La hipocresía como máscara

Hablan mucho y nunca dicen nada.

Boileau

En otras colaboraciones para este espacio periodístico he citado al imprescindible Octavio Paz a través de su espléndido libro Posdata. En sus páginas encuentro deslumbrantes hallazgos y nuevas perspectivas para mejor comprender el desenvolvimiento de México en su historia.

Hoy retomo algunos párrafos de aquellos artículos porque la vigencia del pensamiento del poeta sigue intacta y su voz debe seguir resonando para ver si lo escucha esa casta de ignorantes investidos de autoridad por cada gobierno en turno; me refiero, claro, a los políticos que tenemos que padecer día con día.

En efecto, Octavio Paz decía en las páginas de Posdata que las crisis políticas de los países son en realidad la expresión de grandes crisis morales. Es decir, el origen de los grandes problemas que contribuyen al hundimiento de un pueblo no se encuentra en sí misma en la actuación de sus actores políticos. Todo lo que tiene que ver con sus acciones constituye una consecuencia de algo que está en otra parte donde sí son plenamente responsables de ello, lo sepan o no.

Una sociedad se descompone en su sistema de valores, explicable por la aparición —en el caso de México— de los cárteles que promueven la violencia; una imparable práctica de corrupción que no puede parar nadie y cuya parte más visible es el enriquecimiento de la nada y la ostentación a través de lujos desmedidos; la situación migrante que es la apoteosis del desamparo; la indiferencia para crear un sistema de salud que sea capaz de velar por el bienestar de los ciudadanos en su más elemental condición; una educación que no alcanza para formar alumnos en el conocimiento…

La suma de todas esas condiciones da por resultado una sociedad en crisis. Y en una sociedad así las aparentes ideas de acción se transforman en fórmulas de resolución fácil. El problema es que las fórmulas se transforman en antifaces que terminan por esconder la realidad que se quiere transformar.

Al florecimiento de toda esa crisis corresponde siempre un florecimiento verbal convertido en oratoria, demagogia, discurso vacuo, retórico, inservible. Las cuatro cosas son los géneros predilectos de los políticos; la última es una consecuencia necesaria de lo anterior. Eso no representaría ningún problema si no fuera porque esas cuatro cosas son flores de plástico, es decir, son falsas, igual que una escenografía teatral que pretende representar una realidad.

Al lado de esos discursos se propaga siempre una sintaxis de bárbara descomposición propagada a través de los diarios, la televisión, las redes sociales, la cátedra. Es decir, la diaria deshonra de la palabra a través de esos mecanismos y aceptada sin crítica de por medio por gente aletargada, satisfecha por su mucho comer y su mucho beber, por la pasividad del deporte organizado, urgencia animal de lo inmediato.

Cuando una sociedad se corrompe, en palabras de Paz, lo primero que se gangrena es el lenguaje.  Y la gangrena del lenguaje es esa otra parte por la cual se explica la crisis de una sociedad, y no tanto en la actuación de sus actores políticos.

Si tenemos un lenguaje que ha perdido su sentido, que ha sido despojado de toda significación porque en el uso cotidiano se le ha corrompido hasta el extremo para que se corresponda con los intereses de quien lo pronuncia, lo proclama y lo usa, siempre en su propio beneficio, ¿a qué hora un individuo puede acometer la crítica de su sociedad?

Para restaurar la crisis moral de una sociedad, dice Paz, primero hay que restablecer el lenguaje, devolverle a la palabra su significado preciso. De ese maravilloso libro de Paz, se desprende que el camino más seguro para la reconstrucción de la vida en una sociedad plagada de problemas y de crisis morales, es la reconstrucción del lenguaje. Reintegrarle su sentido de significación. Purificarlo para que vuelva a ser lo que debe ser: crítica fundada en el aprendizaje de la imaginación y la fantasía. Con esos dos elementos se afronta la realidad del mundo.

Pero la falta de espíritu de los políticos mexicanos para comunicar, fundado en el uso adecuado y preciso de la palabra, es de una torpeza tal que crea algo característicamente ridículo, muy propio de ellos.

La falta de espíritu en su discurso verbal provoca siempre un tedio temible. Esa condición puede atribuirse al hecho de que ellos mismos no entienden el sentido de sus propias palabras pues todo su discurso es algo aprendido de memoria sobre algo ya confeccionado. De ahí deriva lo que los caracteriza a la perfección: ideas acuñadas mecánicamente, sin correspondencia alguna con la realidad. Son así porque carecen del troquel que debiera marcar el sello apropiado: pensamiento claro y autónomo.

Y eso es lo que no tienen. En su lugar encontramos un tejido de palabras indefinido y oscuro, plagado de frases banales, locuciones gastadas y expresiones de moda que producen un efecto deseado para salvaguardar el manoseo que esconden. Con ese lenguaje corrompido, se elaboran narrativas destinadas a crear las realidades que mejor convengan a los grupos en el poder. Sí, como dice el poeta francés Nicolás Boileau: hablan mucho y nunca dicen nada.

Eso es exactamente lo que ocurre con los discursos de los morenistas que viajan a todo lujo y con ostentación. Cual más cual menos se justifica diciendo que tienen derecho a viajar, más si lo hacen con recursos propios producto de su trabajo. Falso. No es un trabajo, la política (y ellos mismos lo dicen cuando les conviene) es un servicio y su pago se realiza con recursos públicos, del pueblo, pues.

Andy se va de vacaciones después de extenuantes jornadas de trabajo. Falso. Extenuante trabajo es el que realiza mi tío Gallo en su labor, extenuante trabajo es el que hace mi vecino Ramón, que es albañil, extenuante trabajo es el que hace mi amigo Agustín, que es obrero en una fábrica del parque industrial en Derramadero.

Ricardo Monreal dice que su desayuno europeo sólo le costó cien euros; con esa cantidad una familia pobre de este país puede alimentarse una semana. Layda Sansores viaja a Amsterdam para celebrar su cumpleaños, Antonio, un hombre en situación de calle que recorre el centro de Saltillo ya ni siquiera tiene fecha de cumpleaños. Y mejor no hablamos de los que coleccionan relojes.

El problema no son los viajes, y quizá tampoco los recursos, sino la hipocresía con la que se actúa. La hipocresía está emparentada con el cinismo, el cinismo con lo perverso y lo perverso con la maldad. Es decir, los políticos mexicanos son puros malos detrás de una máscara que ríe a carcajadas.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.

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