Las derrotas electorales en Europa y las victorias en América Latina por márgenes estrechos muestran que el respaldo del presidente estadounidense no garantiza triunfos automáticos. Lula da Silva será el siguiente escollo para la estrategia política de Washington en la región
«Los vínculos sociales de calidad, clave para la democracia»
La derrota de Viktor Orbán en Hungría después de 16 años en el poder, la ajustada victoria del conservador Abelardo de la Espriella en Colombia y la elección presidencial que Brasil celebrará en octubre forman parte de un mismo fenómeno político. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la agenda de la nueva derecha radical lejos de consolidar una hegemonía global, ha chocado con diques democráticos y realidades locales insalvables. El balance no muestra una ola uniforme, sino un mapa de fragmentación. Allí donde sus aliados han logrado retener o alcanzar el poder, lo han hecho sobre sociedades polarizadas y márgenes mínimos; y donde las proyecciones les favorecían, terminaron doblegados por contrapesos institucionales.
Durante el arranque de 2026, la política internacional empezó a mostrar señales distintas a las que muchos analistas anticipaban tras la victoria de Trump en Estados Unidos. Su regreso reforzó a sectores conservadores y nacionalistas en varias regiones, pero esa influencia no se tradujo automáticamente en victorias electorales contundentes. En Europa aparecieron los primeros reveses para algunos de sus aliados más cercanos. En América Latina, varias candidaturas afines lograron avances importantes, aunque en escenarios de fuerte polarización, fragmentación legislativa y competencia cerrada.
«La extrema derecha tiene un método: utiliza la mentira organizada para destruir la confianza de la gente en las instituciones democráticas. Si la democracia no da respuestas materiales, el fanatismo ocupa su lugar».
Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil
Trump ha mantenido una intensa actividad internacional desde su retorno al poder. Ha respaldado públicamente a dirigentes conservadores, ha insistido en su oposición a las políticas migratorias de Gobiernos progresistas, ha defendido el fortalecimiento de las fronteras nacionales y ha reclamado que los países aliados aumenten su gasto en defensa y reduzcan su dependencia de organismos multilaterales. Ese discurso ha tenido eco en movimientos políticos de Europa y América Latina. Pero los resultados electorales muestran que el respaldo del presidente estadounidense ya no garantiza por sí solo una victoria.
Europa, el primer freno
Durante más de una década, Hungría fue presentada por parte del movimiento conservador estadounidense como el principal laboratorio de la nueva derecha europea. Bajo Viktor Orbán, el país endureció su política migratoria, reforzó el discurso de la soberanía nacional frente a las instituciones comunitarias y promovió reformas que la Unión Europea cuestionó de forma persistente por su impacto sobre la independencia judicial, la libertad de prensa y el funcionamiento democrático.
La cercanía entre Orbán y Donald Trump se consolidó durante el primer mandato del republicano y volvió a hacerse visible tras su regreso a la Casa Blanca. Ambos compartieron posiciones sobre migración, identidad nacional, política energética y rechazo a lo que consideran una agenda progresista impulsada desde Bruselas y Washington. Trump describió a Orbán como «un hombre fuerte» y «un líder respetado». Orbán, por su parte, presentó el regreso del republicano al poder como una oportunidad para reordenar el tablero internacional.
Por eso, la elección parlamentaria húngara fue seguida con atención más allá de sus fronteras. No solo estaba en juego la continuidad de un Gobierno. También se medía la capacidad del trumpismo para conservar uno de sus principales referentes internacionales. El resultado fue inesperado para muchos observadores. La coalición encabezada por Péter Magyar desplazó a Fidesz del poder después de 16 años de dominio político. La derrota de Orbán representó uno de los golpes más duros sufridos por un aliado de Trump desde el regreso del republicano a la Casa Blanca y abrió dudas sobre el futuro de la relación entre Budapest y Washington.
La victoria de Magyar dejó en claro en Europa que el crecimiento de las fuerzas nacionalistas encuentra límites incluso en sus bastiones históricos. Más que un simple cambio de Gobierno, el resultado reflejó el desgaste de una administración que durante años hizo del enfrentamiento con Bruselas uno de los ejes de su discurso.
La transición también puso sobre la mesa problemas económicos que habían quedado en segundo plano durante la campaña. El nuevo Gobierno anunció una revisión de las finanzas públicas y acusó a la administración saliente de haber dejado un déficit mayor al previsto. Al mismo tiempo, la Comisión Europea expresó su disposición a reanudar mecanismos de cooperación que durante años permanecieron bloqueados por los choques con Orbán en materia de Estado de derecho.
Rumania ya había dado el primer aldabazo poco menos de un año antes, en mayo de 2025, cuando dejó entrever que la influencia de Trump tampoco bastaba para garantizar el triunfo de fuerzas afines en Europa. La elección presidencial enfrentó a un proyecto nacionalista, crítico de la Unión Europea y cercano a varias posiciones defendidas por Trump, con una candidatura comprometida con la permanencia del país en el eje comunitario. Durante meses, las encuestas mostraron una competencia cerrada y alimentaron la expectativa de que Rumania se sumara al bloque de Gobiernos europeos identificados con la nueva derecha.
