Las buenas costumbres, y no la fuerza, son las columnas de las leyes;
y el ejercicio de la justicia es el ejercicio de la libertad.
Simón Bolívar, el Libertador
Cada 12 de julio, México conmemora el Día del Abogado. La fecha, más allá de la celebración y de las felicitaciones circunstanciales, debería servir como una oportunidad para reflexionar sobre el sentido de una de las profesiones más antiguas y, al mismo tiempo, sobre el deber ser de quienes hemos elegido al Derecho como forma de vida.
Desde una perspectiva axiológica, el derecho se encuentra necesariamente vinculado con valores que le dan sentido: la justicia, la libertad, la igualdad, la seguridad jurídica y la dignidad humana. Las normas pueden establecer lo permitido y lo prohibido; pero corresponde a quienes las interpretan y aplican, comprender que detrás de ellas existe una aspiración superior: hacer posible la convivencia entre las personas bajo un orden que limite la fuerza y privilegie la razón. Quizá ahí se encuentre la verdadera dimensión de la profesión.
El abogado no debería ser únicamente un técnico de la ley, sino un profesional capaz de comprender la realidad sobre la cual esa ley pretende actuar. Conocer un ordenamiento jurídico es indispensable; entender sus razones, sus límites y sus consecuencias es todavía más importante. Por ello, el ejercicio del derecho nunca ha estado —ni debería estar— limitado a la defensa ante los tribunales.
Se ejerce la abogacía cuando se representa a quien necesita defender un derecho, pero también cuando desde la administración pública se construyen instituciones y políticas que buscan resolver los problemas de una comunidad. Se ejerce cuando se imparte justicia, cuando se investiga un delito y cuando se garantiza una defensa; pero también cuando desde una universidad se forma a una nueva generación de juristas, cuando se investiga, se escribe, se comparte el conocimiento o se participa en la creación de mejores leyes.
Existen muchas maneras de ejercer el derecho porque existen muchas maneras de servir a la sociedad desde él. Entender que el conocimiento jurídico no constituye solamente una herramienta profesional, sino también un compromiso social; y precisamente porque la sociedad nunca permanece inmóvil, el abogado tampoco puede permitirse dejar de estudiar.
Quien decide dedicarse al derecho elige, en cierta forma, una profesión que nunca termina de aprenderse. La obtención de un título universitario no puede significar el final de la formación de un abogado, sino apenas el comienzo de una trayectoria intelectual que debería acompañarlo durante toda su vida. La especialización es necesaria, pero también lo es conservar una formación amplia.
El derecho necesita dialogar con la historia, la filosofía, la economía, la sociología y las demás disciplinas que permiten comprender la complejidad de las relaciones humanas. Un abogado que conoce únicamente la norma, corre el riesgo de conocer la respuesta jurídica sin comprender completamente el problema. La formación permanente no debe entenderse únicamente como la acumulación de grados académicos. También implica leer, cuestionar, investigar, escribir, enseñar y compartir el conocimiento adquirido.
Quien ha tenido la oportunidad de aprender, también adquiere la responsabilidad de transmitir. El estudio del derecho no puede convertirse en un conocimiento encerrado entre especialistas. El derecho existe para la sociedad; por ello, la justicia no puede limitarse a ser una aspiración escrita en los libros. Debe traducirse en instituciones que funcionen, procedimientos que resuelvan y profesionales conscientes.
Celebrar el Día del Abogado debe ser, algo más que reconocer una profesión. El lugar desde donde se ejerce puede cambiar… lo que no debería cambiar es la convicción de que el conocimiento del derecho implica siempre una responsabilidad frente a los demás.
Cada 12 de julio vale la pena recordarlo.
