Las apariencias no engañan

Bernal Díaz del Castillo en su memorable obra Historia verdadera de la conquista de la Nueva España dice que, a punto de perder la batalla de Centla, se les apareció Santiago, el apóstol, y con su espada mató muchos indios y eso inclinó la balanza a favor de los españoles. En literatura eso se llama Mirabilia, un concepto que hace referencia al hecho de ver lo que se quiere ver para explicar eficientemente un evento que, de entrada, se dificulta su cabal comprensión.

La mención no es gratuita ni por azar, sino algo absolutamente necesario. Lo es porque con el contenido de mi artículo de hoy quizá pudiera yo correr el riesgo de caer en la nebulosa esencia de ese concepto y explicarme eficientemente los vínculos del Estado mexicano con los grupos criminales que operan en el país. Espero que no porque los datos están ahí para objetivar los hechos.

Lo que ocurre es que yo, en efecto, tengo otros datos, otra percepción de los recientes acontecimientos que involucran al mentado «Mencho» con el Estado mexicano a través de los políticos convertidos en funcionarios públicos que hoy ejercen su cuarta transformación de manera tan suigéneris.

Mi percepción en torno a lo que se vivió en recientes días, y se vive aún, alrededor de este asunto no es sino la confirmación de lo que, en buena parte de la opinión pública ha venido construyendo como preocupante verdad en el sentido de la disolución de la línea divisoria entre los cárteles y los que hoy gobiernan en México. Son lo mismo.

Sumido en la zona más oscura de la lógica de acontecimientos, el abatimiento del capo «más buscado en la última década por México y los Estados Unidos» en territorio mexicano deja un caudal de cuestionamientos a los que ninguna autoridad ha podido dar respuesta clara. En virtud de ello la sospecha impera y le da cabida a toda clase de supuestos moviéndose a placer para llenar los vacíos de información por parte de las jerarquías policiales del país.

El núcleo de los cuestionamientos gira en torno a dos asuntos. Primero, quién dicta las políticas públicas de seguridad. Porque ninguna duda cabe ya de que éstas provienen de los Estados Unidos y le han sido impuestas al Gobierno mexicano para satisfacer la megalomanía del presidente de aquel país con el propósito de ensalzar su delirio para autoconstruirse como el héroe, aunque sea de cartón, que salvará al mundo de los delincuentes.

Eso desmorona la narrativa de la izquierda gobernante en México, sostenida por un discurso trasnochado que se refiere a la soberanía, a la Constitución, a los principios, a la tradición, y que, en caso de necesitarse, tenemos un himno que sugiere la existencia de un soldado en cada hijo para defender a la patria.

Patético. La soberanía ya fue violentada cuando se permitió la entrada de militares a México para dirigir la ofensiva contra «el Mencho». El país está invadido por tropas norteamericanas que mancillan el suelo de México; los drones hacen lo mismo cuando sobrevuelan espacio aéreo mexicano para recabar información de los cárteles.

Y todo eso es permitido por las autoridades mexicanas sin el menor rubor de por medio. En su favor puedo decir que no les queda de otra. Tienen las manos atadas; el loco de la frontera tiene todos los pelos de la burra en sus manos para afirmar que es parda. Léase aquí que los narcos mantienen sometidas a las autoridades mexicanas.

Lo otro, como segundo asunto a dilucidar, fueron las honras fúnebres que se le dieron al difunto. Fue un auténtico y soñado funeral de Estado que puso a su disposición recursos públicos para despedir al gran personaje que fue en vida, según apreciación gubernamental. Honrado, por tierra, a través de la Guardia Nacional, el Ejército y la Marina; por aire la fuerza aérea mexicana quien aportó helicópteros y otras naves. En fin, no se escatimó nada.

Que el Estado mexicano haya destinado recursos, personal, infraestructura y tiempo para ese fin, plantea ya un problema oscuro sembrado por la sospecha y la duda, pero eso queda casi reducido a nada cuando pensamos en lo que puede esconder ese hecho. ¿Acaso «el Mencho» era el verdadero jefe de todos para merecer tales consideraciones? Ninguna madre buscadora asesinada por los cárteles en su lucha por encontrar a sus desaparecidos ha merecido jamás la dignidad de ese trato.

Tampoco los feminicidios y las masacres ocurridas a diario en el país son atraídos por un gesto sensible de los gobernantes que acompañe a las familias en su duelo. El desdén y la indiferencia en esos casos es lo común. Y duele. Sospechosamente, pues, algo no anda bien.

Y aunque las reacciones gubernamentales están ahí presentes, no concuerdan con esa realidad real que los interpela desde su contundencia. Y entonces lo que quiere ser respuesta a cuestionamientos naturales, se convierte en apariencia que no logra engañar a nadie porque la verdad aflora por sí misma.

Pero, además, el desaseo con que se procedió en el escenario donde ocurrieron los hechos es digno de verse. Violentando el debido proceso, se le permitió la entrada a la prensa y a toda clase de gente contaminando y alterando la escena. Después de eso nada es confiable. Lo mismo ocurrió en el rancho Izaguirre y ya no supimos de manera confiable si aquel sitio era un lugar de exterminio o un lugar de entrenamiento del cártel.

Agréguele que el capo se les murió en el camino. Qué conveniente, ¿no? Súmele también que la presidenta no sabía del operativo. En concreto, técnicamente un verdadero golpe de estado. Y dese cuenta la urgencia que parecían tener por darle vuelta a la hoja. Y, para rematar, el concierto de una artista popular en el popular zócalo de la ciudad de México, que reunió a más de 400 mil individuos (las cifras son del mismo Gobierno), todos representantes del pueblo.

¿No le resulta todo eso demasiado sospechoso? Perdone usted mi escepticismo. Siempre he creído que los políticos mientes por vocación. Hoy también lo creo. Las apariencias no engañan. Por lo menos a mí.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.

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