Con sorpresa anticircense leí sobre la partida de Tim Curry hace unas horas. Un actor de culto, pero también de escuela. Hijo de las aulas literarias de Birmingham y natural del Noroeste inglés… allí desde donde provino la ominosa voz de Lewis Carroll y su Alicia en el país de las maravillas… con todo y un felino adjudicado a una «Duquesa» de talante espantoso. A sus 80 años, en Los Ángeles, parece que emitió su última —y ruin— sonrisa, tan amplia y eterna. Parece que hay lugares inventados para que alguien nazca —o yaga— en ellos. Así Timothy J. Curry nació en Cheshire.
No es un dato menor. Cheshire es también el linaje de uno de los animales más inquietantes de la literatura: el gato de Cheshire. Un félido que aparece, desaparece y, cuando ya no queda nada de él, deja una sonrisa suspendida en el aire… Tim Curry acaba de hacer exactamente eso.
Se fue el hombre. La sonrisa no. Y quizá nunca. A lo mejor por eso resulta imposible recordarlo sin que aparezca primero una mueca, un soslayo dividido en risotada. Como la de de Frank N. Furter: el científico loco proveniente del planeta Transexual, que orbitó Transylvania. Ese quien, en 1975, convirtió las medias de red, el corsé, y el glamuroso rocanrol en una declaración de guerra contra la respetabilidad… justo cuando una Dama de Hierro asumía el poder en número 10 de Downing Street: Margaret Thatcher. The Rocky Horror Show había nacido en el teatro unos años antes. Curry llevó al cine aquella criatura y la convirtió en uno de los referentes contraculturales de la pantalla y el escenario. No era solamente un travesti extraterrestre. Era un doctor que provocaba, con tacones. Era una parodia —un homenaje— de las viejas películas de Cine B y ciencia ficción. Las de los monstruos. De los musicales y de aquel Hollywood que había aprendido a asustar a sus espectadores antes que aprender a liberarlos, por fin.
Así sonaron «Sweet transvestite». Y «The time warp». Porque quizá eso hizo Curry durante toda su vida: enseñarnos que el tiempo también puede bailarse en plena provocación que llama a sacudirnos las telarañas moralinas.
Nació en 1946, cuando el mundo recién cerró —según su primer ministro, Churchill— aquella cortina de acero hacia el Este. Ahí se le otorgó cerrojo al telón de acero. El planeta aprendía a desconfiar de su propio futuro. Curry creció entre desplazamientos, teatro, música y una Inglaterra que todavía parecía convencida de que las buenas costumbres podían mantener el caos bajo llave. Pero, el caos siempre encuentra una rendija…
En 1975 llegó el Dr. Frank N. Furter. Vietnam ingresó al epílogo. Murió Franco, Te Deum. El rock ya había descubierto que podía ser una forma de desplazarse en la protesta. Un actor británico, vestido de cuero, collar de gigantescas perlas y medias negras, entraba en escena para recordarnos que la monstruosidad quizá no estaba en quien se vestía diferente, sino en quienes necesitaban que todos se vistieran igual.
Casi 20 años después… Curry se manifestó desde lo cósmico, desde lo intangible. Esta vez no calzaba tacones ni tatuajes con corazón trozado que dice Boss. Más bien llevaba globos. Rojos.
En 1990, It llegó a nuestras casas como una película que no era exactamente película. Se trataba de una miniserie que en México aprendimos a recordar como si hubiera sido una sola noche interminable frente al televisor. Los rollos A y B se reunieron en un solo enunciado de terror para que aquella cadena —alguna vez experimental en el año 75— ahora se llamara Canal 5 y contuviera las dos letras de una coordenada para la infancia: G y C: Gecé (González Camarena). Para quienes nacimos en los ochenta, Pennywise fue una puerta hacia un territorio que todavía no sabíamos nombrar: el miedo infantil, la pérdida de la inocencia, los compañeros raros, los niños que no encajaban, y esa terrible sospecha de que convertirse en adulto significaba aprender a convivir con los —¿nuestros?— monstruos. Stephen King lo había hecho de nuevo, con maestría. Construyó a siete losers que requerían un enemigo: Tim Curry les dio esa —sombría— sonrisa necesaria.
Mis hermanos tenían 8, 10, 12 años. Yo lo necesario para solo recordar el temor, la regadera, los colmillos que nunca vi en el único al circo al fui. Quizá por eso «Pennywise: The dancing clown» nos pertenece de una manera que otros monstruos no. El Guasón —el ahora mítico Joker— podrá ser más célebre: más Nicholson y Hedger. Drácula podrá ser más antiguo y coqueto, como Gary Oldman. Frankenstein puede ser tan literario como hermoso, igual que Del Toro. Pero Pennywise sabía en dónde vivíamos: en la infancia. Allí en donde se es más vulnerable. Y donde se forjan las valentías con los puños apretados.
¿Y los adultos de hoy? ¿El payaso asusta, igual? A lo mejor aprendimos que los monstruos también envejecen. Y que los actores… podrán morir. Pero no sus criaturas. El doctor Frank N. Furter continúa en pleno trazo de un cat-walk electrizante. Y probablemente Pennywise espera, agazapado, al borde de una alcantarilla de tarde lluviosa. La perilla del volumen nos llama. «The time warp» se emancipa como un himno del siglo XX.Aún pide que demos un salto, o ¿el salto? Millones de personas, este día canicular del 2026, elevan mensajes a las comunidades Queer, Trans y más. El doctor Furter solidificó su testamento, con todo y liguero… y guantes de Rita Hayworth.
Aquella sonrisa sobrecogedora de Cheshire continúa allí. Flota en cualquier parte donde la Luna sea visible: entre Lewis Carroll, Tim Curry y nuestros propios recuerdos. Tal vez esa sea la verdadera inmortalidad de un actor icónico: no es que su cuerpo permanezca, sino que alguien —30 años después— en una casa cualquiera repare en cierta coladera a partir de una película vista en la televisión abierta. Y descubrir que aquel hombre sigue allí. Y observa.
Confuso o enigmático… pero sonríe como él solo. Como si justo nos dijera que, después de todo, no habrá qué tenerle tanto miedo al monstruo. Sólo hay que aprender la manera en que se encarama, con desparpajo, a su onda del tiempo. Su «Time warp». Festejémoslo. Así, al rasgueo roquero de los 50. Los mayordomos traen joroba. Las camareras una cabellera emancipada. Y es que Susan Sarandon, también, puede ser una Scream queen. Fácil. Pero con impermeable amarillo, queridos, todo con antici(pasión). [Cfr. Furter, F.].
