Los escenarios del alma

La relectura de la oferta de recintos coahuilenses muestra una expansión desigual y recortes en la inversión pública. También presenta un auge de espacios alternativos frente a la necesidad de fortalecer la infraestructura artística estatal

Al encontrarme frente a la primera edición de este libro que salió a la luz pública en el año 2015, por iniciativa de la Secretaría de Cultura de Coahuila, bajo el cuidado de Ediciones Quintanilla, me resuenan las referencias arquitectónicas y me trasladan a la nostalgia, estos rincones de los espacios en donde he tenido la oportunidad de trabajar o de disfrutar alguna actividad artística y cultural, donde me he encontrado con colegas, donde se ha defendido el derecho al acceso a la cultura, donde se ha convertido en un cómplice mudo en la creación, donde —sin duda— se ha crecido en el arte.

El recuento de los recintos culturales, teatros y museos que en aquel entonces se enlistaba, bajo la óptica rigurosa de Lucía Sánchez y de Arturo Villarreal, se ven enmarcadas por las luces y sombras de la lente precisa de Germán Siller. Un libro de gran factura que surge de una serie de ediciones sobre el quehacer cultural y artístico de nuestro estado.

Al transitar por sus bellas páginas, se da cuenta de que el potencial de los recintos dedicados se concentra principalmente en tres grandes ciudades (Saltillo, Torreón y Monclova) y que se dispersan —en menor medida— al resto de los municipios.

Al anterior hecho, viene otro dato que hace reflexionar sobre la infraestructura cultural: se ha dejado de hacer o de mantener un acervo que debe incrementarse a la par del crecimiento del gremio artístico, de la demanda de la población y, sobre todo, frente al aumento de alternativas tecnológicas y sociales que poco a poco desplazan el entretenimiento y/o consumo del arte. Es en la década de los 90 y la primera década del presente siglo donde se despliega un favorable crecimiento de recintos, teatros y museos, tanto gubernamentales como privados, que han consolidado un trabajo permanente y continuo de atención a la población en general y de la comunidad artística y cultural en específico.

Sin embargo, desde hace una década, se ha dejado a un lado —por parte de la autoridad gubernamental— la atención a la inversión de nuevos espacios y/o su acondicionamiento, tan es así que desde el 2016 a la fecha, el famoso capítulo 6000 del presupuesto de la secretaría estatal del ramo ha sido en permanente cero pesos para la inversión pública. Aunado a ello, se agrega la lamentable desaparición de espacios como el Cine Teatro Palacio, el Centro Cultural Universitario y la Galería del Icocult en Saltillo y el Teatro Obrero en Monclova; o la entrega de espacios a otras instancias como fueron los teatros de la Ciudad de Monclova o Piedras Negras, el entonces llamado Teatro Salvador Novo de Torreón y recientemente el Teatro de la Ciudad Fernando Soler.

Esta dinámica ha propiciado que la comunidad artística se integre en la apertura de foros y espacios dedicados principalmente a la escena, surgiendo espacios y centros culturales que han llenado, poco a poco, este vacío de políticas públicas en cuanto a la infraestructura y programas sólidos al fomento del arte y creación de públicos. Aunque existe una gran diversidad de lugares no convencionales, escenarios y recintos que tradicionalmente han servido como escaparate de las artes escénicas, estas carecen de un adecuado equipo luminotécnico y de condiciones propicias para un mejor disfrute de las presentaciones y actividades realizadas. Como referencia, se encuentra en estudio el censo de más de 60 espacios solamente en la capital coahuilense, en las que convergen foros con estas características.

Cada vez, se ha «ganado» el reconocimiento a los artistas en la presencia de la nomenclatura de los recintos culturales. Se ve con regocijo los nombres de Raúl Flores Canelo (a petición expresa de la Asociación Cultural Rodas AC) en el principal Teatro de la Ciudad de Monclova, el de Nancy Cárdenas en la Casa de la Cultura de Parras, la distinción al actor y director Ozcar Castañeda en el Teatro de Cámara de la Casa de la Cultura de Saltillo, el del promotor cultural Alfonso Garibay en el antes llamado Teatro Mayrán, el músico y literato Manuel Neira Barragán en la Casa de la Cultura de San Buenaventura o el de los propios actores Fernando Soler en el máximo recinto saltillense y su Teatro de Cámara Jesús Valdés. Estos nombres sobresalen por su labor artística frente a los instituidos a personalidades que meramente su quehacer ha sido en lo político o por su encomienda en el Gobierno en turno: Evaristo Pérez Arreola, Eulalio Gutiérrez, Braulio Fernández Aguirre, José R. Mijares u Otilio González (aunque este último, aparte de ser diputado federal, llegó a realizar poemas en su vida). Existen recintos que, por su naturaleza privada o donación, llevan el nombre de su apoderado o donante: Museo Biblioteca Pape, Recinto Aurora Morales, Sala Carmen Aguirre de Fuentes, Museo Américo De la Cruz Apolinar, Teatro Garnica o la Casa de la Cultura Carmelita Elizondo de Ancira, entre otros.

Caso similar pasa en el mundo museístico en Coahuila, en el lejano 1975 con la incursión en el mapa del complejo cultural Museo Biblioteca Pape; posteriormente entre los años de 1990 y 2010 se incorporan museos gubernamentales y privados, de muy variadas temáticas y extensiones.

Cabe señalar que, atendiendo la definición de museo de parte del Consejo Internacional de Museos, cuerpo consultivo asociado a la UNESCO, este refiere que debe contemplar cinco funciones básicas: investigar, adquirir (coleccionar), conservar, comunicar y exhibir. Claramente, estas funciones deben de estar orientadas a tres fines o misiones: estudio, educación y deleite, por ser el museo considerado como una institución al servicio de la sociedad y de su desarrollo.

En este recuento de museos en Coahuila, vemos que no todos cumplen con los estándares de las funciones que como tal deben de tener y solo se autonombran siendo meramente galerías que cumplen en específico la función de exhibir o comunicar, sin realizar las otras funciones inherentes de un museo. Empero, su aporte no deja de ser valioso porque, muchos de ellos, vienen de la iniciativa privada o de la sociedad, interesados en el tema, a coadyuvar y dar su aporte al contar con un espacio para el montaje y exhibición de su colección particular.

Valdrá la pena seguir con esta capitulación de Los escenarios del alma, contemplar los ejes transversales de las demandas, políticas y situaciones que enmarcan el contexto actual en el uso y oferta que la comunidad artística y de promotores culturales. Se agradece el enorme esfuerzo en este primer paso que se da en la edición del 2015, pero que, a la distancia de una década, las mecánicas de las sociedades y del Gobierno cada vez se aceleran en su crecimiento e intereses, por lo que aportan un insumo informático, mismo que nos hace comprender la actualidad, y con ello reforzar lo que ya tenemos construido.

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