¿De qué se ríe, señor ministro?
¿De qué se ríe?
Mario Benedetti
Los políticos mexicanos sienten una fascinación irresistible por el poder basado en la sumisión. Les seduce el hecho de sentirse superiores al resto de los mortales que los acompañan en el mundo cotidiano donde, por desgracia para ellos, tienen que vivir.
El ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, convertido en político por la deleznable elección del acordeón, es uno de ellos. Sin precedente en la historia mexicana le tocó representar la imagen más mezquina de un funcionario público en el ejercicio de su quehacer que denuncia la minusvalía intelectual de su persona.
Con una mezcla de asombro e incredulidad, que pasó pronto al enojo y a la desaprobación tajante, contemplé una y otra vez la escena impúdica de la máxima figura en que descansa la representación de la justicia, permitir, alentar y quizá ordenar que sus colaboradores le limpiaran los zapatos, mientras parece esbozar una sonrisa de gozo y sin rubor de por medio en ambas partes.
La escena resulta por demás grotesca, medieval. Un señor feudal del siglo XXI reactualizando una relación con sus siervos, una relación cortesana entre el rey y sus súbditos. Increíble e inaceptable, por supuesto.
El hecho sólo es explicable, pero nunca justificable, a la luz de un contexto de una práctica política de regateo barato entre ignorantes y palurdos. Surgido en el seno de un partido que en su breve historia se ha distinguido por la hipocresía y la incongruencia encarna bien y a la medida todos los vicios del partido que supo aglutinar a lo peor de los que enamorados del poder lo persiguen sin decoro y con un descaro grosero.
Y ya instalados en la cumbre de los que mandan, se embriagan de poder hasta perder el piso. La noción de realidad no cuenta. Lo que de verdad cuenta es el poder por el poder mismo. No otra cosa. No advierten entonces que su comportamiento, como sus acciones, son una cuestión ética; es decir, una cuestión filosófica de enorme envergadura.
Pero la ética, en un México cínico no sirve, se convierte, incluso, en un obstáculo retórico y deja de ser una herramienta útil para normar la vida pública de los que se instalan en la esfera gobernante.
Con actos como el del señor ministro quizá estamos presenciando la decadencia y el ocaso, no sólo el de un personaje indeseable para la vida pública, sino de un partido que no ha sabido ser autoridad y cuya moral no aparece en la agenda de sus afiliados ni en los principios que norman al partido.
Desde hace mucho tiempo (antes de Morena, desde luego, pero ahora acentuado por el partido gobernante) sabemos que el problema más grande de México es la precariedad ética de su clase política, tan fácil de embaucar en lo peor de sus prácticas.
Es un hecho irrefutable que la corrupción avasalla todos los ámbitos de la administración pública y la percepción generalizada es que el Gobierno forma parte de ella, promoviéndola y alentándola en todas sus áreas al crear una infraestructura de asignación ilegal de privilegios, como en el caso de la reforma judicial que permitió elegir a este politicastro con tintes de reyezuelo que hoy preside la Suprema Corte de la Nación. Eso es corrupción.
La existencia de la corrupción es un hecho utilizado como bandera por el partido que gobierna pero que es aceptado y promovido en la práctica porque en la vida real ha demostrado tener eficacia para los reales intereses que se persiguen.
El régimen morenista que no s gobierna sustentado en la piedra angular de único partido reparte prebendas a partir de un menú de opciones de poder: cargos, puestos, nombramientos, contratos, concesiones, licencias, administración discrecional de empresas públicas, toda una oferta que sirve para negociar, intercambiar, pactar y cumplir con compromisos que aseguren la conservación del poder.
Pero en un abrir y cerrar de ojos Morena y el país que soñaron, pero que nunca quisieron, transformar pasó de ser un Estado tutelar a un Estado delincuente. Hoy Morena y su Gobierno se asemeja más a ser un cártel criminal que un núcleo de instituciones sustentadas en un Estado de Derecho.
La nómina que forma la élite morenista insertada en los órganos de poder gubernamental parece haberse convertido en la ventanilla de gestoría del crimen organizado, desdibujados todos en un mosaico de reivindicaciones personales que los encumbren hacia el desdibujado sueño donde han construido una corte mexicana en la que sueñan ser reyes, reyes, reyes.
No miento. Échele un ojo a esta lista de nombres y saque sus propias conclusiones: Andrés Manuel López Obrador, Claudia Sheinbaum, Adán Augusto, Ricardo Monreal, Andy López, Mario Delgado, Luisa María Alcalde, Hugo Aguilar, Noroña, Moya, Villarreal… a los que hay que sumar a gobernadores, alcaldes y toda una pléyade de brillantes irregularidades en el cosmos político mexicano.
En resumen, esta es la punta de lanza de una clase política que, al margen de las tareas de Gobierno, se encuentra enfrascada en la lucha por conquistar el poder, incluida la manifestación de este en acciones que parecen nimias, como el hecho de que los súbditos les limpien los zapatos en público, sin advertir que el simbolismo del acontecimiento los desnuda y los presenta (también en público) como realmente son: cínicos, impúdicos y de una miserable condición humana absolutamente indefendible.
Mientras tanto, los mexicanos, preocupados por obtener el sustento diario, observan a la clase política desde abajo como si fuera un mal necesario de la historia de este país. La ciudadanía, identificada con Sísifo, carga la piedra enorme para sufrir el destino fatal e inescapable de la patria.
Le tocó a Hugo Aguilar, ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (nada más y nada menos, ¿eh?), representar a nombre de los morenistas la imagen más icónica de todos los de su clase: la miserable condición humana de la clase política mexicana que, sin embargo, despliega su minusvalía mental por el cinismo y la hipocresía en que se sustenta.
