Morena: la corriente que rompió el bipartidismo y cambió la política

El partido fundado por AMLO y ahora liderado por la presidenta Claudia Sheinbaum afronta el desafío de mantenerse unido y dar resultados en seguridad. El final de la «dictadura perfecta» empezó con Salinas y terminó con Peña. El PRD contribuyó en la etapa de Cárdenas y Muñoz Ledo; luego se apagó

La corrupción «es cultural» y vuela con las alas de Pegasus

PRIAN: suplantación y mimetismo, fórmula para el fracaso

Morena afianza su posición de partido dominante mientras el PAN y el PRI siguen extraviados y en barrena; las demás fuerzas actúan en los márgenes y no hay opciones nuevas ni liderazgos creíbles a la vista. Es en la fortaleza del movimiento gobernante donde radican sus puntos débiles. Morena no es el nuevo PRI, como se ha dicho, pues no emanó del poder ni de las élites políticas. Su raíz es popular, y el caldo de cultivo: el agotamiento de los partidos tradicionales, la corrupción institucionalizada y el rechazo al modelo económico contrario a las mayorías. Las oposiciones se alinearon al Gobierno y la ciudadanía les volvió la espalda.

El final de la «dictadura perfecta» lo marcaron la candidatura de Carlos Salinas de Gortari, de la cual se arrepentiría el expresidente Miguel de la Madrid, y la elección fraudulenta de 1988. El Frente Democrático Nacional (FDN), agrupado en torno de Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Rosario Ibarra y Heberto Castillo, unificó a las izquierdas y a la postre se convertiría en la tercera fuerza política bajo las siglas del Partido de la Revolución Democrática (PRD). Así empezó el camino hacia el cambio pacífico del poder. El PRI quedó a partir de entonces en manos de la tecnocracia. La brecha con la sociedad se ensanchó y los puentes con la clase política tradicional fueron cada vez más estrechos. El partido de la «justicia social» mudó de aliados; ya eran los campesinos, los obreros y las clases populares, sino los empresarios, los banqueros y las iglesias, principales beneficiarios de las reformas salinistas.

Tras las elecciones de 1988, la cúpula del PAN, encabezada por Diego Fernández de Cevallos, optó por el oportunismo: abandonó a su candidato Manuel J. Clouthier y se rindió ante Salinas. Lo hizo con Enrique Peña Nieto, 30 años más tarde, también para legitimarlo. El negocio resultó bueno al principio, pero después vino la ruina. Las presidencias de Vicente Fox y Felipe Calderón fueron de continuidad priista más que de alternancia. Fernández de Cevallos se postuló en 1994, pero la memoria inclinó la balanza por el priista Ernesto Zedillo, quien sustituyó a Luis Donaldo Colosio, asesinado en Tijuana cuando recién había iniciado su campaña.

Cárdenas volvió a ser postulado para la presidencia en 1994 y 2000, pero su candidatura no creció debido a varios factores: su severidad y falta de carisma y arrojo en momentos críticos. «En 1988 debió estirar más la liga», caviló Muñoz Ledo en una charla con el exgobernador Eliseo Mendoza Berrueto. De haber aprovechado el hartazgo social y el impulso democratizador por el fraude, el país podría haber tomado un rumbo distinto. Las votaciones de Zedillo y Fox fueron superiores a las de Cárdenas, quien ganó la aureola de líder moral de la izquierda.

El entreguismo del PAN y el fracaso de sus Gobiernos, por un lado; y la sistemática guerra sucia del sistema y de los poderes fácticos contra el PRD, por otro, le permitieron al PRI recomponerse y recuperar la presidencia en 2012. Victoria pírrica, pues seis años después la perdió de nuevo al obtener la votación más baja de su historia. En 2024 la tendencia empeoró. Peña Nieto reinó, pero no gobernó. El poder lo ejercieron un puñado de secretarios de Estado, los gobernadores y, entre bastidores, los grupos de presión. El PRI y el PAN aprobaron las reformas peñistas sin consultar a nadie. Dieron gusto a las élites y a las transnacionales. Las demandas de justicia y bienestar fueron nuevamente postergadas. La corrupción se enseñoreó.

