Lo bueno de lo malo

El arribo al poder de Donald Trump en su segunda presidencia representa el cambio más abrupto y trascendente para Estados Unidos. y el mundo desde la segunda guerra mundial. El orden de cosas no será igual después de los cuatro años de Trump en el poder. La renuncia de EE. UU. a su cometido social significa muerte y pérdida en muchos sentidos. También un deterioro de la racionalidad en términos de legalidad, derechos humanos, libertades y coexistencia de la pluralidad y diversidad social. Lo es para la abrumadora mayoría de los norteamericanos y para todos los demás países. Desde luego, el impacto será desigual y está por verse la evolución de los acontecimientos, pero el quiebre ya es realidad.

Lo bueno de lo malo es que el abandono del liderazgo ideológico de los norteamericanos propicia que los Gobiernos de los países deban asumir su responsabilidad en sus propios términos. La desconfianza hacia EE. UU. es insuperable al menos por un buen tiempo, y cada nación o en asociación con otras habrá de cubrir el vacío que deja Norteamérica.

Se trata de un proceso positivo, pero no del todo. El cambio será favorable de suscribirse los valores de civilidad, libertad y democracia que han animado al mundo occidental desde la derrota de los totalitarismos. Sin embargo, no es muy alentador la alianza entre Rusia, China, Corea del Norte y, lamentablemente, India. Rusia y Corea no son potencias económicas, sí militares, además con armas nucleares. India es una democracia, con insuficiencias, pero la hostilidad de Trump los ha llevado a aproximarse a Rusia y a China, su enemigo. Algo semejante ocurre con Brasil, obligado por la absurda hostilidad de Trump a replantear su relación con EE. UU.

Lo bueno de lo bueno de lo malo ocurre con claridad en Europa. Corre a cuenta de ellos defender los valores y principios de la democracia liberal y del libre comercio que EE. UU. había hecho valer hasta antes del arribo de Trump. De alguna manera también para México ha sido positivo, aunque las condiciones de dependencia económica no ofrecen mucho margen para una postura independiente, como pueden asumirlo Brasil y las naciones con relaciones económicas diversificadas. Canadá siempre ha mantenido fuertes lazos políticos, económicos y culturales con Europa, aunque la vecindad, como ocurre con México, crea vínculos estrechos por la vía del comercio y la interacción económica.

Lo más relevante para México es la lucha contra la delincuencia y el crimen organizado. No es una tarea impuesta, sino la necesidad de rescatar al país de la violencia y la amenaza que acompaña ese género de criminalidad. Así lo entendió Claudia Sheinbaum y lo más relevante de su gestión, por mucho, ha sido el abandono de la connivencia que representaban los abrazos no balazos. Cabe decir que la prioridad que el Gobierno de Trump ha concedido a tal lucha robustece la acción de las autoridades en el combate al crimen organizado. Queda claro que el mayor enemigo de México está dentro y la mayor amenaza afuera.

La indagatoria de la FGR contra el Vicealmirante Manuel Roberto Farías y su hermano, el Contralmirante Fernando Farías, acusados de encabezar una red marítima de huachicol fiscal, reviste la mayor importancia y alienta la expectativa de llegar a las últimas consecuencias contra este muy rentable negocio criminal. La acción tiene valor por razones propias y también valida el entendimiento con las autoridades norteamericanas; no es casual que la detención del Vicealmirante Farías haya ocurrido el día previo al encuentro presidencial con Marco Rubio. La acción de las autoridades es el principio de un proceso, falta dar con la importación terrestre y con una amplia estructura de operación y complicidad que podría involucrar a figuras relevantes del Gobierno, empresas e instituciones financieras. Lo que ha trascendido es la corrupción «abajo» y el valor de los sobornos es ridículo respecto a los ingresos ilegales. Las cantidades son abrumadoras y los inculpados hasta ahora no son los líderes ni los jefes del negocio criminal.

Queda claro el error monumental del presidente López Obrador de haber involucrado a las fuerzas armadas en tareas de Gobierno ajenas a su razón de ser. Por lo pronto, el huachicol fiscal demuestra la venalidad en la Marina, la que hasta antes del obradorismo tenía bien ganada su imagen de confiabilidad, lealtad e integridad. Todo apunta a responsabilidades de mayor jerarquía; además, ¿a dónde fueron los miles de millones de pesos asociados al huachicol fiscal? ¿así hubieran actuado las autoridades mexicanas sin la presión de EE. UU.? Lo bueno de lo malo.

