José Luis Bermeo analiza el diario del jesuita Ricardo «el Ronco» Robles, resaltando la resistencia tarahumar ante la modernidad. Su obra explora identidad, tiempo cíclico y comunidad frente al individualismo
Para Leonor Gutiérrez, solidario en el dolor.
El libro de José Luis Bermeo, Modernidad tarahumar. Seguir siendo rarámuri, me parece un justo homenaje al sacerdote jesuita Ricardo «el Ronco» Robles, un hombre comprometido con el futuro de los pueblos indígenas. El libro analiza rigurosamente el diario del jesuita. Dicho diario gira en torno a sus experiencias al lado del pueblo tarahumar en la singladura que va de 1983 a 1994. El Ronco opta por el relato. El ser humano es aquí un animal que cuenta historias. Esa es la antropología que subyace. La descripción y el discurso pasan a un segundo plano.
Octavio Paz solía titular sus libros con el uso reiterado del oxímoron. Por ejemplo, El ogro filantrópico. ¿Cómo un ogro se puede dedicar a la filantropía? El título del libro de José Luis es intencionalmente un oxímoron: Modernidad tarahumar. El retrato que hace el Ronco en su diario, y el mismo José Luis en su libro, pone de manifiesto más bien las ventajas de la «premodernidad tarahumar», si así se la puede nombrar. El pueblo tarahumar elige la resistencia y el rechazo a la cultura occidental sobre el progreso moderno. Se trata de un abierto «choque de culturas». Defiende su identidad en busca de una vida digna. La medicina tradicional, por ejemplo, tendrá mayores virtudes que la convencional. Se recurre a la medicina del blanco «tanto cuanto» sirva, en casos extremos, donde la medicina tradicional agotó su eficacia.
«… el cambio en la indumentaria tradicional, el reemplazo del tarahumar por el español, la introducción de aparatos extraños (…) no ensombrecen el sentido de pertenencia del individuo al grupo…».
José Luis Bermeo
Destaco del libro de Bermeo su limpia y cuidada escritura. Hay un aseado manejo del lenguaje. Tarea asaz difícil tratándose de una tesis doctoral que busca la precisión del concepto más que la belleza literaria.
Hace algunos años un amigo de Fernando de la Fuente, el jefe actual de Bermeo, nos cuestionó a los de la organización popular del Cerro del Judío porque habíamos bloqueado la avenida Luis Cabrera para impedir la construcción de una autopista que iba a derribar un buen número de viviendas del Cerro. Nos dijo: «ustedes se dedican a detener el progreso». Esta frase refleja el pensamiento dominante que se ve puesto al desnudo en el texto del Kiro, mote de Bermeo. Es la mentalidad «chabochi», contaminada de incomprensión.
Los jesuitas de la Tarahumara han optado por la llamada «pastoral de acompañamiento». Buscan el respeto a la cultura, la cercanía y no la aculturación. Eligen el modelo del desafío sobre el del impacto (cfr.: Dworkin). Y no es que desprecien los resultados, pero prefieren concederle prioridad al simple «estar» al lado del rarámuri. Ello implica cultivar la «paciencia histórica». En el entendido de que «patiencia omnia vincit», como nos enseñaron los latinos.
La obra destaca la experiencia del tiempo circular sobre el lineal en la cultura tarahumar. «En el tiempo circular del rarámuri lo que sucedió una vez “volverá” a suceder, aunque nunca del mismo modo» (p. 299), escribe el autor. El tiempo cíclico es lo propio de las culturas singulares, según apunta Jean Baudrillard. Frente a la universalización y la mundialización, se opta por la circularidad, por la singularidad, por la alteridad y por lo extraño. Ni con la ayuda de Spinoza y Nietzsche comprenderemos en qué consiste esto. Nunca lo entenderemos a menos que nos insertemos y bebamos tesgüino de la olla del hermano rarámuri.
Hacia el final de la obra, José Luis señala: «… el cambio en la indumentaria tradicional, el reemplazo del tarahumar por el español, la introducción de aparatos extraños (…) no ensombrecen el sentido de pertenencia del individuo al grupo…» (p. 299). Pone de relieve la elección de la pertenencia en esta cultura sobre la nuda participación. Hay un compromiso con el pasado y con la tradición. La comunidad lleva mano y el individualismo liberal tiende a ser descalificado. Filosóficamente, se dirá que se coquetea con el «comunitarismo».
Para nuestro autor, la mujer hace la diferencia: «… la frontera que separa el imaginario rarámuri del mestizo se apoya en una separación “formalmente” anterior, entre quienes transmiten inicialmente el legado cultural del niño rarámuri —sus madres— y el blanco» (p. 301). Este es uno de los hallazgos principales de la investigación de marras.
El libro culmina con la poética y enigmática frase: «… cuando nos hayamos ido, cuando las flautas y los violines hayan callado, y las ollas de tesgüino yazgan rotas en el piso para no volverse a llenar jamás, ¿acaso ustedes seguirán allí?» (p. 306). El autor, aunque parece inclinarse por el fin de la cultura tarahumar en un mediano plazo, profetiza el declive de las dos culturas en liza. La entropía lleva mano. Pero, por favor, no seamos tan pesimistas y gritemos a voz en cuello la consigna de la ética de las verdades del filósofo francés Alain Badiou que coincide con el conato agónico tarahumar: ¡Continuemos!
Referencia:
Bermeo Vega, José Luis, Modernidad tarahumar. Seguir siendo rarámuri, Universidad Iberoamericana, México, 2024.
