Los efectos posteriores y consecuencias de la intervención norteamericana en Venezuela para la aprehensión del presidente Nicolás Maduro alcanzaron a países mencionados por Donald Trump y a otros muchos que seguramente tienen información y buena intuición para saber que tienen trapitos sucios que pueden ser razón suficiente para continuar con el nuevo proceso de presión política instrumentado por el «Tío Sam».
El presidente norteamericano encontró en el narcotráfico, y la impunidad gubernamental que ello implica, la herramienta perfecta para justificar sus acciones y a través de la nueva estrategia perpetrar un tiro de precisión de dos bandas, sobre todo en aquellos países con buenos niveles de reserva de petróleo.
Aquellos países donde hay narcotráfico, impunidad gubernamental y petróleo que se vende o se regala a países como China, Rusia y Cuba, son objeto de mira telescópica para la élite de poder en EE. UU., para con ello avanzar en la reinstalación de la doctrina Monroe que busca recuperar territorios en América bajo la sentencia «América para los americanos» y no para los rusos o chinos que es el bloque a vencer en lo económico y lo político.
Probablemente a Donald Trump no le interesa una guerra fría o bélica contra China o Rusia, porque el costo económico sería alto y el mediático aún más, pero con un bloque continental que mantenga el orden y el control de los países en lo económico, se podría generar un nuevo poder político para negociar la guerra, la paz y sobre todo los dividendos económicos para los norteamericanos.
El problema es para aquellos gobernantes de países que incluso heredaron las maldiciones de políticos ligados a la industria de la delincuencia organizada y tienen la presión de entregar a quienes piden los norteamericanos y cuyas aprehensiones pueden afectar el presente y futuro de activos políticos y de proyectos que pretenden mantenerse y continuar en el poder gubernamental, y por consecuencia, económico y financiero.
No debe ser fácil, porque son presiones variadas en todo momento, primero la presión del presidente norteamericano de entrega contra intervención; la de los grupos de la delincuencia organizada; la de los políticos y gobernantes coludidos y sobre todo, la más importante, saber que mantenerse en el poder depende de cuánto suciedad puede alcanzar a sus trapitos.
Los riesgos de una intervención no solo son políticos, si no también financieros y comerciales, pues la posibilidad de control aumenta y por consecuencia se acota el margen de maniobra sobre bienes, negocios y presupuestos y sobre todo de mando de las fuerzas marciales.
La nueva forma de presión de Trump, trascendió a las guerras de aranceles, que funcionaron en su momento, pero ya son insuficientes para los fines de los anglosajones y ahora trasciende a través de estos mecanismos y estrategias que pueden ser cuestionadas y duramente criticadas, pero que al menos en el derecho internacional, no pueden revertirse o incluso ser motivo de una guerra entre países: el intervenido contra el interventor.
La ecuación parece casi perfecta, pues poco o nada destaca la defensa de los inculpados y detenidos, es decir ni siquiera sus seguidores son capaces de mantener una defensa sólida que permita al menos, en la opinión pública, sostener la inocencia de los detenidos.
Ahora no solo aplica el dicho de cuando ves a tu vecino sus barbas cortar, hay que poner las tuyas a remojar, también los gobernantes de América deben tener claro que en cualquier momento les puede caer el fantasma del intervencionismo.
