La paz y lo que podemos hacer por ella

Il faut cultiver notre jardin.

Voltaire

Llevo escribiendo en torno a la guerra desde hace más de 20 años. Lamento que un nuevo conflicto me obligue a tomar la pluma para pronunciar mi verdad sobre el despropósito en turno. Reaccioné a la guerra de Bush contra Irak, cuestioné la guerra de Putin contra Ucrania y ahora me veo obligado a sopesar lo que sucede en Medio Oriente con la guerra de Trump contra Irán. Si el lector pone atención adivinará que presento al fuerte como el promotor de la guerra contra el débil. A ya más de 50 años de la humillante derrota del imperio en Vietnam, viene bien volver sobre el viejo tópico de David frente a Goliat, indefenso el primero, pero victorioso, blandiendo su honda.

Los imperios no se resignan a perder el control del planeta. No quieren, en el fondo, un mundo multipolar. Y ven con malos ojos la profecía de Daniel:

«En tu visión una piedra se desprendió sin intervención humana, chocó con los pies de hierro y barro de la estatua y la hizo pedazos (…) Durante ese reinado el Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido ni su dominio pasará a otro, sino que destruirá y acabará con todos los demás reinos, pero él durará por siempre; eso significa la piedra que viste desprendida del monte sin intervención humana y que destrozó el barro, el hierro, el bronce, la plata y el oro», Daniel a Nabucodonosor (Dn 2, 35.44-45).

En mi adolescencia, leí con fascinación la interpretación anticomunista de este texto por parte del obispo y escritor Fulton J. Sheen. La estatua de pies de hierro y barro era, para él, el estalinismo de la Unión Soviética. Pero el que esté libre de ideología que tire la primera piedra, como apuntó aquel obispo peruano en la CELAM Puebla de 1979. Más allá de toda ideología, si es posible, la estatua que se desmorona, en este mundo cuasi multipolar, no es un imperio en particular, representa más bien la hegemonía opresora y dominante en general. La hermenéutica suele variar según el crítico en turno y el momento histórico. Lo que importa es cerrar el círculo hermenéutico, permítaseme la expresión, «con los pelos de la burra en la mano».

La razón de esa mirada furiosa hacia el profeta no necesita mayor explicación. El «oro negro» sigue siendo el motivo principal de esta escalada de violencia que mantiene en vilo al planeta entero. Pero hay otras razones. Los yanquis se resisten a perder la hegemonía. Por eso en esta ocasión evité titular mi artículo, como lo hice en las ocasiones anteriores, «Las sinrazones de esta nueva guerra».

Sigo pensando, como desde hace tiempo, que la guerra no se puede analizar sin considerar el impacto de los mass media en su realización. Para Jean Baudrillard la guerra es solo un simulacro. Discrepo de él. Con Virilio distingo entre una guerra real (la guerra dirigida por los drones y los misiles) y la guerra virtual de los medios de comunicación que fomentan el crimen. En la guerra de marras podemos apreciar ambos fenómenos: el asesinato de Jameneí y la reacción iraní con el cierre del Estrecho de Ormuz, más las «mentiras» o «medias verdades», como se quiera ver, de los medios nacionales e internacionales. Baudrillard asevera, aunque siempre hiperbólico, que ya no es el acontecimiento el que genera la noticia, sino a la inversa: es la noticia la que genera el acontecimiento. Tenemos una fe ciega en la imagen televisiva. La historia, en tanto que sucesión de acontecimientos, llega a su fin. Es verdad, hay mucho de simulacro en el asunto de la guerra.

Se precisa desterrar la actitud ingenua de Cándido el de Voltaire que sigue creyendo que este es «el mejor de los mundos posibles», como aseguraba el consejero áulico Leibniz. Toca estar informados —«Hombre sin noticias, mundo a oscuras», constató Gracián— y, al mismo tiempo, desconfiar de cualquier información. Lleva razón el periodista argentino Ezequiel Fernández-Moores: «Estamos informados de todo, pero no nos enteramos de nada».

La relectura de Cándido o el optimismo de Voltaire nos puede ayudar a repensar nuestra actitud ante el recurrente problema de la guerra. El optimista de Cándido, inficionado por las ideas del filósofo Pangloss, su tutor, cree a pie juntillas que este mundo es el mejor de los posibles. Pero una serie de calamidades irán moderando su optimismo. ¿Qué podemos hacer frente a la guerra? No está en nuestras manos la solución estructural del asunto. Por ello, el hacerle caso a la invitación que el propio Cándido nos hace al final de la novela de ponernos a cultivar nuestro jardín, aunque parezca conformista y pichicata, nos puede proporcionar la satisfacción de haber cumplido con nuestro deber. Hagamos esto con el cuidado y la dedicación del jardinero que nos conmina a luchar «mientras podamos».

Borges nos legó un poema inmortal que intituló «Los justos». El poema inicia con el verso «Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire». El remate es formidable: «Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo». No hace falta «palabrear lo sagrado», como solía repetir Gil mi hermano, citando a Galeano. Simple y llanamente, sumémonos al bando de los justos.

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