Alguien tiene qué oírnos,
alguien y algunos más,
aunque les revienten o reboten
nuestros gritos.
Juan Rulfo
Zygmunt Bauman, sociólogo de profesión cuya obra, sin embargo, echa raíces en el más profundo y riguroso proceso de pensamiento filosófico, estableció para Occidente una etiqueta que nos permite abordar y comprender mejor la sociedad contemporánea: la modernidad líquida.
El concepto no es menor. Su significación alcanza a otra categoría conceptual que se desprende del anterior: las sociedades de incertidumbre. Definidas por el propio Bauman como sociedades sin resguardos, sin asideros, solas, amenazadas por el miedo, sin ninguna certeza de nada para enfrentar el destino que les espera en el futuro inmediato.
Surgidas como un efecto secundario de la globalización negativa que en la práctica es una globalización altamente selectiva en el comercio, el capital, la vigilancia, la información, la delincuencia, el terrorismo, el flujo armamentista, todo desembocando en el poder y rechazando todos los principios de territorialidad, de soberanías nacionales, de moralidad, de ética, creando una incertidumbre que deja a cualquier sociedad expuesta a un destino del que no se puede escapar.
Esa es la sociedad de incertidumbre. Pero lo más trascendente son sus consecuencias, mismas que ya habían sido prefiguradas por el político norteamericano Alexander Hamilton que establecía: «la destrucción violenta de la vida y de la propiedad a consecuencia de la guerra, el continuo esfuerzo y la alarma que provoca un estado de peligro sostenido, llevarán a las naciones amantes de la libertad, a buscar el reposo y la seguridad poniéndose en manos de instituciones con tendencia a socavar los derechos civiles y políticos. Para estar más seguras, correrán el riesgo de ser menos libres».
En buena medida la profecía se ha cumplido porque en cuanto llega a nuestra vida el miedo, se desarrolla con una lógica y un ímpetu autónomo y crece y se extiende sin que nadie le ponga freno. El problema en sí no es el miedo sino en lo que puede convertirse.
Y lo que hace el miedo es que cambia a una sociedad entera; cambia por entero su vida social. Las personas empiezan a vivir resguardadas por un muro, contratan vigilantes, conducen vehículos blindados, llevan dispositivos defensivos para resguardarse de sus semejantes y usan armas para protegerse.
Pero eso no soluciona nada. De hecho, todas esas prácticas no hacen sino reafirmar y contribuir a acrecentar la sensación de miedo e incertidumbre que esos actos intentaban prevenir.
Pues bien, en ese mismo estado de incertidumbre está un grupo de la sociedad mexicana que busca desesperadamente a sus desaparecidos. Los colectivos de madres buscadoras, a los que se les han sumado ahora también los padres, viven en un estado constante de incertidumbre.
Son grupos solos, vulnerables e indefensos que se han echado a cuestas una tarea dura, peligrosa y llena de drama. Mientras estuve en entereza de condición yo mismo acompañé a algunos grupos y pude testificar lo desafiante que era internarse a ciegas en esa búsqueda de seres que antes estuvieron con nosotros. También pude ver lo fácil que era desarticular la entereza inicial. En todas las ocasiones correspondió a las autoridades realizar, con mucho éxito, por cierto, esta función.
No, no les corresponde a los familiares realizar estas tareas sino a las autoridades del Estado mexicano, en este caso, a las autoridades de la administración que encabeza Claudia Sheinbaum.
Las desapariciones no son un invento de la 4T; son eventos de todos los Gobiernos anteriores a éste, pero ya no estamos en los Gobiernos del pasado sino en el del presente. Y el Gobierno de la primera presidenta de México, como les gusta destacar festivamente a ellos mismos, se cruza de brazos y sus oídos se ensordecen ante los reclamos de estos colectivos.
Detrás del reclamo de ellas y ellos está el hecho real de las desapariciones al que le sigue un drama de abismos insalvables para estas familias. Para ellas y ellos se acabó una parte de la vida. En medio de la incertidumbre que viven a diario el recuento de esas pequeñas cosas por las cuales el individuo puede dar razón de su vida, se diluyen en la angustia, el dolor, la tristeza, el desamparo, la soledad.
Ellas y ellos borraron de su agenda cotidiana los festejos de cumpleaños; no hay navidades que celebrar, no hay ceremonias de graduación que consumar, no hay día de la madre, del padre, del niño, un día de campo para reunir a toda la familia. Nada de eso.
Y ninguna autoridad escucha a estos colectivos de búsqueda. El peladete de Noroña dice de estos grupos que son opositores al Gobierno, la secretaria de Gobernación investiga la procedencia de los recursos con que ellas y ellos viajan a la ciudad de México para marchar por las calles a manera de visibilizar su situación.
Son criminalizadas estas madres buscadoras, como si el Gobierno no supiera que los criminales que azotan a este país están en el padrón de Morena, en los gobernadores de Morena, en los alcaldes de Morena en los policías de Morena.
La imagen de la madre buscadora arrodillada ente los policías que les impedía el paso para llegar al estadio Azteca durante la inauguración del mundial, sintetiza bien el grado de insensibilidad que el oficialismo muestra ante este drama humano que se vive en México (Por cierto, si el Gobierno quería dar la idea de estabilidad en el país, no lo logró puesta esta imagen se replicó en muchos países del mundo).
Desde hace muchos años me he preguntado por qué el expresidente López Obrador y la presidenta Sheinbaum han sostenido, casi con perverso gusto, esta resistencia a recibir a estos grupos y dialogar con ellos. Después de otorgarme muchas respuestas, la de mayor peso es la que me dice que no lo hacen porque eso iría en contra de sus intereses pues, en efecto, el Gobierno es parte de los narcos que mantienen el control del país.
En Las ciudades invisibles, Ítalo Calvino puso en busca de Marco Polo las siguientes palabras: «el infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que forjamos estando juntos».
Para estos colectivos de búsqueda el infierno lo ha fortalecido el Gobierno narco en turno de quien no esperaríamos el menor gesto de sensibilidad.