Anaya y la crisis panista

La sucesión del presidente de 2018 parecía dispuesta para la tercera alternancia entre el PRI y el PAN y la consolidación de un bipartidismo tipo Estados Unidos. Acción Nacional había ganado previamente las gubernaturas de Quintana Roo, Tamaulipas, Veracruz, Durango (por primera vez), Aguascalientes, Chihuahua y Puebla. El oficialismo consiguió apenas cinco. Convenientemente para «el nuevo PRI», la derrota eliminó de la carrera al aspirante más fogueado, Manlio Fabio Beltrones, quien renunció a la dirigencia por los malos resultados y en «aras de la unidad del partido». Sin citarlas como causas del resultado, demandó a la cúpula gobernante «atender las demandas de castigo a la corrupción y a la impunidad».

Las miradas se dirigieron entonces a Ricardo Anaya, artífice de las victorias que les permitieron a los azules gobernar por primera vez el mayor número de estados. Sin embargo, el escenario se empezó a descomponer. Montado en la ola ganadora, Anaya impuso su candidatura y dividió al PAN. Margarita Zavala —esposa del expresidente Felipe Calderón—, la aspirante con mayor intención de voto después de Andrés Manuel López Obrador, denunció el atropello y abandonó las filas. En una misiva a Anaya lo acusa de coptar los órganos del partido, de entregar las decisiones a terceros y de cancelar por completo «la vida democrática interna y la participación ciudadana en el PAN».

Si Anaya era la carta para la alternancia pactada, su precipitación y autosuficiencia la dejaron sin efecto. Aliarse con el PRD y Movimiento Ciudadano pudo interpretarse como un desafío al presidente Peña Nieto, cuyas consecuencias serían inmediatas. Apenas iniciar su campaña, la Procuraduría General de la República (PGR) le abrió una investigación por supuesto lavado de dinero en la compra de una nave industrial. El panista vio la mano del PRI y acusó guerra sucia. Una vez que perdió las elecciones con López Obrador, la PGR lo declaró inocente. Sus problemas con la justicia, sin embargo, no habían terminado.

Emilio Lozoya, exdirector de Pemex y colaborador cercano de Peña Nieto, denunció que, instruido por el exsecretario de Hacienda, Luis Videgaray, en 2014 entregó 6.8 millones de pesos al entonces diputado federal Ricardo Anaya para votar por la reforma energética. Anaya se exilió en Estados Unidos y regresó al país para ser candidato a senador plurinominal y relanzar su carrera política desde la Cámara Alta. La influencia del excandidato presidencial podría explicarse en la carta de renuncia de Margarita Zavala: «(…) impuso en el PAN condiciones antidemocráticas que tanto criticamos en el PRI y en otros partidos». Marko Cortés, también senador, heredó la presidencia de Acción Nacional de Anaya y después se la transfirió a Jorge Romero. Esa es la clave.

PRI y PAN llegaron derrotados de antemano a los comicios de 2018. ¿Qué tanto contribuyó Peña Nieto? Nominar a un tecnócrata sin carrera política como José Antonio Meade y permitir el acoso de Anaya, por parte de la PGR, habría ayudado a López Obrador en una elección cerrada, como la decidida seis años atrás en favor de Calderón, mas no fue el caso. Pues AMLO superó a Meade y Anaya juntos por más del doble la votación. Quizá solo por no estorbar, AMLO reconoció a Peña «no haber intervenido, como lo hicieron otros presidentes, en las elecciones». «Hemos padecido ya ese atropello antidemocrático y valoramos que el presidente en funciones respete la voluntad del pueblo». No había de otra sopa.

