El consenso sobre el fin de los Estados Unidos es léxico mundial, pero nadie se alegra por ello: hará mucho daño y durará mucho tiempo. Todavía sigue siendo el país más poderoso, pero la velocidad de su descenso y el ascenso de China no es proporcional. Existen al menos nueve potencias nucleares; los yankees son sólo una. Su élite política siempre ha sido arbitraria con el mundo; habla con voz altisonante de la ley, mientras le falta el respeto todos los días.
Con la doctrina Monroe bajo la mano, comete asesinatos en todo el mundo; hay pocos países donde no los haya cometido… Es un orate ciego y sordo, su actual desguace lo ha envilecido aún más y hace tiempo que sus clases dominantes comenzaron a percibir la decadencia.
Antes de Trump –en su primer periodo–, Bill Clinton, George W. Bush y Barack Obama gobernaron ignorando el tobogán incipiente en el que estaban, y se asumieron sin más como el mandamás imperialista arrogante de siempre. Podemos decir que la serie de acciones realizadas con alevosía comenzaron desde que Clinton engañó con vileza a Putin, asegurándole que la OTAN desaparecería por innecesaria.
Por otra parte, Bush invadió Afganistán en 2001 y a Irak en 2003, cometiendo destrozos inauditos durante ocho años. Vilezas innombrables. Obama produjo una catástrofe alucinante en Siria, que produjo la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial.
Hoy, el bufón de Trump llegó para continuar la construcción de un espacio internacional propio, iniciada por Biden. Existe un consenso interno sobre esa tarea troncal para EE. UU., según sus clases dominantes, alineadas al Partido Demócrata o al Republicano (realmente no importa la ideología). Estados Unidos reconoce que no puede echar atrás el espacio geopolítico y económico donde China, Rusia e India son dominantes.
Pero para combatir a Oriente, Trump usa la vía de la intransigencia absoluta para la prevalencia en el poder de la derecha gringa. Eliminar lo que se oponga, aún en el discurso. El consenso interno va de la mano de una guerra por el poder que los demócratas ya perdieron en toda la línea. La palabra guerra del trumpismo es definido como todo lo que se oponga a Trump, o para ellos definido como izquierda radical comunista.
Tiene buenos asesores, pragmáticos pero buenos. El presidente estadounidense aprovecha la desgracia para sacar raja en su proyecto. No va sólo por la izquierdismo, pretende usar lo que se conoce como la Teología del Dominio, que más que una ideología conspirativa, es una fusión de varias teologías políticas cristianas conservadoras muy diferentes.
Sus allegados conocen la superestructura ideológica; por ello necesitan aliados fuertes y poderosos. Trump pretende acuerparse de vigorosos movimientos evangélicos que acompañen y legitimen su gestión.
