La memoria también viaja en carretera

Faltan 111 días para el Mundial 2026

Relatos mundialistas: 70-86-94

 Inglaterra [y Portugal] en Saltillo; México 86

(Parte I de II)

A las cuatro de la tarde el sol no cae: aplasta. Y en el norte de México el verano no se anuncia, se impone. Junio del 86 no fue excepción. Aun entrecortado, el aire de Saltillo bullía con mil metros sobre el nivel del mar de ventaja contra Monterrey. Las cortinas del Hotel Camino Real —simétricas y borgoñesas, estrenadas para la ocasión— no lograban contener del todo la seducción que venía desde la sierra. El aire de pino. Ese bajaba hasta la tarde. Y deambulaba la madrugada. Allí, entre alfombras nuevas y un silencio climatizado, se hospedaba la selección de Inglaterra.

Inglaterra en Saltillo. Dicho así, ¿todavía suena improbable? La ciudad era una capital discreta. Pero industrial. Sus fábricas marcaban flujos y calendarios. Afortunadamente, su orgullo no era estridente.

No era sede mundialista. Tampoco tenía estadio FIFA. Pero tenía hoteles. Tenía carretera. Tenía calor. Y esa condición histórica, tan mexicana, de ser parte sin estar en el centro. Por eso Inglaterra entrenaba lejos del ruido, lejos del Distrito Federal, lejos de la liturgia mediática del Azteca, sus micrófonos y sus egos. Aquí no había un mariachi endosado ni desfiles espontáneos: había rutina, discreción y —pues— una vigilancia casi Scotland Yard.

Los ingleses bajaban al comedor temprano. Té. Silencios. Cuerpos grandes. Peter Shilton parecía ocupar más espacio que los demás, no solo por estatura sino por pura presencia. Era un arquero —nacido en las Midlands, como Robin Hood— cuya mirada parecía anticipar catástrofes… o algo. Bobby Robson lo observaba todo con esa calma que no es pasividad, sino cálculo. Glenn Hoddle, más liviano, más técnico, parecía fuera de lugar en una postal que pedía músculo. Y Gary Lineker… Gary Lineker no parecía —aún— un mito. Parecía, más bien, un hombre coqueto y correcto. Demasiado correcto para el calor.

Ese día Inglaterra viajaría a Monterrey. A San Nicolás de los Garza. Al Estadio Universitario: el Volcán.

La carretera Saltillo-Monterrey es una cinta de transición: del altiplano al valle, de la sequedad al horno húmedo. En unos autobuses Dina con vidrios polarizados, los británicos cruzaban un paisaje que no figuraba en sus mapas sentimentales. Afuera, el país era una suerte de mascarada: México 86 era fiesta, pero también era crisis maquillada. El sexenio de Miguel de la Madrid avanzaba entre discursos de austeridad, una inflación controlada a medias y la memoria fresca del terremoto. En la radio podía bramar Mijares, o mejor Timbiriche. Pero en alguna frecuencia perdida, todavía: Queen.

Pocos sabían que —cinco años antes, justo en ese Estadio Universitario— Freddie Mercury había cantado «Love of My Life» en su rango alto, con clínica respiración de balada, al piano. Y Brian May… sin arpa, pero con una filosa guitarra acústica. Ambos frente a un público que aún no dimensionaba el privilegio, quizá. Queen había tocado allí en 1981. El único tour mexicano —si Puebla también contó— de la Reina Rapsódica, en esa extraña gira. Fue el último grito —con falsete hasta el soprano— antes de un Mundial.

El Volcán no era tan neutral. Era un anfiteatro joven, de concreto. Estadio diseñado para amplificar el ruido y hasta retener el calor. Triquiñuelas atmosféricas. A las cuatro de la tarde, el césped parecía sudar en fotosíntesis. Como si también ya estuviera cansado. Las tribunas hervían, con todo y los hooligans que cruzaron el Atlántico. Inglaterra salió al campo con su uniforme blanco. Clásico, de confección al sur de Manchester. Quirúrgico. Total e insolente, bajo ese sol. Y los números rojos —ese rojo de Tudor, heráldico— parecían latir. El 10 de Lineker no solo saltaba en lontananza: se imponía, rotundo. Así Inglaterra vestía el presente. Y Polonia el rojo de su historia. Su granate. Carmesí cardenalicio de esa selección que hasta tenía un Papa por hincha. El equipo que, un Mundial antes, en España 82: supo filtrarse a las semifinales.

(Estas aventuras continúan su viraje. Nuestro regreso al 86 ofrecerá la continuación de esta pieza. Mientras tanto, para corresponder a las manecillas de la máquina del tiempo, en el siguiente número de Espacio 4: este espacio viajará a 1994.)

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