Roudinesco ha escrito un estupendo libro. Una guía para reformular, a través de un recorrido histórico, un concepto sobado, manido y trillado, tanto en psicología como en moral, la noción de «perversión».
Si uno visita el diccionario descubrirá que el concepto alude al enviciamiento con malas costumbres o ejemplos de la fe, el gusto, etcétera, o a la perturbación del orden o estado de las cosas. La etimología nos remite al latín pervertere que significa «volver del revés, volcar, invertir, erosionar, desordenar, cometer extravagancias». Todo esto hace referencia a una desviación de lo considerado normal, especialmente en el ámbito sexual.
Freud resignifica la idea de la «perversión» tratando de quitarle su coloración peyorativa. Se trata para él de la negación o del desmentido de la castración. En el siglo XIX se consideraba que el trío infernal de la perversión lo conformaban el homosexual, la histérica y el onanista. Freud se erige como un crítico de esta visión torcida.
El médico de Viena distinguía entre las perversiones de objeto que tienen que ver con las relaciones sexuales con una pareja humana (incesto, autoerotismo y pedofilia) y las perversiones de meta que apuntan a tres tipos de prácticas: las que buscan el placer visual (exhibicionismo y voyeurismo), las que persiguen el placer por medio del sufrimiento (sadismo y masoquismo) y las que fomentan el placer por sobrestimación exclusiva de una zona erógena fetichizada (felación y cunnilingus).
La práctica de la perversión completa la tríada psicoanalítica de las estructuras psíquicas, al lado de la neurosis y la psicosis. De hecho, Freud, allá por 1905, llegó a afirmar que la neurosis es el negativo de la perversión. La neurosis implica represión, la perversión desplazamiento fuera de norma. Como se puede apreciar, se trata de un concepto netamente psicológico y con una connotación sexual.
Es en la figura del Marqués de Sade donde asistimos a una generalización de la perversión, debido fundamentalmente a su obra. Por ello, aunque su praxis fue perversa sexualmente hablando, es más un teórico de la perversión que un practicante. Los libertinos del siglo XVIII ambicionan vivir como dioses a través del desenfreno sexual. Sade sostiene la obligación de practicar la sodomía, el incesto e, incluso, el crimen, en aras de ser auténticamente republicanos. (Cfr. «La filosofía en el tocador»)
En su historia de la perversión, la psicoanalista francesa Roudinesco llega a afirmar que en el origen de esta praxis, exclusivamente humana, nos topamos con los místicos y flagelantes de la Edad Media. Llega a tachar de «perversa» a santa Liduvina de Schiedam, aquella mística holandesa que en el afán de salvar el alma de la Iglesia convirtió su cuerpo en un montón de basura. Esto me parece un tanto exagerado. Es verdad que hubo excesos en eso de esgrimir el cilicio, la mortificación, la penitencia, la ascesis, etcétera, para conseguir la unión mística. Pero de ahí a hablar de perversión dista un buen trecho.
Por fortuna, la Asociación Americana de Psiquiatría desapareció el concepto «perversión» en 1987. En su lugar propuso el término «parafilia» que hace referencia a patrones de comportamiento sexual poco habituales. Y digo por fortuna, porque esto nos ayuda a ensanchar la noción de «perversión» más allá del campo de la sexualidad. Así no tenemos que recurrir a la palabra «perversidad» para denotar esa tendencia a hacer el mal inherente a los de nuestra especie.
La autora francesa, con singular puntería, incluye un capítulo en su libro en torno a la perversión en Auschwitz en el siglo XX. Hanna Arendt supo ver en su análisis sobre «Eichmann en Jerusalén», la «banalidad del mal». A su modo de ver, Eichmann no era sádico, ni psicópata; era normal, era sólo un burócrata. No experimentaba culpa. Sólo, como él aseguró hasta el cansancio en su juicio, obedecía órdenes. Por ello el mal es banal, trivial e insustancial. Lo que no quiere decir que no barra con millones de seres humanos. Hoy en día, podemos observar dicha banalidad del mal en los genocidios que se han gestado recientemente. Los criminales de guerra de nuestro tiempo negarán, en un futuro, su participación en los episodios de iniquidad hodiernos. La perversión logra salir de la cárcel de la sexualidad y hace referencia a la maldad y a la crueldad, que para el caso son lo mismo.
Por ello quizá habrá que sostener con Konrad Lorenz y contra Thomas Hobbes, que el hombre es una rata para el hombre y no un lobo. Pues el lobo no asesina a los de su especie y la rata sí. Aunque se sabe que no sólo la rata desarrolla ese deleznable comportamiento.
Nuestra pensadora culmina su obra con una reflexión sobre la perversión en el siglo XXI. Afirma que este siglo está llamado a realizar la utopía de acabar con la perversión. La monta contra el filósofo animalista Peter Singer porque hace apología de la zoofilia y esto es fomentar la perversión, de nuevo, en el ámbito de la sexualidad. Considera que los perversos en el mundo contemporáneo son los pedófilos y los terroristas. Aunque tenga razón, habrá que resignificar el concepto «perversión» y concentrarlo, sobre todo, en el territorio de lo social.
Referencia:
Roudinesco, É. (2009). Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos. Anagrama.
