Liderazgos débiles

Desde hace mucho tiempo y desde esta misma tribuna periodística, me he negado por sistema a aceptar y, menos aún, a legitimar todo discurso proveniente de un político que, aunque use al pueblo como centro de su diatriba, termina por marginarlo al utilizarlo sólo para su beneficio personal. Todo discurso fraguado de esa manera contamina la atmósfera con su timbre de falsedad.

Por eso en mi vida personal desde hace mucho tiempo también, doy prioridad a los resultados de una buena conversación lo mismo con gente de jerarquía intelectual probada que con gente del pueblo, cuya calidad para pensar está fuera de toda duda.

En estos últimos hay historias de vida. Hay una especie de «cientificidad» más genuina que aquélla que rasguñan las plumas de los periodistas o de los más grandes escritores. Percibo en esas conversaciones una corriente de aire fresco y cristalino en torno a las reflexiones de los asuntos cotidianos.

Mi memoria, todavía firme, me trae desde una juventud ya lejana al lado de mi padre, en aquel entonces juez en San Juan del Cohetero, mi pueblo. Se trataba de un grupo de mujeres. Mujeres de edad reunidas para discutir un proyecto productivo en el campo. Al terminar aquella reunión, la más anciana de ellas, con mucho aplomo le dijo a mi padre: «vamos a echar pa’lante este trabajo. De nosotras brota la vida… y nos rebosa». Poesía pura.

Mi memoria reconstruye con precisión ese recuerdo y me regala la imagen de la mujer: tez café tostado, canas de un pardo blancuzco, surcada su rostro por las arrugas, chupada y reseca, cuerpo enjuto, testimonio irrebatible de largos años de existencia pero que con una voz perfectamente audible en el silencio de la casa ejidal exclamó: «la vida nos rebosa».

Y ante eso el presente se estremece dentro de mí. Porque cuando la vida emerge desde adentro, cuando surge de una larga tradición de pueblo, por supuesto que nos rebosa; es algo sagrado lo que emerge: es la vida y eso es la interpelación más genuina y contundente a la vocación de servicio que debiera tener, y mantener, siempre el político que, retóricamente, dice hacer eso: servir.

Por cierto, la larga tradición de la política mexicana no logra certificar lo anterior. Se lo firmo a quien desee contradecir esta afirmación.

En mi ya larga vida han existido mil y una frustraciones; diferentes unas de las otras y de mayor o menor impacto. Todas ellas, sin embargo, al final resultaron muy saludables.

En la evaluación de cada experiencia he aprendido que cuando la marea picada se calma, cuando la agitación turbulenta del momento se serena, cuando las tensiones que matan se equilibran, la frustración ha venido en mi auxilio liberándome, así, sin más.

Encuentro la explicación en el siguiente hecho: cuando enarbolaba algún proyecto me parecía que éste me pertenecía. Después de un tiempo de trabajo venía la frustración porque el proyecto dejaba de ser mío: pasaba algo mejor: el proyecto debía ser un proyecto de equipo, un proyecto comunitario, un proyecto colectivo, de pertenencia a la sociedad civil.

Y entonces algo ocurría en mi interior. Renacían fuerzas inéditas, semejantes a las de la mujer referida anteriormente: «la vida nos rebosa». Se nos derrama de vitalidad. Y entonces también, en el peladero desolado de mis frustraciones he sentido que siempre ha calentado el sol con una luz irresistiblemente trasparente. Con ello se renueva siempre mi esperanza.

Y mi esperanza para el futuro de este país es que, a pesar de los partidos políticos, pero en particular el que hoy nos gobierna, salga de verdad el sol para que ilumine la penumbra de su trabajo político. Si en verdad resulta así su trabajo ya no será más un discurso vacuo con miras a engañar. Será, por el contrario, el agente que preñe, desde la palabra, la auténtica transformación tan prometida cada mañana desde hace siete años.

Por ahora mi esperanza permanece en una pausa porque lo que veo y escucho en cada acción gubernamental, me decepciona y me frustra. Oigo palabras no arropadas por un lenguaje con sentido de expresión verdadera dirigido al pueblo, sino un discurso retórico, demagógico, sin aproximación a la realidad, que viene a confirmar una vez más la eficacia clientelar en que transforma la política la realidad de un pueblo que no sabe quién es.

Ningún personaje que haya gobernado a este país en su historia como nación independiente, ha sido capaz de formular nuevos conceptos de Estado que permitan abordar cuestiones de fondo en torno a la soberanía, la justicia, la interdependencia global, la inclusión de la sociedad civil en la búsqueda de soluciones viables para problemas cotidianos y dificultades crecientes que debe enfrentar la población: digamos desigualdad, pobreza, falta de recursos, delincuencia organizada, desempleo.

En el caso de nuestro país en el tiempo presente, las instituciones fueron resquebrajadas o, de plano, suprimidas por el impulso de los Gobiernos morenistas porque se sienten amenazados por los contrapesos y las diferencias de percepción de la realidad.

Hoy podemos observar cómo los encargados de gobernar son de una insultante terquedad en la búsqueda los grandes capitales políticos de sufragio a fin de incrementar su poder. Vivimos una crisis de autoridad moral en las instituciones. Por eso está en duda la moral de las entidades gobernantes.

¿Se requiere una transformación? Sí, pero una transformación que supere a las dirigencias y recupere los liderazgos políticos para que se conviertan en la garantía de construcción de un futuro mejor para todos.

Pero en un país sin ideas, improvisado en sus definiciones básicas de gobernabilidad, perdido en una confusión de pensamientos que no encuentran pista segura de aterrizaje, caótico en el murmullo de voces desplegadas para escucharse a sí mismo, no hay maneras.

Las dirigencias de los partidos políticos han hecho sentir que el fin es el poder por el poder mismo y que su única misión en la vida consiste en obtenerlo y luego conservarlo a como dé lugar. Por supuesto es esta una concepción muy primitiva, muy burda.

La gran transformación de la patria sólo se consumará cuando sus liderazgos (no sus dirigencias) se planteen una nueva cultura política basada en normas claras, en prácticas que favorezcan el surgimiento de auténticos agentes de cambio favorables para construir un país de paz, libertad y justicia impulsado por una democracia participativa, no de sufragio, para que no les dé entrada a los sueños de los fantoches que se creen iluminados por los dioses.

Las dirigencias gubernamentales son débiles. Es débil la presidenta, son débiles las dirigencias de los órganos legislativos, es débil el Poder Judicial. Su gusto por el poder los debilita. No necesitamos estas dirigencias, requerimos liderazgos a los que, como la anciana de mi pueblo, la vida los rebose.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.

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