Vocación de resistencia

El Gobierno lo dejó crecer, Fox lo creció y Andrés Manuel López Obrador se encargó del resto. Militó en el PRI, lo mismo que Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, y se marchó con ellos para crear el Frente Democrático Nacional y luego el PRD. Durante ese proceso, el AMLO figuró en segundo plano. Regresó a Tabasco para empezar a construir, quizá sin proponérselo, el movimiento que, décadas después, lo llevaría a la presidencia. «El maestro (Carlos) Pellicer era un hombre entero, con ideales, principios y un sentido del humor incomparable… Después de Pellicer, todos los tabasqueños somos de segunda». BBC News Mundo retomó la cita de una entrevista con Proceso para un reportaje sobre el «padre político de AMLO», publicado recién iniciado el Gobierno obradorista.

Otra figura clave en la formación de AMLO fue el intelectual Enrique González Pedrero, a quien le coordinó la campaña por la gubernatura en 1982. Era cuando el PRI postulaba políticos con bagaje cultural y compromiso social. AMLO ocupó la presidencia del PRI en el estado, pero el gobernador lo removió por el rechazo de líderes y autoridades a los comités de base propuestos para transparentar el gasto de las alcaldías («AMLO: vocación de resistencia», Proceso, 30-03.12). González terminaría por emigrar también al PRD. Murió en el tercer año la presidencia de AMLO, quien lo calificó de «hombre inteligente, conocedor como pocos de la historia de las ideas políticas» (Infobae, 07.09.21).

López Obrador contendió dos veces por la gubernatura de Tabasco. En 1988 contra Salvador Neme Castillo. Las elecciones fueron impugnadas y el estado se salió de control. Neme renunció para poner fin a la desestabilización causada por el cierre de carreteras, el bloqueo de pozos petroleros y la presión del Éxodo por la Democracia. AMLO estaba en el punto de mira de Salinas de Gortari, pero no logró neutralizarlo. Los comicios de 1994 fueron aún más controvertidos. Roberto Madrazo gastó 70 millones de dólares para hacerse con el poder. AMLO encabezó una segunda marcha hacia Palacio Nacional, la Caravana por la Democracia, para exigir, junto con el PAN y el PT, la anulación del proceso. El presidente Ernesto Zedillo no pudo defenestrar a Madrazo ni evitar que López Obrador se convirtiera, a partir de entonces, en el líder de la oposición por antonomasia.

AMLO se convertiría seis años después en jefe de Gobierno de Ciudad de México. Su popularidad subía como espuma. Vicente Fox quiso eliminarlo de la carrera presidencial de 2006, pero la maniobra del desafuero falló, no obstante que los diputados del PRI y el PAN habían votado para retirarle la inmunidad. AMLO era el favorito para ganar las elecciones, pero el sistema y los poderes fácticos impusieron a Felipe Calderón cuya victoria, por un margen de medio punto porcentual, según el Instituto Federal Electoral (IFE), nadie creyó. López Obrador respondió como no lo hizo Cuauhtémoc Cárdenas en 1988: movilizó al país, bloqueó el Paseo de la Reforma y se puso al frente de la resistencia. Su fama creció más todavía.

López Obrador ganó la presidencia en su tercer intento, bajo las siglas de Morena, tras décadas de activismo, lucha política y una votación abrumadora. El tabasqueño catalizó la indignación popular contra el statu quo, las élites, el bipartidismo PRI-PAN, devenido en PRIAN, la corrupción y la impunidad. El régimen lo toleró y Fox lo catapultó, pero sin su voluntad, liderazgo y tenacidad, AMLO no habría conseguido vencer al sistema y ser el presidente con mayor respaldo social en mucho tiempo. Mientras las oposiciones y los grupos de presión no entiendan la nueva realidad y actúen en consecuencia, Morena y la 4T profundizarán sus raíces y su permanencia en el poder será más dilatada. E4

En general, ¿usted «aprueba» o «desaprueba» el trabajo de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México?

