Legitimidad y liderazgo

Los movimientos políticos y las transformaciones no se gestan de un día para otro y tampoco desaparecen de la noche a la mañana. Resultan de procesos causados por la desatención de demandas sociales históricamente ignoradas, agravios acumulados, concentración de privilegios, desigualdad y soberbia del poder. Su permanencia depende de la profundidad de sus raíces, la solidez de sus principios y la autoridad moral de sus dirigentes. Surgen cuando existen condiciones y un líder carismático que abandere sus causas y movilice al pueblo.

El cardenismo trascendió el gobierno de Lázaro Cárdenas por su programa nacionalista y popular, no obstante los intentos de sus sucesores por sepultarlo. El neoliberalismo revirtió las principales reformas sociales del periodo 1934-1940, pero el legado del general no ha podido ser borrado. Carlos Salinas de Gortari privatizó el ejido y empobreció al campo mientras los terratenientes y especuladores multiplicaban sus fortunas. Esa es una de las razones por las cuales el salinismo duró apenas un sexenio y fue condenado por la historia. Tampoco hubo zedillismo, foxismo, calderonismo ni peñanietismo.

El obradorismo prevalece porque Andrés Manuel López Obrador lo construyó desde la base, no en la cima de donde resulta más fácil caer. Recorrer el país palmo a palmo, cosa que ningún político, después de Cárdenas, ha hecho; hablar con las comunidades, cuyo lenguaje y necesidades conocía; decirle al sistema las cuatro verdades; soportar persecución y ser anatematizado lo convirtieron en el líder opositor por antonomasia. Tampoco es que AMLO sea un genio, no lo es, pero aprovechó a su favor las circunstancias, así como la decrepitud de un sistema viciado y el hartazgo social hacia una clase gobernante envilecida.

Hundidos en la mediocridad, propia de su condición actual, y sin ideología que los distinga entre sí, los partidos ponen el grito en el cielo por las transformaciones que sus gobiernos ni siquiera intentaron. Los grupos de interés y las oposiciones miran afuera, desesperados, en espera de que el vecino realice el trabajo que a ellos corresponde. Mientras no admitan que su encapsulamiento y defensa de intereses contrarios a la sociedad le permitieron a Morena convertirse en la mayor fuerza política, y a la 4T en el movimiento social más votado y con mejores resultados en reducción de la pobreza, permanecerán en el letargo. La 4T no es la panacea universal, pues el país adolece aún de grandes males, pero en seguridad, uno de los más sensibles, hay avances. Entre septiembre de 2024 y diciembre pasado, los homicidios dolosos registraron una disminución del 40 %.

Los presidentes deslegitimados en las urnas o sin liderazgo —como Carlos Salinas de Gortari, Vicente Fox y quienes les sucedieron, hasta Enrique Peña Nieto— son más susceptibles a las presiones internacionales, sobre todo de Estados Unidos. El caso de Claudia Sheinbaum, ahora, es distinto. La legitimidad, el carácter y la aprobación de la presidenta mexicana le permiten negociar con dignidad y defender la soberanía frente a un intemperante como Donald Trump.

El líder de MAGA ha puesto de cabeza al mundo, sin exceptuar a su país, pero su trato con Sheinbaum es mesurado. Lidiar con Trump no es sencillo ni para los de casa, pero con apoyo mayoritario y control político es posible resistir, contener los impulsos del tirano, reducir los daños e incluso sacar provecho de una relación caracterizada por la asimetría.

El chavismo de Trump

«Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante de los costos de la subsistencia». Así representó el senador vitalicio Rafael Caldera el intento de golpe de Estado contra el Gobierno de Carlos Andrés Pérez, dirigido por el teniente coronel Hugo Chávez el 4 de febrero de 1992. Caldera fue el primer presidente de oposición elegido en Venezuela en el turbulento 1968. Pérez lo sustituyó seis años después, y en 1989 ocupó de nuevo el cargo. En ese intersticio incubó el chavismo y la revolución bolivariana.

Apenas iniciado en su segundo mandato, Pérez aplicó medidas de choque para afrontar la crisis económica derivada del desplome de los precios del petróleo —aumento a las gasolinas, al transporte colectivo y a los servicios públicos—, lo cual dio origen al Caracazo. Diez días de disturbios y saqueos se vivieron en las principales ciudades del país entre el 27 de febrero y el 8 de marzo de 1989. La cifra de muertos varía según la fuente. La policía reportó menos de 300; y algunas ONG hasta 3,000. El Gobierno declaró toque de queda para controlar la situación. Fue el principio del fin de la carrera política de Pérez, cuya popularidad entró en barrena.

Crítico de las políticas neoliberales y del derroche gubernamental —«No se puede pedir sacrificio al pueblo si no se da ejemplo de austeridad»—, Caldera votó en contra de la suspensión de garantías. El 4 de febrero de 1992, Chávez intentó derrocar a Pérez. Frente a la reacción del Gobierno y la defensa internacional, Caldera respondió en el Senado con su mejor retórica: «No es la repetición de los mismos discursos que hace 30 años se pronunciaban cada vez que ocurría algún levantamiento lo que responde a la preocupación popular. (…) El golpe militar es censurable y condenable en toda forma, pero sería ingenuo pensar que se trata solamente de una aventura de unos cuantos ambiciosos que por su cuenta se lanzaron con precipitación y sin darse cuenta de aquello en lo que se estaban metiendo».

Los jefes de Estado de los países ricos que llamaron al presidente Pérez para solidarizarse en defensa de la democracia —dijo— deben entender que «la democracia no puede existir si los pueblos no comen». El resto es historia: Hugo Chávez fue encarcelado, y a Pérez se le destituyó en 1993 por malversación de fondos. Ese mismo año, Caldera volvió a ganar la presidencia. Una de sus primeras decisiones consistió en conceder el sobreseimiento a Chávez, de quien había sido padrino en la Academia Militar. Después se arrepintió, escribió en El Universal de Caracas (ABC, 26.12.20).

Chávez entendió la máxima lincolniana según la cual «Una papeleta de voto es más fuerte que una bala de fusil». En 1998 se postuló para la presidencia, ganó por un margen amplio y sustituyó a Caldera. El chavismo, como antes el peronismo y después el trumpismo, asentó sus reales sin la intención de marcharse. Chávez pasó dos años preso por el golpe fallido contra Carlos Andrés Pérez. Trump salió indemne del asalto al Capitolio, cometido el 6 de enero de 2021 por simpatizantes suyos, para impedir la certificación de la victoria de Joe Biden. Cuatro años después, volvió a ser entronizado. El militar y el magnate resultaron ser, al final, caras de la misma moneda: una con boina y otra con gorra. Las dos, rojas.

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