Las manos de seda

No puede ser que Lupe Chávez haya muerto. Desde que se retiró siempre ha vivido en el corazón de todos, aunque no le veamos en acción, aunque sepamos que traicioneras enfermedades le habían caído encima por asalto. Se reunió en nuestras oraciones, pero mucho más en los recuerdos de todos los que amamos el beisbol.

Dentro de las complejas formas que uno tiene para anclarse en este mundo sabe que José Guadalupe Chávez Baeza nació hace 76 años en San Francisco del Oro, Chih. Y a los 18 apenas ya se dejaba ver con los Sultanes de Monterrey. En el draft de expansión de 1970 fue para Saltillo, donde le esperaba una larga vida de victorias y emociones, con la franela de Saraperos.

El parador en corto es de sobra el pelotero que tiene el duro papel de ser como el muchacho de la película, como el protagonista número uno por la calidad de su fildeo, por la potencia y seguridad de su brazo, por la energía y espectacularidad en cada lance.

Lupe cubría todo el rango al pie de la letra y lo hizo por 15 campañas completas. Peloteros inolvidables pasaron por la franquicia y Lupe siempre se quedó. Él estuvo por 15 años como el shortstop magnífico, primero con la combinación de Gabriel Lugo, maravilloso segunda base y luego con Juan Navarrete, todos creados para el juego de beisbol en especial, con una especie de fina relación con la ficción.

Hoy, que no sabemos como quitarnos de encima el pegajoso encanto de la nostalgia estamos viendo algunos de sus números porque él perteneció a una generación de jugadores agresivamente competitiva. Con Lugo y luego Kilillos Navarrete fueron como un circo itinerante, que iba por los diamantes de la Liga Mexicana luciendo. En casa, claro, era el ídolo. Y ya sabemos que detrás de cada individuo hay una historia, fuera del terreno era el tipo tranquilo, metódico, ejemplar como persona y compañero. Dentro, era como una máquina.

El motor del recuerdo nos dice que tuvo 5 mil 848 turnos al bate y dio mil 659 hits entre ellos 230 dobles, Era un jugador rápido, ágil pero su virtud principal era la calidad de su fildeo. Daba la impresión de tener manos de seda, por la facilidad con que hacía sus movimientos, con la elegancia de un esteta, con la libertad de un conquistador, con la confianza de su fe y virtudes. Por eso se estampa el número 15 de su franela en una de las bardas del viejo Parque Madero, que lo vio jugar por 15 temporadas consecutivas.

Ahora mismo, seguro que ya está reportando con Tomás Herrera, que es el mánager de los Saraperos allá arriba, donde lo están recibiendo queridos amigos y compañeros como Marcelo Juárez, Gabriel Lugo, Rommel Canada, Felipe Leal, Andrés Ayón y el coach de lujo, Andrés Tanaka. Es por ello que se debe insistir, Lupe no está muerto, solamente buscó otros horizontes y se fue con sus viejos camaradas. Llegó de pronto como si caminara en un mar de nubes y como siempre con una sonrisa por abajo del bigote rojizo y espeso.

Se dice que la esencia del hombre es vivir libre y feliz. ¿Ellos allá arriba lo serán? Nadie de abajo lo sabe, pero sí debe ser maravilloso poder ver de nuevo la combinación de doble play de Gabriel Lugo y Lupe Chávez. Luego de aplaudir tanto sería bueno preguntar si tenían un acuerdo con la fortuna para verse en el terreno como quienes pueden derrotar a demonios particulares, como los que pueden dominar leones con la mirada, vestidos con un traje de drama.

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