El desenlace fue otro. El triunfo del candidato proeuropeo Nicușor Dan fue recibido en Bruselas como una confirmación de que el avance nacionalista no es irreversible. Varios dirigentes comunitarios destacaron que el resultado fortalecía el proyecto europeo en un momento de tensiones geopolíticas por la guerra en Ucrania, el aumento del gasto militar y la redefinición de la relación con Estados Unidos.
AL, avances con límites
En América Latina, la influencia política de Donald Trump encontró un terreno distinto. A diferencia de Europa, donde uno de sus aliados más visibles perdió el poder, varios candidatos identificados con posiciones conservadoras, favorables al endurecimiento de la seguridad y críticos de los Gobiernos de izquierda consiguieron avances electorales. Pero esos resultados tampoco formaron una tendencia uniforme. Las victorias llegaron en medio de campañas polarizadas, diferencias estrechas y un clima regional marcado por el voto de castigo contra los oficialismos.
Colombia fue el caso más representativo. La elección presidencial de 2026 puso fin a cuatro años de liderazgo de Gustavo Petro y devolvió la presidencia a un candidato de derecha. Abelardo de la Espriella ganó en segunda vuelta tras una campaña dominada por la seguridad, el crecimiento económico y el combate al narcotráfico. La diferencia final fue reducida, reflejo de una sociedad dividida en dos bloques casi equivalentes y de una contienda en la que nadie logró construir una mayoría amplia.
La campaña estuvo marcada por asuntos internos, pero también por referencias constantes a la política estadounidense. De la Espriella expresó simpatía por varias de las políticas impulsadas por Trump, sobre todo en materia de seguridad fronteriza, combate al crimen organizado y reducción de la carga regulatoria sobre la economía. Insistió en que Colombia necesitaba recuperar la autoridad del Estado frente a las organizaciones criminales y reforzar la cooperación con Washington. Trump, desde Estados Unidos, expresó su respaldo al candidato colombiano. Eso reforzó la idea de que Bogotá se había convertido en otro escenario de disputa ideológica entre Gobiernos conservadores y progresistas en la región.
Pero el resultado mostró los límites de ese apoyo. La diferencia fue una de las más estrechas registradas en una segunda vuelta presidencial reciente. El nuevo mandatario asumirá sus funciones el 7 de agosto con un Congreso fragmentado, sin mayoría propia y con un país donde la polarización seguirá condicionando la gobernabilidad.
Honduras, por su parte, ofreció un escenario distinto, pero también útil para entender el momento regional. La elección presidencial puso fin al mandato de Xiomara Castro y abrió paso a una nueva administración conservadora. Como en Colombia, la campaña giró en torno a seguridad pública, migración, corrupción y desempeño económico. El cambio de Gobierno fue leído por algunos analistas como parte de un giro político más amplio en América Latina. Sin embargo, el resultado también reflejó otra cosa: el desgaste del oficialismo, la desunión del sistema de partidos y el malestar de amplios sectores del electorado con la violencia y la economía.
Más que una adhesión masiva a una agenda ideológica específica, la elección mostró el peso del descontento acumulado. Ese patrón coincide con lo visto en otros procesos recientes de la región, donde los cambios de Gobierno responden con frecuencia al desgaste de quienes presiden antes que a una identificación duradera con una corriente política. Colombia y Honduras dejan entonces una misma lectura. En ambos casos, las candidaturas cercanas a posiciones defendidas por el presidente estadounidense ganaron espacio. Pero ninguno de esos procesos produjo una hegemonía regional.
Brasil en la balanza
Brasil es ahora el punto de atención para medir el alcance de la influencia política de Donald Trump fuera de Estados Unidos. Con más de 200 millones de habitantes y la economía más grande de América Latina, el país celebrará elecciones presidenciales el 4 de octubre, con una eventual segunda vuelta el 25 del mismo mes si nadie supera el 50 % de los votos válidos.
Luiz Inácio Lula da Silva buscará la reelección en un contexto marcado por la polarización y por la permanencia de un bloque conservador vinculado al expresidente Jair Bolsonaro y a posiciones cercanas al trumpismo. En ese sector, Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente, se ha consolidado como uno de los principales referentes, respaldado por la base política que sostiene la agenda conservadora desde la salida de su padre del poder.
La relación entre el entorno de Bolsonaro y Donald Trump ha sido reiterada en distintas ocasiones, sobre todo en torno a seguridad pública, combate al crimen organizado, política económica liberal y críticas a organismos multilaterales. Ese vínculo ha convertido a Brasil en un escenario central dentro del mapa de la nueva derecha internacional.
Lula busca marcar distancia de cualquier influencia externa sobre el proceso electoral. En declaraciones recientes, afirmó que Trump debe mantenerse fuera de las elecciones en Brasil, en referencia a la atención que su Gobierno ha puesto sobre la región. El resultado tendrá efectos que van más allá del plano interno. Una victoria del sector conservador reforzaría la presencia de Gobiernos alineados con posiciones cercanas a Trump en América del Sur. Un triunfo de Lula consolidaría un contrapeso importante en la región más poblada del continente.
