Uno de los fenómenos más interesantes del Mundial ocurrió fuera de la cancha. La camiseta de México se volvió una de las más vendidas. No es un dato menor. En apariencia hablamos de una prenda deportiva; en el fondo hablamos de un símbolo. Una camiseta es más que tela: también es territorio. Es una forma breve de decir: vengo de ahí; algo de mí canta con esas voces que, al entonar «Mexicanos al grito de guerra..», habrían dejado perplejos a Jaime Nunó y a Francisco González Bocanegra.
Pensamos la patria como extensión geográfica: una línea en el mapa, un escudo, una capital. La patria es mucho más. La patria vive en nuestra mente, incluso en la de aquellos que no son mexicanos. Viaja en una maleta, aparece en un restaurante de Los Ángeles, en una charla en Seúl, en alguien que camina por Madrid con una playera verde, o en un niño londinense que pronuncia México con acento ajeno, pero con emoción propia.
Este Mundial no s mostró otra forma de patria: la portátil. No solo la que llevan los mexicanos dispersos por el mundo, sino la que los visitantes se llevan de México. Muchos llegaron buscando futbol y terminaron encontrando algo más: una manera de recibir, de comer, de hablar, de celebrar, de improvisar. Vinieron por el juego y se encontraron con el país entero metiéndose en la experiencia: la comida, la música, la calle, la hospitalidad, el exceso, el contrasentido, el sufrimiento gozoso de los toques. Y convirtieron sus temores en abrazos.
México tiene esa rara capacidad de volverse recuerdo. A veces entra por el paladar antes que por la razón; por su contradicción antes que por la lógica. Se recuerda en una salsa que picaba más de lo advertido, en el relajo surrealista, en la mezcla inexplicable de caos y calidez que tanto desconcierta al extranjero. Hay países que se visitan; México, además, se convierte en otra camiseta: la que se lleva quien vuelve a su país con un recuerdo mexicano puesto por dentro. Está en la felicitación al aficionado inglés, incluso después de la derrota; en el apoyo a la marea amarilla que transformó Santa Úrsula en un barrio de Bogotá; en el consuelo a la afición ecuatoriana; en el grito que adopta al coreano: «Ya eres mexicano».
No falta quien dice que cómo vamos a celebrar si tenemos violencia, desigualdad, corrupción, desapariciones, impunidad. La lista es real. Sería irresponsable negarla. México indigna. Pero de ese diagnóstico no se desprende una prohibición de la alegría. Una cosa es tener conciencia de los problemas y otra convertir la amargura en superioridad moral. Celebrar no es absolver; es impedir que el dolor tenga derecho de piso. Tal vez lo que incomoda no es la alegría, sino la posibilidad de que todavía podamos reconocernos juntos.
El futbol pertenece a esa zona de la utilidad inútil que algunos desprecian porque no tapa baches, no acelera expedientes judiciales, no corrige ministerios públicos ni mejora salarios. Tienen razón: un Mundial no resuelve la vida pública. Pero hay cosas que no resuelven la vida y, sin embargo, la vuelven vivible. Una canción no repara una carretera. Una novela no elimina la corrupción. Una comida compartida no acaba con la violencia. Y aun así, sin canciones, novelas, sobremesas, abrazos y jolgorio, la vida estaría reducida a la administración de problemas.
Lo inútil no siempre es inútil. La camiseta no cambia el país, pero revela que el país sigue teniendo capacidad de convocar. El visitante que se va contento no borra nuestras fallas, pero confirma que todavía somos capaces de ofrecer algo valioso. El grito en un estadio no sustituye la responsabilidad cívica, pero produce una forma de pertenencia que tampoco deberíamos despreciar.
Cuando termine el Mundial quedarán marcadores, polémicas, eliminados, campeones, camisetas usadas y estadios vacíos. También quedarán historias viajando. Un mexicano en otro país guardará su playera como quien dobla una bandera. Un visitante contará que México fue más de lo que esperaba. Alguien recordará un sabor, una canción, una calle, una tarde.
Los países también se construyen por la manera en que son contados después de haber sido vividos. Tal vez eso sea la patria portátil: no el país perfecto que nadie tiene, sino el país que se viste, se canta, se come, se cuenta.
Fuente: Reforma