  • Aprueba                 77%
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Fuente: Evaluación sobre el fin de sexenio de AMLO de WRadio, Enkoll y El País


La corrupción «es cultural» y vuela con las alas de Pegasus

El país retrocede en el Índice de Transparencia Internacional durante el sexenio de López Obrador. La percepción entre los mexicanos es otra: Enkoll

Enrique Peña Nieto definió la corrupción como un «tema cultural». Vista así, resultó ser uno de los presidentes más «cultos» junto con Carlos Salinas de Gortari, quien vendió Altos Hornos de México (AHMSA) a precio de remate a su socio Alonso Ancira. Para hacerla más rentable, el Gobierno modernizó previamente la acería y despidió a centenares de obreros. Hoy está en paro después de décadas de saqueo. En frivolidad, Peña compite con Vicente Fox y José López Portillo, cuyo Gobierno también fue sinónimo de corrupción. Las administraciones del PAN quizá no resultaron tan venales, pero de lo que no dejan duda es de su incompetencia.

La corrupción no es exclusiva de la clase política. También está presente en el sector privado y en la banca, pero la disimulan mejor. Son los casos de CIBanco, Intercamb y Vector Casa de Bolsa, intervenidos por lavar dinero del narcotráfico. Denunciar la complicidad de los sectores público y privado «para hacer negocios a la sombra de poder», y comprometerse a erradicarla, le produjo a Andrés Manuel López Obrador millones de votos de una ciudadanía agraviada por la rapacidad y el cinismo de las cúpulas y del sistema de justicia a su servicio.

«Según la última medición de Transparencia Internacional, ocupamos el lugar 135 en comparación con 176 países evaluados; pasamos a ese sitio luego de estar en el lugar 59 en el 2000, subir al 70 en el 2006, escalar al 106 en el 2012 y llegar en 2017 a la vergonzosa posición en que nos encontramos», dijo AMLO en su toma de posesión. La situación empeoró en el sexenio obradorista: México terminó en puesto 140 con una calificación de 28 puntos, dos menos que en 2018. Sin embargo, la mayoría tiene otra percepción. Para el 18%, la corrupción no es el principal problema, sino la violencia (40%), de acuerdo con la última encuesta de Enkoll-El País-W Radio sobre la administración de López Obrador.

Lo anterior puede deberse a dos factores: el discurso de AMLO contra la corrupción pública y privada («no se sabía dónde terminaba la delincuencia y donde empezaba la autoridad; no había frontera, eran lo mismo») y el encarcelamiento de intocables: Rosario Robles (exsecretaria de Desarrollo Social), Emilio Lozoya (exdirector de Pemex), Jaime Rodríguez, Mario Marín, César Duarte y Roberto Sandoval (exgobernadores de Nuevo León, Puebla, Chihuahua y Nayarit). También fueron puestos entre rejas Alonso Ancira (exdueño de AHMSA), Juan Collado (abogado de los expresidentes Salinas de Gortari y Peña Nieto) y Luis Cárdenas (director de Seguridad Regional de la Secretaría de Seguridad Pública).

La captura del pez gordo, Genaro García Luna, ocurrió en Estados Unidos. El secretario de Seguridad Pública, a quien el presidente Felipe Calderón puso al frente de la guerra contra el narcotráfico, purga cadena perpetua por recibir sobornos del Cartel de Sinaloa. AMLO promovió además una consulta para investigar y castigar a cinco expresidentes, de Salinas a Peña Nieto. La participación fue mínima (7%), pero más del 90% estuvo de acuerdo en que se les encausara. Peña no deja de dar motivos para ello. El mes pasado se dio a conocer que empresas israelíes le pagaron 25 millones de dólares por la compra del software espía Pegasus. Si «un político pobre es un pobre político», uno rico y cínico es ruin. Peña no es el único. En Coahuila los hay e igual siguen impunes. ¿Hasta cuándo? Mucho depende de la presidenta Claudia Sheinbaum y del Gobierno de Estados Unidos. El primer paso lo dieron con el huachicol. E4


PRIAN: suplantación y mimetismo, fórmula para el fracaso

La última carta de la partidocracia fue aliarse en las elecciones presidenciales del año pasado. Sin embargo, en lugar de restarle votos a Morena, se los aumentaron

El PRI suplantó en la derecha al PAN y este, al mimetizarse con aquél, abdicó de sus principios y de la tradición democrática que lo distinguió por medio siglo. Después de legitimar a Salinas de Gortari y del fracaso de los Gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón se puso en manos de Peña Nieto. Para más inri, en 2024 se alió con el PRI. La decisión le costó identidad y base electoral, difíciles de recuperar. Morena aprovechó el vacío y le comió el mandado al PRIAN, pues apenas en cuatro años ganó la presidencia. El triunfo no fue fortuito, sino consecuencia de luchas sociales y políticas interminables libradas a veces desde la clandestinidad.

