Dada la manera tan peculiar como gobierna Morena, siempre hay tema para comentar. Pero hoy no hablaré de las lindezas con que suele coronar los asuntos de su agenda, salpicados todos de desaciertos, desaseos, ineptitudes y, las más de las veces, cargados de mala entraña, «con ganas de fregar», como diría mi tía Beba, la sabia.
Hoy no hablaré de la crisis de Sinaloa que reafirma, y confirma, los nexos de los políticos mexicanos de Morena con el narco que envenena la vida ciudadana en este país. Las acusaciones gringas que vinculan a destacados personajes sinaloenses morenistas con los cárteles regionales y por eso son requeridos en Estados Unidos son una dura prueba para el Gobierno mexicano que hoy ya no cuenta con instituciones que fortalezcan una actuación transparente en este delicado asunto. Pero de eso no hablaré hoy.
Tampoco lo haré en torno a la crisis de Chihuahua por los agentes de la CIA operando en México fuera de cualquier tratado firmado entre las dos naciones vecinas. No me detendré en abordar las intenciones de linchamiento político con el que amagaron los morenistas a la gobernadora chihuahuense; linchamiento al que se sumó la presidenta y del cual salió, por cierto, muy mal parada al evidenciar que es una mandataria que nunca está enterada de nada.
Por hoy también quiero dejar pasar la violencia y las desapariciones forzosas que tantos problemas le causa a este país frente a la ONU. No hablaré de eso, aunque la violencia y las desapariciones continúen con tal evidencia que sólo la administración Sheinbaum no ve y indiferencia acentúa el drama de las víctimas y los entornos donde ocurre este fenómeno tan indeseable para la estabilidad social.
Por hoy tampoco está en mi ámbito de interés hablar del programa Salud Universal porque, aunque parece una extraordinaria idea, en realidad terminará de colapsar el sistema de salud debido a que, en la práctica, no hay manera de garantizar su éxito. Recuérdese lo ocurrido durante la pandemia de COVID cuando el sistema sanitario del país no pudo soportar la magnitud de la enfermedad.
Desisto de hablar de educación, de crecimiento económico, de seguridad pública, de los desastres ecológicos provocados por Pemex, de las mentiras sostenidas a diario por los políticos que gobiernan este país. Desisto de hablar de todos esos mecanismos ruines que el Gobierno adopta para sostener su agenda política, siempre en beneficio de sus intereses de grupo.
No, hoy hablaré de otras formas de maldad y podredumbre que alimentan y sostienen a la presente administración.
Es ruin este Gobierno. Es mezquino. Lo digo, además de las otras cosas por lo que podría afirmar lo mismo, por el inmenso silencio que decidieron guardar ante la grandeza del Premio Cervantes otorgado a finales de 2025 a Gonzalo Celorio y recibido hace apenas unos días, solo porque no forma parte del coro que entona melodías de elogio, simpatía y adhesión al grupo gobernante. Y no es que el escritor ostente un discurso beligerante en contra de la 4T pues se mantiene apenas en una discreta distancia, pero donde se nota su discrepancia. Solo eso. Ese silencio es un burdo intento de suprimir todo aquello que no contribuya políticamente a engrandecer el poder gubernamental
Volvamos al asunto. El Premio Cervantes no es una corona de laurel menor. Equivale a Nobel en lengua española y se le otorga a una trayectoria destacada de las letras fincada en una literatura de contundente valor, sólida en el manejo de las estructuras del lenguaje, propositiva por los umbrales que abre al conocimiento, la valoración, el descubrimiento y la comprensión de toda la dimensión de lo humano.
Para quien es merecedor de esta distinción constituye un honor recibirla; es la consagración de un ejercicio cifrado en la escritura y en el conocimiento profundo de la lengua española. Es alcanzar la cúspide de una carrera artística que ha durado toda la vida. Pero honor y cúspide lo es también para la patria de donde procede el o la galardonada.
Por supuesto que es un honor para los mexicanos que un escritor de este país haya sido premiado con el más alto galardón de las letras españolas; es la reafirmación del reconocimiento de una cultura que todos los días lucha por consolidar sus valores, su sello de identidad y alcanzar la certeza de que se posee un rostro propio, único e irrepetible; de que se está en la historia precisamente porque se está ahí, experimentando la vida y proyectando todos los constitutivos de una existencia en donde el ser humano es en toda su expresión.
En buena medida el Premio Cervantes representa la memoria histórica de una lengua rica en matices y soporte vital para el pensamiento de las sociedades que se expresan en español. Celorio es hoy la cumbre de esas certezas y cuyos méritos han sido olímpicamente ignorados por el Gobierno mexicano.
El desdén en que ha incurrido la Secretaría de Cultura federal, buena parte de la intelectualidad mexicana y toda la plana gobernante de este país ha sido de una mezquindad tal que los refleja bien. Las luces que resplandecen a partir de la obra literaria de Celorio iluminan el cosmos entero en oposición a la oscura y ruin actitud del Gobierno de la cuarta transformación.
El no reconocimiento de este gran logro de un mexicano deja muy mal parado al Gobierno. Es una afirmación de su desprecio por el arte, por la cultura y, sobre todo, por la rigurosidad de un pensamiento claro, transparente y sonoro de alguien que no se deja llevar por la retórica de los políticos que gobiernan este país.
Son, sin lugar a dudas, unos mezquinos. La historia les demandará este agravio que hoy se le hace al gran hombre de letras como es Gonzalo Celorio. Por cierto, y dicho sea como un mero dato estadístico, otros siete grandes escritores mexicanos también han recibido el Premio Cervantes, como un reconocimiento a su grandeza literaria y al liderazgo del arte mexicano en el mundo.
Ojalá eso pudiéramos decir del Gobierno de México cuya pequeñez se hace evidente en su mezquindad.
