Los hombres tienen el poder de elegir, las mujeres de rechazar.
Jane Austen
Jane Austen cumplió 250 años de haber visto la luz en su natal Hampshire, Inglaterra. Con su obra, entró de lleno en la «Isla de Inmortalidad» de la que habla el padre Gracián. El portero, el Mérito, le preguntó sobre sus blasones. Ella, tímidamente, contestó: «mis novelas.» Lo que no dijo ella, pero sí valoró el cancerbero, es que esas obras forman parte de lo mejor de la literatura británica de todos los tiempos. Han tenido tanto éxito que se multiplican las cintas cinematográficas basadas en ellas. Un amigo escritor me comentó que en una ocasión le tocó en suerte ver una película donde los personajes de Austen luchan contra zombis. Hasta allá ha llegado su resonancia mundial.
De su biografía me llaman la atención tres detalles. Cuentan que la escritora, para poder concentrarse, dejaba que la puerta de su casa chirriara al llegar alguien, de modo que ella escuchaba desde su cuarto y así interrumpía oportunamente su labor evitando la intromisión de terceros. También me asombra que haya escrito tanto y de calidad en tan poco tiempo. La autora de Emma vivió sólo 41 años. Una extraña enfermedad, la enfermedad de Addison, que afecta las hormonas, se la llevó en 1817.
Ha sido, no podía ser de otro modo, el recientemente fallecido filósofo escocés Alasdair MacIntyre quien ha descubierto la veta moralista de esta escritora. Son infinitas las críticas literarias a sus novelas, pero escasean los análisis de tipo filosófico-moral. MacIntyre, en Tras la virtud, expone el recorrido histórico de las virtudes. Inicia con Homero y la valentía y culmina con Austen y la constancia. Me detendré un tanto en esto.
MacIntyre señala que la obra de Austen preconiza un par de virtudes: la constancia y la amabilidad. Concentraré mi atención en la pertinencia y la relevancia de la constancia. La constancia atraviesa todas las obras de la escritora británica. «La constancia es una virtud que las mujeres practican mejor que los hombres». Y sin constancia, todas las demás virtudes pierden su objetivo.
Alcanzo a percibir esta virtud en la que yo considero su obra maestra, Orgullo y prejuicio. Todos sabemos de qué va la novela. Mrs. Bennet tiene toda la ilusión de casar a sus cinco hijas con caballeros adinerados y así asegurar un futuro económico que se ve un tanto incierto. Dos de sus hijas se vinculan con sendos varones. Después de muchas vicisitudes, que omito compartir por ya consabidas, Jane se casa con Mr. Bingley y Elizabeth, la protagonista de la novela, con Mr. Darcy. Un happy end que deja un buen sabor de boca.
¿Cómo logran su cometido ambas damas? Con constancia. Pero esta constancia debe sublimar orgullos y superar los prejuicios que impiden el logro de la felicidad de las muchachas. Hablemos de Elizabeth. Lizzi, al inicio de la novela, sufre un desencuentro con el que será finalmente su marido: Mr. Darcy. Ella considera que Mr. Darcy es altanero y arrogante. Deberá superar este prejuicio. Piensa incluso que la mala suerte y desventura de Mr. Whickham se debe a las malas artes de Mr. Darcy. Ella, llena de orgullo, rechaza, en un primer momento, la propuesta de compromiso matrimonial que le hace Mr. Darcy. «Poco a poco, lentamente…» —cantaría el Divo de Juárez—, se va convenciendo de que Mr. Darcy es una buena persona.
El orgullo, en la obra de la inglesa, no tiene una connotación peyorativa. Es lo que lleva a cada mujer a darse su lugar ante los asedios torpes y engreídos de los varones. Mi madre decía: «el hambre me tumba y el orgullo me levanta». Es a este orgullo al que se refiere Austen. Un orgullo que capitaliza a su favor toda mujer que busca un marido de altura. Los prejuicios, en cambio, impiden el acercamiento venturoso en la pareja. Hay que hacer epojé, aconsejan los griegos. Hay que «suspender el juicio» para acceder a la verdad. Esto es lo que hace Lizzy respecto de sus reservas hacia Mr. Darcy.
2026 ha empezado con el augurio de ser el año de la energía. Según la numerología, 2 más 0 más 2 y más 6 nos da 10, y 1 más 0 suma 1. El número 1 significa energía. Dicha pujanza nos debe llenar de fortaleza para perseverar a la manera de los personajes de Austen en este largo caminar de 365 días. Solemos hacer propósitos que no cumplimos. Según una reciente encuesta, las personas que se proponen ir al gym «tiran la toalla» a los tres meses. La constancia nos hará falta para cumplir con nuestras metas. Hélder Câmara, el obispo rojo, afirmó: «Es gracia divina comenzar bien, mayor gracia es persistir en el camino, pero la gracia de todas las gracias es no rendirse nunca». Y ésta es la invitación que nos hace la narradora británica en el umbral del 2026. Con humor repetía mi tío Carlos: «el mundo es de los audaces y también —¿por qué no?— de los tenaces».
Referencias:
Austen, J. (1997). Orgullo y prejuicio. Plaza & Janés.
MacIntyre, A. (2001). Tras la virtud. Crítica.