El PAN perdió músculo opositor cuando le halló gusto al presupuesto y se apartó de la doctrina del bien común en aras de un pragmatismo ramplón. El PRI no aprendió a ser oposición por haber surgido de las entrañas mismas del sistema. Si en 2018 volvió a la presidencia fue por el control que aún ejercía en el Congreso y en los estados, y por sus alianzas con los poderes fácticos. Empero, tras la derrota del año pasado y de ostentar la presidencia durante 76 años, sus siglas saltaron en pedazos y se convirtió en la cuarta fuerza política. Al PRD le sucedió lo mismo. Correrse a la derecha y alinearse con Peña Nieto, en el Pacto por México, le costó el registro.

Ejercer la presidencia, gobernar 24 estados y liderar la mayoría de los congresos locales le concede a Morena una ventaja importante, pero también plantea desafíos enormes. El retiro de Andrés Manuel López Obrador provocó un reacomodo de grupos sin causar todavía fracturas ni conflictos. La conducción del partido guinda la ostentan una obradorista de pura cepa, María Luisa Alcalde, y el hijo del caudillo que más se le parece, Andrés Manuel López Beltrán, pero el mando corresponde a la presidenta Claudia Sheinbaum. El debut del tándem Alcalde-López en Durango, gobernado por el PRI, y Veracruz, en manos de Morena, no resultó exitoso, pero tampoco fue el fracaso celebrado por los contrarios para infundirse ánimo.

El poder desgasta, pero Morena y sus aliados, PT y Verde, no lo resienten ni se han visto obligados a encender las alarmas todavía. La inseguridad es el problema más grave del país. Para afrontarlo con inteligencia y desde una posición de fuerza, y no de debilidad, el Congreso aprobó el mes pasado un paquete de reformas de la presidenta Sheinbaum para actualizar la estructura jurídica y operativa de la Guardia Nacional y reforzar la estrategia de seguridad. Las acusaciones de la oposición sobre un supuesto «espionaje masivo» las calificó el senador Carlos Ramírez Marín (PVEM) de mero cálculo político.

El dominio de Morena es irrefutable, pero también lo expone. La escalada de violencia en Sinaloa por la entrega de Ismael «el Mayo» Zambada a Estados Unidos, fraguada el año pasado por los hijos del Chapo Guzmán y la DEA, no ha cesado. El fenómeno es más grave en Guanajuato, donde el PAN gobierna desde que Carlos Salinas de Gortari le entregó el estado en 1991. Sheinbaum cobija a los gobernadores de su partido, como en el pasado lo hicieron Vicente Fox, Felipe Calderón y Peña Nieto con los suyos. El liderazgo y la confianza en la presidenta Sheinbaum los ha puesto a salvo de las presiones para forzar la renuncia de algunos de ellos. Por ahora. E4

Torreón, 1955. Se inició en los talleres de La Opinión y después recorrió el escalafón en la redacción del mismo diario. Corresponsal de Televisa y del periódico Uno más Uno (1974-81). Dirigió el programa “Última hora” en el Canal 2 de Torreón. Director del diario Noticias (1983-1988). De 1988 a 1993 fue director de Comunicación Social del gobierno del estado. Cofundador del catorcenario Espacio 4, en 1995. Ha publicado en Vanguardia y El Sol del Norte de Saltillo, La Opinión Milenio y Zócalo; y participa en el Canal 9 y en el Grupo Radio Estéreo Mayrán de Torreón. Es director de Espacio 4 desde 1998.

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