Descifrando a Marco Rubio

Descifrar al secretario de Estado, Marco Rubio, da idea de qué realmente quiere Donald Trump. Su escala en México es un capítulo de un proceso de integración de la región a la estrategia de lucha contra el narcotráfico. Cada intervención lleva un hilo conductor en las acciones a implementar y, de paso, hacer valer la hegemonía militar, política y económica. En la perspectiva de Trump no hay socios, sino subordinados y enemigos; cada gobierno decide de qué lado estar. No hay principios ni valores, sólo intereses y, para efectos prácticos, prevalecen los de EE. UU.; aunque abatir al narcotráfico es tarea que a todos convoca.

El objetivo mayor, por el momento, es Nicolás Maduro, desprovisto de legitimidad por mantenerse en el poder contra el voto mayoritario de los venezolanos, además de que el involucramiento de su régimen en el narcotráfico debe estar debidamente sustanciado a partir de la asfixia económica y de su desprecio por los norteamericanos. Pareciera que la ofensiva militar norteamericana es desproporcionada, no es tal si se trata más que de hacer valer la determinación de aplastar al dictador venezolano, llevar a que los demás países de la región se sometan, en sus propios términos, a la lucha de EE. UU. contra el crimen asociado a la producción y comercio de drogas.

Las palabras de Marco Rubio son determinantes. La intervención militar se excluye para quienes colaboran con EE. UU.; después de todo el crimen asociado al narcotráfico es un problema compartido; para México y otros países, aún mayor por su violencia extrema y capacidad de corrupción. Ante lo desolador del panorama las naciones latinoamericanas gradualmente van aceptando la presencia y actuación norteamericana. Lo que se presenta en El Salvador con Nayib Bukele no es una excepción; para muchos, particularmente las élites, es ejemplo a seguir. Los derechos humanos, el debido proceso y la presunción de inocencia son exquisiteces que confunden a las autoridades y alientan a los criminales.

El mensaje implícito (el caso de El Mayo Zambada es precedente), va en el sentido de «actúan ustedes o nosotros lo haremos»; al Gobierno de México, durante mucho tiempo, no sólo la gestión de López Obrador, no le dio por aprehenderlo, que sustanció la sospecha de connivencia. Complacencia, confusión o complicidad, pero se recreó la suspicacia de un implícito entendimiento. La detención reciente de un alto mando de la marina, el vicealmirante Manuel Roberto Farías Laguna, con acreditada influencia en el Gobierno de López Obrador e involucrado en huachicol fiscal es un poderoso mensaje de la presidenta Sheinbaum en su determinación por llevar esa lucha hasta sus últimas consecuencias.

En interés de los propios países se debe combatir al crimen organizado; en abono al Gobierno de Sheinbaum, el giro en seguridad antecede el arribo a Trump. En ese empeño el apoyo y coordinación con las autoridades norteamericanas es crucial; en eso están juntos. La diferencia está en los medios para emprender la batalla porque una acción exclusivamente punitiva es insuficiente y contraproducente. Como tal, al menos para el país lo más destacable del comunicado de EE. UU. y México, que pareciera ignorado por los observadores del tema y por la divulgación oficial, es lo referente a la necesidad de combatir las adicciones; el problema no es solo criminal, es también de salud pública. Por cierto, una postura suscrita y promovida por el doctor de la Fuente, antes de su tránsito al obradorismo a partir de sus inobjetables credenciales médicas.

Lo dicho por el secretario Rubio en su gira muestra que el Gobierno de EE. UU. tiene definidos los objetivos, y es preferible que el combate en territorio lo hagan los respectivos Gobiernos bajo un mecanismo de coordinación compartido, pero sujeto a la perspectiva norteamericana, porque la colaboración en materia de seguridad no es entre iguales. Trump es impredecible por la pretensión de ganar prestigio y credibilidad cuando su Gobierno naufraga en la incompetencia, un creciente repudio y una derrota que se perfila para la elección de noviembre del próximo año.

Que sea el secretario de Estado el articulador del entendimiento regional en lucha contra el crimen organizado para la región plantea no sólo una mejor cara, actitud y conocimiento por los antecedentes de Marco Rubio, también que sea una instancia diplomática de cordialidad la que teje la estrategia, como quedó claro en su trato con los Gobiernos objeto de los encuentros.

Empero, no hay espacio a la ingenuidad. Prevalecen los intereses, la perspectiva y la estrategia de EE. UU. Como nunca, la intransigencia, el militarismo y la soberbia gobiernan Estados Unidos.

Autor invitado.

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