Los políticos siempre dan pie a que un periodista, por más que tenga poca visión de las cosas, pueda darse un banquete de crítica por los desaciertos que cometen a la hora de tomar decisiones sobre los asuntos públicos que deben atender.
Pero en México esto parece una vocación malsana. No dan una. Están fuera de lógica, tanto, que hasta llegan a neutralizar, incluso a anular, el Estado de derecho que debiera privar por encima de todo.
Mire usted, para la colaboración de hoy estuve tentado a abordar el asunto de la visa gringa retirada a alguien muy menor de la fauna política mexicana, un tal Andy López Beltrán, cuya reacción fue tan épica que produjo un texto delirante —digno de la mejor antología del berrinche infantil o de la estupidez— y por el cual se puede medir bien el tamaño de la soberbia, la desmesura, la noción de realidad extraviada, el poder desbordado, de una persona, de un grupo, de un partido político, de un gobierno.
Pero decidí dejarlo para el anecdotario intrascendente de los muchos que la política mexicana produce a diario y, en realidad, de poco impacto para la vida ciudadana. Mejor me decidí por otro que sobrepasa con mucho los linderos de la anécdota y que, por eso, mantiene otro nivel de trascendencia y de mayor impacto no solo en la vida ciudadana sino para la democracia que se experimenta en este país.
Me refiero a la lista negra de periodistas y medios considerados por la administración Sheinbaum, como opositores y enemigos del movimiento que el Gobierno asume como propio. La lista de referencia presentada durante una mañanera donde la consejera jurídica se dio vuelo bajo la complacencia de la presidencia constituye un verdadero manchón en el telón de fondo en el que se pretende reflejar la imagen pulcra de un Gobierno recto.
Las cosas, sin embargo, no salieron como fueron planeadas y aunque la propia presidenta ha tratado de disminuir la mala imagen que esa acción generó, no lo ha logrado. Y no ha sido posible porque no se trató de un simple amago sino una amenaza en forma con una intención intimidatoria de alcances mayúsculos no bien calculados.
Nombres de periodistas y medios aparecidos en esa lista constituyen también el punto más alto de una política pública que termina por igualarse con las políticas de Stalin, Hitler, y otros políticos de notoria negatividad que la historia ha condenado como los grandes promotores de la censura a la libre expresión de las ideas. Así empezaron los crímenes masivos de la Alemania Nazi hasta terminar en campos de concentración que fueron escenario de exterminio de grupos humanos considerados enemigos del régimen.
Ante la reacción, no sólo nacional sino también internacional, en torno a la iniciativa matona, la consejera jurídica de apellido Alcalde, complicó más las cosas recurriendo a un eufemismo rebuscado que terminó en fracaso y acentuó la gravedad del hecho. No fueron listas, dijo la funcionaria, sino la explicación de cómo funciona «un ecosistema digital de amplificación artificial». Vaya cosa.
No hay manera de ayudarle. Era más fácil aceptar el exabrupto y disculparse que construir una explicación que terminó por reafirmar la intención de origen.
Como todo régimen sobrado de poder, Morena, el Gobierno emanado de este partido y sus políticos, no han podido ceder a la tentación de ejercer la desmesura de su poder tratando de acotar una de las claves constitutivas de la democracia: las libertades y los derechos civiles en el ámbito de la expresión libre de ideas y pensamientos ciudadanos.
Enfermos de poder los políticos de la cuarta transformación ven como única verdad su propio discurso. En una democracia construida con fervor ciudadano para eso sirven los contrapesos institucionales arropados por la conciencia crítica de un individuo que sabe mirar con objetividad su entorno.
Por eso en mi colaboración anterior, citaba yo el pensamiento lúcido del poeta Octavio Paz quien aseguraba que la gran conquista de la modernidad era la crítica, ese atributo ciudadano que, cuando se ejerce, puede iluminar los problemas más oscuros por los que pasa toda sociedad viva.
Lo mismo decía mi maestro, el filósofo Severo Iglesias. La crítica, expresaba continuamente, es una opción del ciudadano mediante la cual puede contribuir luminosamente a construir la democracia para que una sociedad pueda alcanzar el bienestar al que se aspira en un Estado bien gobernado.
Resultó un gran desliz político la presentación de las dichosas listas (que no son listas en los términos de la consejera jurídica) que desnudó las aspiraciones dictatoriales de una casta de holgazanes convertidos en políticos. La gravedad de tal pensamiento sólo ha sido evaluada correctamente por unos cuantos, nunca suficientes para detener tamaño retroceso en el desarrollo histórico de este país.
Poner linderos a la libre expresión ensombrece la vida pública de una nación. Aunque tampoco es lo deseable, siempre será mejor permitir algunos excesos en el ámbito de estas libertades a coartar ese atributo del ser humano que la filosofía griega descubrió hace más de dos mil años y por el cual el ser humano se constituye como tal.
A este respecto bastaría leer El hombre sin atributos, del escritor austriaco Robert Musil para entender lo que es un ser humano al que le ha sido arrebatada su voz y se encuentra incapaz para expresar libremente sus ideas en torno al mundo que o rodea.
Pero si los políticos mexicanos tienen impedimentos intelectuales para acercarse a los hallazgos luminosos del arte, en este caso el arte literario, les queda el camino más corto y menos exigente: la historia, en cuyas páginas ya están escritos todos los horrores de los poderes que han caído seducidos por la gran tentación de suprimir la libre expresión.
Para los políticos mexicanos contemporáneos que ignoran casi todo, habría que recordarles que existen algunos legados políticos que constituyen grandes regalos para los gobernados en un país.
Pero la gran tentación de suprimir la libertad de expresión aniquilando la crítica, periodística en este caso, tiene más parecido a la sospechosa semejanza con las liquidaciones por cierre de algunas libertades que muchos regímenes históricos han arropado en favor de sus únicos y puros intereses.
