Ni siquiera la alondra ve lo abierto.
Heidegger
Heidegger ilustró con la garrapata la diferencia fundamental entre el ser humano, llamado por él Dasein, traducido como «ser-ahí» o «ser-en-el-mundo», y el animal. Se inspiró en el biólogo Jakob von Uexküll que describió los «mundos circundantes» (Umwelt) de los seres vivos. Para Heidegger, la garrapata es un ser «pobre de mundo». Como todo artrópodo, su existencia se limita a percepciones fijas y limitadas, dictadas por sus instintos. La garrapata huele el sudor de los mamíferos y ataca para alimentarse. Pero no «configura» su entorno. El ser humano, en cambio, es un «configurador de mundo», capaz de darle sentido a lo que le rodea a través de su comprensión y de su transformación.
Un primer problema que salta a la vista en cuanto a esta interpretación de Heidegger consiste en que la comparación entre un artrópodo y un vertebrado, como lo es el ser humano, no ayuda a precisar las diferencias entre los animales y los homínidos. La diferencia, en este caso, es abismal. La comparación entre un animal superior, quizá entre el bonobo —chimpancé que posee la cualidad de aparearse—, nos ofrece mayores posibilidades de establecer el parangón. Aquí se trata de un animal superior que en cuestiones de «amor» da un paso al frente en la línea evolutiva respecto del resto de los primates. Es difícil decir de él que es un «pobre de mundo».
Giorgio Agamben, el filósofo italiano, en su ensayo Lo abierto. El hombre y el animal, recupera lo dicho por Heidegger y nos cuenta lo que todos sabemos: que la garrapata, científicamente Ixodes ricinus, es un parásito, carente de visión y audición, pero con un olfato capaz de captar el ácido butírico que expelemos los mamíferos a través de los folículos sebáceos, y que se lanza a ciegas sobre su presa, se enquista en ella y le chupa la sangre. A este proceso, siguiendo de nuevo a Heidegger, le llama «aturdimiento». Lo propio del animal es el aturdimiento. Y luego discurre sobre el aburrimiento para llegar a la conclusión de que «lo abierto» es lo que nos distingue como seres propiamente humanos.
Desde la relectura de su admirado Heidegger, precisa las cosas de este modo: «En este punto, es posible definir el estatuto ontológico del ambiente animal: este está offen (abierto), pero no offenbar (revelado, literalmente abrible). El ente, para el animal, está abierto, pero no accesible (…). Esta apertura sin develamiento define la pobreza de mundo del animal respecto de la formación de mundo que caracteriza al humano» (pp. 101-102). El animal está, a la vez, abierto y no abierto, pero está abierto en un no-develamiento. El develamiento no se da en el animal, porque él está excluido de la palabra, no cuenta con lenguaje, no posee phoné semantiké (sonido significativo). Todo esto es Heidegger. Pero ¿en qué consiste esta apertura? El lenguaje es la morada del ser. La apertura tiene que ver, quizá, con la memoria del ser. Heidegger pugnó toda su vida contra el olvido de este.
Agamben insiste en que el camino para llegar a lo abierto es el aburrimiento. Giacomo Leopardi lo define de este modo: «El aburrimiento es el deseo de felicidad dejado en estado puro». «En el aburrimiento nos encontramos de golpe abandonados en el vacío» (p. 121), declara Agamben, siempre en seguimiento de Heidegger. No olvidemos que el italiano fue alumno del alemán. Se puede entonces vislumbrar el paso, la transición, del aturdimiento al aburrimiento. Así concluye aquel que hizo las veces del apóstol Felipe en «El Evangelio según San Mateo» de Passolini: «El Dasein es simplemente un animal que ha aprendido a aburrirse, se ha despertado del propio aturdimiento y al propio aturdimiento. Este despertarse del viviente a su propio ser aturdido, este abrirse, angustioso y decidido, a un no abierto, es lo humano» (p. 129).
Recuerdo que, en la universidad, un compañero con aires de filósofo motejó a otro como «la garrapata». El tono era aparentemente despectivo. Pero a la fecha no sé si se refería a la noción heideggeriana de la garrapata como un animal «pobre de mundo» o, más bien, a esa cualidad propia del artrópodo en cuestión de chupar sangre. O quizá me equivoco, y al tratarse de la garrapata como el prototipo heideggeriano de esa caracterización, el compañero motejado mereció la dignidad que Heidegger concedió implícitamente a la garrapata.
Me encuentro casualmente con otra relectura del tema que hoy nos ocupa. Se trata del cuento «El matadero de cristal» del nobel de literatura J.M. Coetzee. En la siguiente entrega lo comento y concluyo la reflexión sobre este célebre artrópodo.
Referencia:
Agamben, G. (2006). Lo abierto. AH, Buenos Aires.
