La generación Z se impone el reto sano de vivir offline

Jóvenes de Estados Unidos se suman a un programa que elimina el uso del smartphone por 30 días. Los participantes destacan rutinas, atención y formas de interacción social menos tóxicas

Lo que prometía simplificar la vida terminó ocupándola: notificaciones constantes, atención fragmentada y la sensación de no poder desconectarse del todo. Durante años, los teléfonos inteligentes vendieron la idea de hacer nuestra existencia más cómoda. Orientarse en una ciudad desconocida, comunicarse de inmediato, llenar cualquier momento de espera con entretenimiento. Hoy, una parte de la generación que creció con esas herramientas comienza a preguntarse si el costo ha sido demasiado alto.

«Para romper realmente con ese hábito (del uso del celular), es necesario ofrecer una vida social, comunitaria y enriquecedora».

Josh Morin, organizador  de «Un mes offline»

En ese contexto surge «Un mes offline», el programa que propone una ruptura radical: cambiar el smartphone por un teléfono básico durante 30 días. Sin aplicaciones, sin redes sociales, sin mapas en tiempo real. Solo llamadas, mensajes y, en algunos casos, servicios esenciales como transporte. Lo que podría parecer una renuncia extrema ha encontrado eco entre jóvenes estadounidenses que buscan recuperar atención, tiempo y, en muchos casos, una forma distinta de habitar el mundo.

Jay West, analista de datos de 29 años, describe la experiencia como un proceso incómodo pero revelador. «Estaba esperando el autobús y no sabía cuándo llegaría», recuerda. La escena, cotidiana hasta hace una década, hoy resulta extraña. La incertidumbre —antes parte de la rutina— se ha vuelto intolerable para quienes dependen de la inmediatez digital. West admite que, durante los primeros días, el impulso de revisar el teléfono persistía. «Metía la mano al bolsillo, aunque sabía que no lo llevaba», cuenta. La reacción automática evidencia hasta qué punto el uso del dispositivo se ha convertido en un hábito arraigado, cercano a lo compulsivo.

Pero la incomodidad inicial dio paso al aburrimiento, otra sensación aun menos habitual. «A veces me aburría, y eso está bien», afirma. En una cultura que ha convertido cualquier pausa en una oportunidad para consumir contenido, redescubrir el aburrimiento puede parecer un retroceso. Para estos jóvenes, sin embargo, es parte del proceso.

El programa no se limita a retirar el dispositivo. Incluye reuniones semanales en las que los participantes comparten experiencias, dificultades y hallazgos porque desconectarse no basta si no se construye una alternativa. Josh Morin, organizador de la iniciativa, lo explica en términos prácticos. «Para romper realmente con ese hábito, es necesario ofrecer una vida social, comunitaria y enriquecedora». Sin ese componente, la desconexión corre el riesgo de convertirse en aislamiento.

Durante las sesiones —que pueden realizarse en espacios informales como bares o centros comunitarios— los participantes hablan de lo que descubren al reducir su exposición digital, sostienen conversaciones más largas, prestan mayor atención a los detalles e incluso experimentan una percepción distinta del tiempo.

Kendall Schrohe, de 23 años, asegura que uno de los cambios más significativos fue recuperar la capacidad de orientarse sin depender de aplicaciones. «Ahora puedo moverme sin Google Maps», dice. Lo que parece un logro menor refleja, en realidad, la recuperación de habilidades que habían sido delegadas a la tecnología.

El costo del programa —alrededor de 100 dólares— incluye el préstamo de un teléfono básico configurado con herramientas mínimas. La propuesta no busca eliminar por completo la conectividad, sino reducirla a lo esencial. La startup detrás del proyecto, Dumb.co, ha encontrado el interés suficiente para proyectar más de mil participantes en el corto plazo.

Idea transgresora

Especialistas ven en este tipo de iniciativas el inicio de un cambio cultural. Graham Burnett, profesor en la Universidad de Princeton, habla incluso del «amanecer de un movimiento auténtico». La comparación que plantea se equipara con los primeros impulsos del ecologismo en la década de 1960 y apunta a que, así como aquella generación comenzó a cuestionar el impacto ambiental del desarrollo industrial, la actual empieza a interrogar las consecuencias del entorno digital en la vida cotidiana.

Diversos estudios vinculan el uso intensivo de redes sociales con problemas de ansiedad, disminución de la atención y alteraciones en los patrones de sueño. Aunque la tecnología no es la única causa, su omnipresencia ha convertido estos efectos en un tema de discusión pública. En ese sentido, la desintoxicación digital no se representa una solución definitiva, sino un experimento. Una forma de explorar qué ocurre cuando se reduce la exposición constante a estímulos.

Uno de los cambios más recurrentes entre quienes participan en estos programas es la percepción del tiempo. Sin la fragmentación que imponen las notificaciones y el consumo continuo de contenido, las jornadas adquieren otro ritmo. Actividades que antes se realizaban de manera automática —caminar, esperar, trasladarse— recuperan una dimensión distinta. Escuchar el entorno, observar a otras personas, incluso perderse, se convierten en experiencias que ya no están mediadas por una pantalla.

Asimismo, la ausencia de redes sociales reduce la exposición constante a comparaciones y expectativas externas. Para algunos participantes, esto se traduce en una sensación de alivio; para otros, en un vacío que obliga a replantear hábitos. La clave, coinciden organizadores y expertos, está en el equilibrio. No se trata de rechazar la tecnología, sino de redefinir su lugar en la vida cotidiana. Por eso, «Un mes offline» se presenta como un paréntesis, no como una solución permanente. Un espacio temporal para evaluar hasta qué punto el uso de la tecnología responde a una necesidad real o a una inercia. E4

La Habana, 1975. Escritor, editor y periodista. Es autor de los libros El nieto del lobo, (Pen)últimas palabras, A escondidas de la memoria e Historias de la corte sana. Textos suyos han aparecido en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales. Actualmente es columnista de Espacio 4 y de la revista hispanoamericana de cultura Otrolunes.

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