Patrón incompleto
Los procesos electorales recientes en Europa y América Latina permiten identificar un patrón común, aunque no uniforme. En Hungría, uno de los aliados más visibles de Trump perdió el poder después de más de tres lustros. En Rumania, una candidatura nacionalista cercana a posiciones similares no logró imponerse. En Colombia, un candidato identificado con varias políticas del presidente estadounidense ganó por un margen estrecho. En Honduras, el cambio de Gobierno respondió más al desgaste político que a una adhesión ideológica homogénea.
En todos los casos, la influencia de Trump aparece como un factor relevante, pero no determinante. Su respaldo sigue teniendo peso en sectores del electorado, sobre todo en temas de seguridad, migración y orden público. Pero ya no se traduce de forma automática en mayorías sólidas ni en proyectos dominantes.
Las condiciones internas de cada país, la estructura del sistema de partidos, la situación económica, el nivel de polarización y la relación entre poderes del Estado, han pasado a ser decisivas. En ese marco, el alineamiento con el discurso de Trump opera como un elemento más dentro de campañas definidas por factores nacionales.
La foto regional no es la de una expansión lineal de una sola corriente política, sino la de avances parciales, derrotas relevantes y victorias condicionadas. El mapa es irregular, con coincidencias ideológicas, pero sin continuidad clara. Brasil aparece ahora como el próximo punto de verificación. Su elección no solo definirá el rumbo político del país, sino también la capacidad de los sectores conservadores alineados con el trumpismo para consolidar presencia en la región o enfrentar nuevos límites en un entorno cada vez más determinado por dinámicas internas. E4
«Los vínculos sociales de calidad, clave para la democracia»
El papa Francisco advertía sobre el riesgo de tener líderes sin historia, así como del deterioro en el debate político. Los espacios de diálogo son necesarios para evitar confrontaciones permanentes
«Yo le tengo miedo a los salvadores sin historia. Cuando se viene un salvador sin historia: sospecha», advertía el papa Francisco ante la aparición de personajes mesiánicos que se autoproclamaban la solución para los problemas del mundo. La frase pertenece a una entrevista concedida al periodista Gustavo Sylvestre, el 25 de marzo de 2023 —y transmitida por el canal C5N cinco días después, en el marco de los 10 años del pontificado de Francisco— en la Casa Santa Marta, en el Vaticano. En esa ocasión el pontífice señaló que ciertos liderazgos contemporáneos tienden a simplificar problemas complejos y a convertir la incertidumbre social en herramienta de movilización política.
En aquella fecha, la sentencia parecía echa a la medida de Javier Milei, quien asumiría la presidencia de Argentina en diciembre de ese mismo año. Hoy, se ajusta mucho más a otra figura no menos polémica: Donald Trump. Aunque Francisco no utilizó categorías ideológicas rígidas, sí describió formas de gobierno asociadas a discursos de exclusión. Y abordó los peligros que representa el avance de la ultraderecha en distintos países, y los vinculó con dinámicas de crisis social, desigualdad y debilitamiento de los consensos democráticos en varias regiones del mundo. «La ultraderecha se recompone (…) porque es centrípeta, no es centrífuga. No crea hacia afuera posibilidades de reforma», afirmó.
«Cuando esa relación se debilita se amplía el espacio para proyectos excluyentes».
(Papa Francisco, 25.03.23)
El pontífice vinculó estos procesos con la crisis de representación de los sistemas políticos contemporáneos. Según su diagnóstico, la degradación del debate público ocurre cuando la política se reduce a consignas y pierde su conexión con la vida cotidiana de las personas. Ese proceso debilita los consensos básicos que sostienen la convivencia democrática.
Francisco evitó personalizar sus críticas en dirigentes específicos, pero el contexto de la entrevista —en un momento de expansión de fuerzas conservadoras y nacionalistas en distintas regiones— dio un marco claro a sus observaciones. Su análisis se centró más en las dinámicas sociales que en los actores políticos. Señaló que estos fenómenos no son exclusivos de una región. En Europa, América y otras regiones del mundo, dijo, se observan expresiones políticas que encuentran apoyo en sectores sociales afectados por desigualdad, incertidumbre económica y pérdida de estabilidad laboral.
En ese marco, subrayó que el problema no es únicamente político, sino también social y económico. El crecimiento de estas corrientes no puede entenderse sin considerar las condiciones materiales que las hacen posibles impulsadas por formas contemporáneas de autoritarismo político. Sin utilizar etiquetas partidarias estrictas, insistió en la necesidad de preservar espacios de diálogo y evitar sociedades basadas en la confrontación permanente.
En el cierre de sus reflexiones, el Papa reiteró que la democracia no depende solo de instituciones formales, sino de la calidad del vínculo social. Cuando ese vínculo se debilita, advirtió, se amplía el espacio para proyectos excluyentes. E4
