Los muertos desconocidos

«Entre el lodazal y el campo de arroz, doce cuerpos. Uno de los rostros parece besar la tierra torpemente. ¿Qué, si torpe no, el gesto de la muerte? Una espalda con una mano Picasso, un pie desnudo geométricamente antagónico a la cara. Erosión del paisaje por el fósforo: la luz produjo esta tiniebla sorda. A espaldas de los tres soldados norteamericanos que hablan y fuman, se eleva el humo de la aldea arrasada.

«Mientras otros dos vigilan a un hombre semidesnudo, cuatro soldados introducen al campesino en una enorme olla de barro. Debe estar llena de agua. Se adivina un pataleo. Las manos están amarradas a la espalda. Podemos pensar en una mueca quebrada y luego blanda por el estertor de la muerte.

«Ocho hileras de alambre de púas enmarcan este rostro agrio. El cañón del fusil apunta al ojo de una mujer, fuera de encuadre. Dos dedos entran de súbito en un ángulo de la fotografía. Tres ancianos silenciosamente lloran —dos veces silenciosos en esta imagen terca y detenida— junto a una barraca. Atrás, sentados, muchos cuerpos humanos, quietos.

«Cómo será posible tolerar hospitales ellos mismos enfermos, puentes de rodillas quebradas, camiones con el tórax aplastado, esa loma hecha estanque de humo con sólo dos árboles temblorosos aún bajo el aire sórdido y el fuego. ¿Recuerdas al bonzo convertido en jacaranda seca? ¿A la niña desnuda que corría —¿a dónde, así, quemada, aullante?— por la carretera? Toda ella una lágrima. ¿Recuerdas aquella foto donde un soldado reía con dos cabezas, aún húmedas en su mano derecha? ¿Aquella otra donde está a punto de ser abierto el vientre vivo del campesino?

«Este es el siglo XX, el siglo oscuro en que se mata pelotones enteros arrojándolos a las calderas de las locomotoras, el siglo en que se asesina al prisionero limpiamente, con el refinamiento de la cirugía: ¿supiste cómo la sangre fue aún útil para los heridos? La aguja hipodérmica se introdujo en la vena hasta el desgarramiento, hasta que el corazón se contrajo y dejó en cada cuerpo unos cuantos decilitros de sangre».

La larga cita que abre mi colaboración de hoy corresponde al poema No son sólo fotos (homenaje a Ho Chi-Minh), gran poema de Jaime Labastida quien, en su momento, nos dio a conocer su percepción en torno a la intervención militar de Estados Unidos en Viet Nam. El texto se ha trabajo en prosa, pero sin que se haya alterado lo sustancial de su contenido

El poema es una contundente crítica desde el arte y desde la ciudadanía de un mexicano que se sabe universal a los horrores que significa que la maldad, expresada como violencia, se instale en el seno de cualquier sociedad invocando un pretexto cualquiera.

La historia de la guerra de Viet Nam la conocemos bien y el juicio de la historia también, aunque se siga esperando el juicio de los tribunales para hacerle justicia al pueblo vietnamita.

El poema muestra la crudeza de una violencia ejercida por un poder superior sobre sobre grupos vulnerables y lo poco, o nada, que éstos pueden hacer frente a esas entidades ebrias de poder político, económico y militar, quedando sólo el tamaño de la impunidad que se hace más grande por dejar fuera de la historia a esos seres colgándoles la etiqueta de anónimos. Es decir, nada.

Traigo a cuento el texto de Jaime Labastida, porque siempre he sostenido que la literatura se adelanta a toda acción de realidad política, pero a diferencia de ésta, el arte lo hace con la noción de certeza y de verdad. Abordando un evento del pasado de alguna manera el poeta prefigura en este texto lo que ocurre en el presente mexicano.

Eso mismo que le pasaba al pueblo vietnamita frente al poder político, militar y económico de los Estados Unidos, representado allá por sus soldados, es lo mismo que le pasa al pueblo mexicano. Masacres, fosas clandestinas, colgados en los puentes, ranchos de exterminio, desaparecidos… constituyen una cadena de horror que no podemos siquiera imaginar creando escenarios de incertidumbre difíciles de superar.

A todos los muertos de México, como a los de Viet Nam, nadie les ha hecho justicia. Los Gobiernos de la Cuarta Transformación han preferido aferrarse a la narrativa de la culpabilidad de Calderón, de los gobiernos neoliberales y los opositores. Eso es muy fácil para consolidar las narrativas, pero totalmente inoperante para enfrentar la realidad que nos circunda.

Como antes lo hizo el expresidente Andrés Manuel López Obrador, la presidenta Claudia Sheinbaum, así como los poderes legislativos, el partido Morena y ahora el nuevo Poder Judicial, prefieren ignorar la contundencia de esa realidad priorizando, en cambio, otros temas que quizá podrían dejarse que sigan su curso de atención normal, para ocuparse de lo que realmente es urgente prioridad.

Porque pareciera, más bien, cortinas de humo, distractores obscenos, el hecho de poner en escena a Peña Nieto porque no les funcionó su enfrentamiento con Zedillo. Parece un distractor la denuncia contra el gobernador de Guanajuato por la casa rosa si antes no atendieron la casa gris de uno de los hijos de Obrador. Distractor es el chocolate bienestar y las críticas que ha recibido y la presidenta las asume como críticas a su persona. Cortina de humo es su pleito con el empresario Salinas por sus expresiones machistas. Nube es el reclamo del gobierno mexicano por no detener al boxeador Chávez Jr., si las autoridades fueron incapaces de cumplir la orden de detención generada hace tres años…

Bueno, no es que todo eso debe dejarse de lado. Naturalmente tiene que atenderse, pero eso lo pueden hacer las instancias correspondientes sin necesidad de que jueguen el papel de máscara para ocultar otras cosas. Creo.

Porque toda esa violencia apocalíptica tratada sólo como enfrentamientos entre grupos criminales contrarios, es una visión reduccionista de un problema que requiere la prioridad de políticas públicas que formen parte de una visión de Estado que promueva, de a deveras, el bienestar.

Me cuesta mucho trabajo entender que tanta mortandad sea producto de enfrentamientos entre criminales que, por cierto, el Estado no ha podido combatir. Y en ese costarme tanto trabajo pensarlo, así como me lo propone el gobierno, de tal suerte que me veo obligado a preguntarme si no será una estrategia bien planeada por las élites de poder (incluido el gobierno) para hacer una limpieza étnica sin cargo para el Estado.

Bueno, es sólo una intención de cuestionamiento. Lo cierto es que los muertos están ahí, desconocidos y anónimos. ¿Quién les hará justicia?

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.

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