Faltan 41 días para el Mundial 2026
Relatos mundialistas: 70-86-94 (… y 2026)
A Andrés y Édgar: el A-vispero
La ruleta continúa su traqueteo. Toca, ahora, cuando la gran víspera ya huele tierra a la vista —y algunas siluetas saludan en lontananza—… acudir al primer antecedente que dará esta Copa del Mundo.
Y no hubo que excavar tanto. El primer episodio saltó a la vista apenas en el grupo A… —¿otra vez?—. Este año, el México-Sudáfrica podrá convertirse en inaugural choque clásico, o por lo menos en una peculiar rivalidad de proporciones bilaterales. Con ida y vuelta. El 11 de junio en el Estadio Azteca —cerca de las tres de la tarde— concluirá la saga. Ahora en coordenadas atlánticas opuestas. Y hemisféricas, también. Un calendario hecho de espejo.
DIECISÉIS AÑOS
11 de junio. Pero ahora es Johannesburgo. Y es 2010: había que elegir entre los vampiros crepusculares o la faceta más mafufa de Christopher Nolan y los sueños encapsulados de Inception. Vamos al renovado —y expandido— Soccer City, en los suburbios de la ciudad más próspera de aquel país. Y con 85 mil quinientos espectadores.
Fue allá, en la punta meridional africana donde iba a arrancar el décimo noveno Mundial de la historia. Y el primero —hasta 2030— en aquel continente.
BRUJERÍA ¿INCONCLUSA?
El relato es un safari cruento. Sudáfrica y México se troncharon a balón frío. En el césped inaugural, los de Javier Aguirre —otro paralelismo… al 26— sembraban futbol tajante que no quiso cuajar. Pero los locales de Carlos Parreira —sí, aquel carioca de nacencia que tetracampeonó a Brasil en 94, con ayuda de un triste italiano— hacían cierto embrujo y alteraron los planes.
Aquel Giovani Dos Santos —con 21 años y prestado a la liga turca— derrochó enfoque, sabía afinar encuadres, pero careció de puntería. El Guille Franco tuvo el gol, pero una especie de vaporosa nigromancia swazi reforzó el antebrazo de un centinela en meta llamado Itumeleng Khune. Jugaba en los glamorosos Chiefs de la liga local, y en esa misma ciudad.
Por todo el primer capítulo, México quiso extraer —con aguzado olfato, eso sí— todo el oro y el diamante que yacía en el subsuelo sudafricano. Pero la fiebre joyera fue alta; los ceros de la pizarra, celosos; y el Western no cabalga bien en las pantallas de África. Cuando la garganta del huey tlatoani por fin había explotado en anuncio de júbilo, un árbitro uzbeko de apellido Irmatov calibró la pupila y reparó en lo imposible. Fuera de lugar y el canto apuntó a Chac Mool para —mejor— implosionar.
Cuando la cancha cambió de lado, el dominio del colectivo con experimental camiseta (al Son de la) negra se vaticinaba. Pero un exorcismo zulú terminó con la posesión abrasiva que ya latigueaba México. El trallazo fulminante de un tal Siphiwe Tshabalala —de aquellos mismos Chiefs del arquero— puso las aspiraciones tenochcas en dialecto tswana. Los Bafana Bafana ya saboreaban su segunda victoria de un Mundial. Ese 1 a 0 sonaba al sablazo con que arremetieron en 2002 a Eslovenia, allá en Daegu, al sur-surcoreano. Así igual de azaroso.
Ahí estalló el caos. El safari entró en subversión de ruta. Un desfile salvaje pobló el viento de Johannesburgo con alaridos de fiera. Ese leopardo pinto con la escuela de Parreira trotaba con petulancia. Y, entonces, el jaguar lacandón de El Vasco pareció erizar su pelaje.
Ese Andrés Guardado —ya figura del gallego Depor La Coruña— coreografió un teatro tan correctivo y colectivo para prender la mecha de un mortero. Y fue como siempre: Rafa. El capitán Márquez —vertebral zaguero de aquel Barcelona de Guardiola, de Messi…— se atiborró de oxígeno, exhaló entrañas temblorosas, y con firmeza urgente, rubricó el empate como si fuera un 9 puntal. La hiena espumeó un aspaviento y el coyote del llano calló al Soccer City, socarrón, y sin dejar de aullar portería arriba.
Quedó escrito en la bitácora de aquella primera entrega del Mundial 2010 cómo un antílope supo desbocar la zaga mexicana. Y también que la culminación de la guerra de los Bóers se frustró… se estrelló en un poste. No se sabe si era un sapo o una pata de araña, pero al brujo le faltó arrojar un ingrediente en el caldero. Dicen que esa portería todavía tiembla.
Los grupos A siempre tendrán algo así. En poco más de un mes conoceremos la segunda y ¿definitiva? crónica. Ahora en los anfiteatros de Tlalpan. Ya se siente. ¿No?
