Faltan 97 días
Relatos mundialistas: 70-86-94
José del Bosque
Inglaterra y Portugal en Saltillo; México 86
(parte II de II)
Y aquel partido comenzó con una certeza palpable: el calor no iba a amainar. Pero Inglaterra había aprendido a dosificar. Bobby Robson adelantó a Glenn Hoddle —quien dirigirá la Rosa de Tudor en Francia 98—. Lo sacó del cinturón de mediocampo defensivo y lo colocó como bisagra ofensiva. La decisión era sutil, pero clave: darle salida limpia al equipo. Escenario para la creatividad en la figura de un atípico mediapunta con el cuatro en la espalda. La idea: permitir que la pelota viajara más que las piernas. Y entonces sucedió Lineker.
El primer gol no fue arte elevado: fue oportunismo. Eso sí: con una triangulacióncortesía del medio campo. Un delantero que leyó el rebote antes de que el rebote existiera. Lineker no corría como héroe, corría como mensajero eficiente. Empujó el balón y no celebró de más. El segundo fue distinto: anticipación pura, desmarque seco, definición que no ha de elucubrar. El tercero… el tercero ya era sentencia. Hat–trick… el truco de la chistera. Tres goles en el noreste de México, bajo un sol que no acarició ni a los locales.
Gary Lineker, el 10 del Everton —o el «Liverpool azul»; el equipo de Sir Paul—, estaba escribiendo su Mundial sin ruidosa épica. Mientras Maradona hacía malabares metafísicos en el sur del país, Lineker hacía aritmética: sumar goles, sumar minutos, sumar certezas. No necesitaba gambetas imposibles. Necesitaba espacios, segundos, errores ajenos. Y los encontraba todos.
Atrás, Peter Shilton ordenaba el mundo. No volaba: se colocaba, firme como la raíz del árbol que siempre fue. Tampoco gritaba: señalaba. Era un portero de otra época incluso en su propia época. Un guardián de vieja escuela. Colosal y con postura clásica. Hecho para torneos largos, para partidos sin lirismo. Las lesiones nunca lo rondaron. Se decía que «lo evitaban», por eso de las represalias.
El público de Nuevo León respondía con respeto. No era hostilidad, no era devoción: era curiosidad de tribuna. Inglaterra era un equipo serio, casi austero. Y en un Mundial que prometía excesos. Afuera del «Uni», vendedores ambulantes ofrecían refrescos sabor «rojo», banderines tan improvisados como imposibles, radios portátiles. Y alguno de esos expulsaba la voz de algún cronista que intentaba explicar por qué ese 10 inglés parecía no cansarse.
A la misma hora, en Saltillo, el Hotel Camino Real recuperaba quietud. Las habitaciones esperaban con las camas hechas. El aire acondicionado trabajaba sin mucho orgullo. Ese escuadrón de británicos volvería de noche por la misma carretera, con tres goles más, una ruta enmendada y una clasificación encaminada.
México 86 era eso: un país partido en sedes, horarios y climas, pero unido por la transmisión. El Mundial convivía con los cines que fueron teatros. Ahí donde aún se proyectaban funciones dobles. O con las hogareñas salas donde el VHS empezaba a desplazar, poco a poco, a la memoria oral. A las leyendas de abuelos con machete. En San Nicolás, el «Volcán» todavía guardaba el eco de Freddie Mercury. En Saltillo, un hotel moderno —y pariente de los Westin— alojaba a un equipo que jugaba como si el ruido no existiera.
Lineker iba a terminar el torneo como goleador. Botín de Oro FIFA. El Barcelona ¿tocará su puerta cuando regrese a Europa?, tras la Copa del Mundo. Pero esa tarde de junio —de cuatro a seis—, bajo un sol de septentrión, todo eso aún no era futuro. Era presente inspirado. Y transpirado. Era la húmeda camiseta blanca —como piedra de Windsor— contra un verano a quinientos metros sobre el nivel del mar. Era el estampado 10 rojo… que avanzaba sin alarde. Pero con emoción casi infantil.
A veces los Mundiales no se explican por los partidos de escaparate y pasarela, sino por otros: los que ocurren lejos de palcos, los que comparten escenarios de rocanrol, los que comienzan y terminan en un hotel que sabe ser casa de asistencia… allá, en ciudades que hospedan a la Historia. Y no la reclaman. Está al servicio de cualquier narrativa. Eso sí, a veces corrió el riesgo de difuminarse en la memoria. Ya no. Saltillo-Monterrey-San Nicolás. Tres a cero: Inglaterra. Era junio del 86. El futbol, como la memoria, también viaja por carretera.
