Empiezo la redacción de este artículo con un dolor muy profundo al enterarme del fallecimiento de un querido amigo, médico de profesión, filósofo por vocación y excatedrático de la Universidad Autónoma de Coahuila.
Hombre de izquierda, de verdadera izquierda fundada en un pensamiento de rigor adquirido en la lectura de buenos autores y en un proceso de reflexión sumamente activo, siempre tuvo confianza (no fe) en el arribo al poder de Andrés Manuel López Obrador. Era, además, uno de mis dos lectores con el que mantuve diferencias pero que, de ninguna manera, fueron motivo para considerarnos adversarios o enemigos.
Aunque yo siempre tuve «otros datos» respecto de la administración de López Obrador, coincidimos, sin embargo, en dos puntos: las razones de los índices de aprobación y popularidad del presidente (basados esencialmente en programas sociales de carácter clientelar) y la sucesión presidencial (práctica fiel y exacta del viejo PRI [dedazo, pues]) y que constituye un obstáculo para la construcción de la democracia en México.
De la primera coincidencia, podremos hablar después. Hoy hablaremos de la sucesora de Andrés Manuel. Más bien, de sus primeras acciones que ya anticipan lo que será como presidenta.
En ese tenor, entonces, deseo expresar que el presente artículo está dedicado al doctor Gabriel Castillo, hombre de inteligencia superior y, por eso, alejado de las luces de los reflectores y que, acostumbrados como están al deslumbramiento de lo fácil, los que andan en política fueron incapaces de aprovechar el pensamiento lúcido y serio de un hombre dedicado a la reflexión y al análisis de la realidad del país.
Dicho lo anterior, comienzo entonces. En efecto, el problema de haber sido electa por el dedo prodigioso del que todo lo puede (no Dios, sino quien se cree un mesías [aunque sea tropical, como lo designó alguien]) ya indica, de inicio, una dependencia del jefe. Dicha dependencia exige una lealtad entendida aquí como sumisión total al pensamiento del otro. Es decir, la exigencia es la anulación de la autonomía, ya no se diga para emprender cualquier acción, sino hasta para pensar.
Esto ya se empieza a ver y confirma lo anteriormente dicho, en deterioro de la nueva figura presidencial.
Fundo lo anterior en lo siguiente: las premisas en torno a la rectitud de los nombramientos para la conformación del gabinete de la presidenta ponen de manifiesto que es un reparto de premios en función de lealtades, compromisos y otras lindezas, sin tomar en cuenta lo fundamental para hacer frente a las responsabilidades que se vienen eludiendo, de paso, la funcionalidad universalidad de las soluciones políticas que debieran privilegiarse por encima de otras consideraciones.
Por eso decía en mi colaboración anterior que habría que eludir votar por caudillos, impuestos por partidos políticos, y mejor hacerlo por proyectos fundados en un proceso discursivo donde se privilegie la coherencia, la inteligencia, la razón y una visión de estado que permita ver la futura construcción de una sociedad donde todos los elementos del bienestar se conjuguen para edificar un país fuerte en sus estructuras económicas y sólido en sus principios de solidaridad común.
Pero, además, el descontento (por no decir berrinche) de Fernández Noroña al no ser incluido en el gabinete deja ver los trasfondos de negociaciones ocultas (ocultas para la ciudadanía) que se hicieron en aquella farsa cómica de las corcholatas por la carrera presidencial. ¿Qué se negoció en aquella ocasión? Premios y más premios donde la democracia queda, naturalmente, mal parada. Por cierto, en este episodio berrinchudo, se volvió a negociar en lo oscuro y el afectado se vio favorecido ¿con qué? Sólo ellos saben.
No, no creo que ese sea el camino. Otra vez los mismos nombres, las mismas prácticas, los mismos caminos, la misma penumbra, la misma suciedad. Es la misma oportunidad perdida para limpiar a este país de personajes nefastos, como el ya mencionado Fernández Noroña, Adán Augusto, Monreal, Marcelo Ebrard… Pero no sólo ellos, claro. Debiera plantearse la exigencia de la desaparición de la nómina pública de Rocío Nahle, Bartes, Anaya, Samuel, Américo Villarreal, y un largo etcétera que mejor suprimo.
Proyectos, estamos urgidos de proyectos, no de nombres que ya han probado su gusto por la corrupción y se han vuelto adictos a ella. Necesitamos personas instruidas que sean capaces de entender el mundo y sensibles para comprender el valor de la solidaridad ante las carencias y no seguidores de lemas publicitarios pensando que eso es solidaridad, como, por ejemplo: superfarmacia para solucionar el problema de carencia de medicamentos, o sistema de salud mejor que el de Dinamarca.
El imprescindible Kant a través de su Crítica de la razón pura, descubrió la primacía de la razón práctica. En esa obra hace una proclamación racional del individuo moderno al evocar el triunfo del individuo práctico; y es el siguiente:
El auténtico centro del individuo es su conciencia, su responsabilidad, su voluntad moral de proyectar su conducta como conducta universal. ¿A poco los nombres señalados arriba se ajustan a esta premisa?
La política mexicana siempre ha sido ignorante de las nuevas concepciones que la política moderna viene planteando desde finales del siglo XVIII al erosionar los viejos módulos de pensamiento simplificando las soluciones del nuevo pensamiento laico. Naturalmente, las volvió más refinadas.
Lo sustancial de esa renovación es haber descubierto que el problema decisivo de la política lo representa la democracia; es decir, su relación entre el poder y el pueblo, entre la ley y los ciudadanos, entre gobernantes y gobernados, entre el Estado público y la sociedad de los privados.
Hoy el único dualismo moderno que tiene validez es el que se da entre la soberanía popular y la soberanía del Estado. Ambos necesitan de la democracia, pero no una democracia de sufragio porque el sufragio se puede fácilmente manipular, como ha quedado demostrado en las recién pasadas elecciones en el país.
La esencia de los pueblos civilizados basados en la constitucionalidad del Estado es el alma de la política moderna entendida como ciencia, cuyos resultados deben estar contenidos en sus elementos cardinales para fijar los límites de la actividad del Estado para reivindicar la separación del Estado mismo entre la esfera pública y la privada. Esos son los contrapesos.
Una elección de Estado es una injerencia del Estado en la esfera privada en que se sitúa la ciudadanía.
Mi amigo Gabriel Castillo lo sabía bien, como sabía que eso vuelve sospechosa y hasta peligrosa a la mal llamada democracia mexicana.
