Marx

Fue un 14 de marzo, creo que eran casi las tres de la tarde, cuando Karl Heinrich Marx se fue a otro lado. Para mí, dejó de pensar, quizá el más grande pensador de nuestros días. Suavemente en su sillón, se quedó dormido, pero para siempre.

Quizá, las personas pensarán en los casos de la Unión Soviética, Angola o Cuba y gritarán, ¡esto no es para mí, gracias! Marx se equivocó en muchas cosas, pero defendió otras tantas y predijo algunas, que lejos de la historia, la realidad lo hace más que vigente.

Lo que en el concepto marxista se llama proletariado; resulta imposible calcular lo que el proletariado militante de Europa y América y la ciencia histórica han perdido con este hombre. Con muecas pero se ha dejado sentir en la historia y en la práctica la muerte de esta figura gigantesca.

Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: este hecho —que parece ser tan sencillo—, pero oculto bajo la maleza ideológica, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc.

Es por cuanto que, la producción de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la fase económica de desarrollo de un pueblo o una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las instituciones jurídicas —a mi pesar—, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés, como hasta entonces se ha venido haciendo.

Por otra parte, Marx descubrió también la ley específica que mueve el actual modo de producción capitalista y la sociedad burguesa creada por él. El descubrimiento de la tan nombrada «plusvalía» iluminó de pronto estos problemas, mientras que otras investigaciones, tanto las de los economistas burgueses como las de los críticos socialistas, vagaban en las tinieblas.

Creo que tan solo estos dos descubrimientos, bastan para más que una vida. Quien tenga la audacia de hacer tan sólo un descubrimiento así, ya puede considerarse feliz o pleno. Pero no hubo un sólo campo que Marx no sometiese a investigación —y éstos campos fueron muchos—, no se limitó a tocar de pasada ni uno sólo (incluyendo las matemáticas), en la que no hiciese descubrimientos originales.

Sin presunción, eso era ser un hombre de ciencia. Pero esto no era, ni con mucho, la mitad de Marx. Para él, la ciencia era una fuerza histórica motriz, una fuerza revolucionaria. Por puro que fuese el gozo que deparara un nuevo descubrimiento hecho en cualquier ciencia teórica y cuya aplicación práctica, tal vez no podía preverse en modo alguno, era muy otro el goce que experimentaba cuando se trataba de un descubrimiento que ejercía inmediatamente una influencia revolucionaria en la industria y en el desarrollo histórico en general. Por ejemplo, resulta el hecho que seguía al detalle la marcha de los descubrimientos realizados en el campo de la electricidad, hasta los de Marcel Deprez en los últimos tiempos.

Marx, ante todo, era un revolucionario. Cooperar, de este o del otro modo, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno, a quién él había infundido por primera vez la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones de su emancipación: tal era la verdadera misión de su vida.

Lucha era su talante. Y luchó con una pasión, con tenacidad y un éxito como pocos. Para ello, utilizó medios de difusión como la primera Gaceta del Rin en el año de 1842; Vorwärts de París en 1844; la Gaceta Alemana de Bruselas en 1847; la nueva Gaceta del Rin, del año 1848 a 1849; hasta el New York Tribune de 1852 a 1861. Además de todo lo que hay que añadir como sus montones de folletos de lucha, y el trabajo en las organizaciones de París, Bruselas y Londres, hasta que, por último, nació como remate de todo, la gran Asociación Internacional de Trabajadores, que fue, en verdad, una obra de la que su autor podía estar orgulloso.

Marx fue —y es—, el hombre más odiado y más calumniado. Los gobiernos, lo mismo los absolutistas que los republicanos, le expulsaban. Los burgueses, los conservadores y los ultrademócratas, competían a lanzar difamaciones contra él. Marx apartaba todo esto a un lado como si fueran telas de araña, no hacía caso de ello; sólo contestaba cuando la necesidad imperiosa lo exigía.

Para mí, murió venerado, querido, llorado por millones de obreros de la causa revolucionaria, como él, diseminados por toda Europa y América, desde la minas de Siberia hasta las de Américo. Sin sonar religioso, su nombre vivirá a través de los siglos, y con él su obra.

Aguascalientes, 1982. Cursó sus estudios de Licenciatura en Derecho en la Universidad Autónoma de Coahuila, posteriormente hizo sus estudios de maestría en Gobierno y Gestión Pública en la Universidad Complutense de Madrid. Labora en la administración pública estatal desde el año 2005. Es maestro de Teoría Política en la Facultad de Economía de la UA de C desde el año 2009. Ha sido observador electoral de la Organización de los Estados Americanos en misiones para Sudamérica, en la que participa como miembro de observadores para temas electorales.

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