Naufragio retórico

El problema más general de todo desarrollo político reside en la determinación del papel que desempeñan la estructura discursiva en que se sostienen las ideas y las construcciones operativas necesarias para la acción en favor del otro. Ambas son esclarecedoras a la hora de abordar las prácticas políticas de las jerarquías del poder en México.

Pero nuestras jerarquías nunca se han distinguido por la claridad de su discurso, por la solidez de sus argumentos o por la coherencia de sus ideas. Por el contrario, las jerarquías políticas de nuestro país se encuentran sumidas en un naufragio retórico, demagógico y vacuo. No comunican nada. Son la expresión exacta de la mentira.

El político mexicano se ha vuelto un experto en utilizar muchas palabras para comunicar pocas ideas, si no es que ninguna. Eso es un signo infalible de mediocridad. Dista mucho de ser una cabeza eminente que sabe encerrar muchos pensamientos en pocas palabras.

El principio fundamental de la estilística es que el ser humano puede pensar con nitidez un solo pensamiento a la vez. No debiera pedírsele que duplique o triplique esa facultad. Sin embargo, eso es, precisamente, lo que quiere el político que introduce frases intermedias en las lagunas de un período principal, con lo cual, de una manera caprichosa, innecesaria y absurda, confunde al ciudadano a quien pretende comunicar algo.

Es un auténtico naufragio retórico que enmascara las mentiras que se esconden en su discurso vacío. Miente la presidenta en todo lo que dice, miente el presidente del Senado sin dejar ningún resquicio a la verdad, miente Adán Augusto en torno a la Barredora, miente Monreal desde la comodidad de su escaño, miente el INE en el caso de Pío, miente el secretario de Relaciones Exteriores en lo que se refiere a la crisis diplomática, miente Luisa María, miente Andy, mienten todos los viajeros de Morena…

Una mirada crítica los desnuda y nos presenta a esos politicastros como lo que son: cínicos. Unas fichitas.

Mientras ellos naufragan en lo insostenible, sus políticas públicas hunden al mexicano de a pie en las turbulentas aguas de lo que no tiene orden ni lógica alguna y en cuyo acontecer sucumbe irremediablemente sin saber siquiera las razones de lo que le acontece.

Los pseudoperiodistas, y aún los periodistas serios, difunden la idea de un gobierno fuerte basados en estadísticas de popularidad, pero esos números no operan con la realidad. No digo que sea falsa la estadística, lo que es falso es que el hecho de ser popular no tiene ninguna correspondencia con ninguna fortaleza ni con un trabajo donde las políticas públicas atiendan y resuelvan carencias, superen vulnerabilidades en la sociedad y establezcan un bienestar social como parte del cumplimiento del deber de todo servidor público.

Yo no veo esa supuesta fortaleza y no creo que este Gobierno haya marcado un rumbo para conducir al país hacia la verdadera aspiración del bienestar, más allá del chocolate y el café con los que se intenta sustituir el auténtico objetivo de un Estado que pretende establecer el bienestar social como meta.

En una de mis frecuentes visitas al hospital 20 de noviembre en la ciudad de México, en el curso del viacrucis de una cita médica, hablé con un paciente originario de Querétaro. Con muletas una bolsa en mano me dijo con un desencanto sumamente desolador que se había equivocado en la fecha de su cita y que iba por su regaño al tratar de arreglar el asunto. Pero ya estoy acostumbrado, concluyó su queja.

Y entonces pensé que no deberíamos acostumbrarnos a esos malos tratos surgidos desde un sistema de salud que ha sido destruido por el propio Gobierno mexicano. El ISSSTE es el reflejo fiel de lo que ocurre en todo el sistema de salud. Es un dechado de ineficacia en su funcionamiento para proporcionar el servicio que proclama. Sin insumos, sin medicamentos, sin médicos, con muchas carencias en su infraestructura, es el mejor ejemplo de lo que no deberíamos acostumbrarnos a tener.

Dinamarca fue un desliz perverso en la mentalidad de un político que decidió distanciarse de la sensibilidad para abordar asuntos de salud pública, tan vitales en un país enfermo y poco atendido en ese rubro.

Pero tampoco deberíamos acostumbrarnos a otros males padecidos en el país como anómalas naturalidades.

No deberíamos normalizar la violencia impuesta por las organizaciones criminales que, en complicidad con autoridades, se disputan los mercados del crimen violentando el Estado de derecho que debería garantizar el desarrollo de la vida cotidiana en una atmósfera de paz y de certezas jurídicas para imponer la justicia.

Tampoco deberíamos acostumbrarnos a un sistema educativo que hoy se encuentra perdido en las mentalidades burocráticas de sus dirigentes y el nulo empuje de una base magisterial afiliada a los intereses ideológicos de sus liderazgos. En esa fragua de extravíos se llevan de encuentro a millones de muchachos que no podrán ver concluida una formación que los prepare para la vida.

Inaceptable resulta acostumbrarnos a la inseguridad que priva a lo largo y ancho del territorio nacional. Ese paquete incluye la extorsión, el secuestro, el robo, los feminicidios…

A lo que mejor deberíamos acostumbrarnos es a tener políticos profesionales, que piensen por sí mismos, sabiendo que el que piensa libre y profundamente, ése es el que posee la brújula para encontrar el camino verdadero.

Esa es la clase de políticos que deseamos, los que, por pensar con claridad, no podrían estructurar discursos vacíos y mentirosos; los que, por pensar así, se verían obligados a ocuparse de los problemas cotidianos de la ciudadanía y dejarían de lado las irrefrenables aspiraciones a la inmortalidad a través de la conservación de su figura en la historia patria.

Urge que nuestros políticos salgan de ese naufragio retórico en que caen cada vez que abren la boca para decir algo. Si este país viviera una auténtica democracia eso no ocurriría porque el status ciudadano de su población lo exigiría como una divisa para ejercer sus cargos.

Bueno, es sólo una aspiración ciudadana de quien quisiera ver transformada la vida política de este México nuestro.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.

Deja un comentario