar visas, expedientes judiciales, extradiciones, sanciones, cooperación de inteligencia y mensajes públicos sin necesidad de escalar inmediatamente a medidas comerciales o diplomáticas mayores. Por otro lado, el núcleo gobernante mexicano tiende a procesar la presión en una gramática política distinta: soberanía, legitimidad revolucionaria, cohesión interna y resistencia frente a la injerencia.
Para otros analistas, cuanto mayor es la presión externa, mayor puede ser el incentivo a cerrar filas y utilizarla como elemento de victimización y movilización. La consecuencia, señalan estos analistas norteamericanos, es una interacción peligrosa: aquello que EE. UU. considera una señal graduada, puede ser leído en México como una agresión al conjunto; y aquello que México considera resistencia puede ser interpretado en EE. UU. como confirmación de que la presión todavía no ha alcanzado el umbral necesario.
Omar García Harfuch puede ser un perfil del equilibrio en la relación de México con EE. UU en cuanto a la sensible y prioritaria agenda de la seguridad global, hemisférica, continental y binacional, que el Gobierno norteamericano está trazando desde hace dos años con el renovado presidente Trump y con miras a un nuevo Gobierno republicano durante 2028-2036, que podría encabezar Marco Rubio o JD Vance.
Omar García Harfuch logró lo impensable: moderar y modular los volúmenes y los tonos de Terrance Cole.
El liderazgo que en Buenos Aires, Argentina, le ha sido reconocido, quizás también, pueda moderar y modular a una decena de funcionarios norteamericanos más como Sara Cárter, Jay Clayton, Todd Blanche, Markwayne Mullin, y, por qué no, a Pete Hegseth, Gregory M. Guillot, Christopher Landau y Marco Rubio, quienes a lo largo de dos años han sido tan duros con México como Terrance.
No tengo duda de que Omar García Harfuch es un puente eficaz de comunicación y confianza en la relación bilateral y prueba de que Washington distingue entre cooperación y confrontación. Y no la tengo solo porque yo lo escriba, sino porque Terrance Cole así lo ha hecho saber.
Finalmente, y muy importante, para evitar la politización de lo sucedido, todas las fuerzas políticas en México deberían interpretar que EE. UU, más que ungir a un sucesor o construir automáticamente una alternativa política, muestra con claridad cómo y con quién se construyen los puentes de confianza, comunicación e interlocución.
Omar es el intercambio operativo, los resultados verificables y la disposición a trabajar en la agenda global, hemisférica, continental y binacional para la seguridad junto con EE. UU.
Omar García Harfuch es, en las palabras de Terrance Cole, un «socio de confianza y buen amigo de Estados Unidos».
