La indeseable transición de un país de neuróticos a uno de psicóticos

La anécdota de demandas absurdas citada por Dufour sirve para cuestionar a la sociedad contemporánea, donde la autorreferencialidad y la pérdida del Otro incuban psicosis disfrazada de democracia

Para Pablo Miguel Bravo Glz., el sabio que solía leer a Carlyle en el metro

Una mujer preñada se bebe hasta el poso una botella de whisky. Las consecuencias son desastrosas. Pierde al bebé. Inmediatamente, demanda a la marca de whisky. Lo hace porque alega que los fabricantes de la bebida etílica no especificaron sin ambigüedades que no hay que beber alcohol en caso de estar embarazada. Llama a su abogado y gana el juicio.

Otro individuo introduce a su perrito mojado, a quien adora, en el microondas. Desea secarlo. En dos minutos estará listo. El animal implosiona. El hombre monta un drama y llama a su representante legal. Demanda a la firma fabricante de microondas, porque no tuvieron la precaución de indicar en las instrucciones que no se deben meter seres vivos en la caja del horno. Se embolsa una importante suma de dinero.

Los dos casos son citados por Dany-Robert Dufour en Locura y democracia (pp. 155-158) y son típicos de la sociedad estadounidense. Una sociedad que se ha dedicado a fabricar este tipo de sujetos. Una sociedad empeñada en fomentar la locura unaria o, lo que es lo mismo, la psicosis en un contexto pseudodemocrático.

Estos dos ejemplos revelan un síntoma de la sociedad contemporánea. Cada vez hay más sujetos que se ajustan a la definición de lo que Dufour llama «locura unaria». Lo unario hace referencia al fenómeno de la autorreferencialidad. Y esta autorreferencialidad es el caldo de cultivo para que se desate la psicosis. La pérdida de contacto con la realidad, los delirios y las alucinaciones describen a sujetos «perdidos en el espacio» a semejanza del entrañable doctor Smith de nuestra niñez. La locura es así la incapacidad de construir un «aquí y ahora» en donde ubicar el «yo».

Es el mercado quien ha llevado a su culmen, al triunfo absoluto, a la autorreferencia. La posmodernidad significa el fin de todas las modalidades de referencia. El Otro, en la forma que usted guste, como Dios, como Estado, como pueblo, como prójimo, etcétera, se difumina. Marx lo diagnosticó, a propósito del capitalismo: «todo lo sólido se desvanece en el aire». (cfr.: El manifiesto comunista). La autonomía jurídica del sujeto democrático, que es la que facilita el recurso del abogado a la dama y al caballero en los ejemplos presentados líneas arriba, no es más que el lugar de una escena cuyo reverso es la locura. El sujeto de la democracia de masas se enuncia mediante la fórmula «es yo quien dice yo», es un sujeto autorreferencial. Todas las formas de alteridad se han disipado.

La hipérbole forma parte del estilo de algunos escritores. Se solazan exagerando el análisis. Dufour no es la excepción. Es verdad que este fenómeno se alcanza a apreciar en algunas latitudes del mundo desarrollado de este planeta. Estados Unidos y Francia, por mencionar el país de origen del pensador francés, exhiben un poco de esto.

Pero cuando el psicoanalista francés se atreve a enunciar su tesis de que «hace un siglo la psicosis era la excepción y la neurosis la norma» y que «hoy esta tendencia está en proceso de revertirse» y «la psicosis tiende a ser la norma» (p. 130), uno no puede menos que preguntarse si la hipérbole ha vuelto a hacerse presente en el terreno del análisis de la situación actual.

Es verdad que el número de psicóticos aumenta exponencialmente en esas sociedades desarrolladas que abusan alegremente del consumo de estupefacientes. Pero aún, por suerte, no son mayoría. Los neuróticos, silenciosamente, llevan mano. Y «el que esté libre de pecado que tire la primera piedra».

El problema se torna mayúsculo cuando quien gobierna, quien detenta el poder, requiere una camisa de fuerza. Las decisiones demenciales de estos tipos afectan la suerte del ciudadano de a pie. Gracián afirma, en el aforismo 32 de su Oráculo manual: «Esta sola es la ventaja del mandar: poder hacer más bien que todos.» Bien pudo haber corregido el aserto y decir: «Esta sola es la desventaja del mandar: poder hacer más mal que todos.» El gobernante «border» multiplica inmisericorde los sufrimientos del pueblo.

Ahora bien, si el número de psicóticos ha aumentado sensiblemente, y la causa directa es la desaparición del Otro de la escena, es preciso crear vínculos, estrechar lazos, buscar el afecto en el cercano, volver a El principito. El zorro, siempre didáctico, explica: «domesticar significa crear lazos». Y luego ruega: «domestícame». Esta es la actitud. Solo de ese modo el principito será único en el mundo para el zorro y viceversa.

Referencia:

Dufour, D.-R. (2002). Locura y democracia. Ensayo sobre la forma unaria. FCE.

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