Opción a la crítica

Opción a la crítica, decía mi maestro Severo Iglesias, al referirse a esa acción del pensamiento que somete a juicio toda aquella acción realizada en el orden social para ampliar los espacios y lograr el equilibrio de la toma de decisiones.

Apegándome a ese marco conceptual el presente artículo se construye justamente desde esa perspectiva: la crítica.

En pasadas ediciones de este espacio periodístico he hablado de los vacíos que, como sello distintivo de este Gobierno, nutren el desempeño de la administración Sheinbaum. Es una constante que revela vacíos mayores y peligrosos a la hora de gobernar y que bien podrían minimizarse con un ejercicio de simple autocrítica.

El 115 aniversario de la Revolución mexicana nos brindó una joya discursiva que parecía, precisamente, un ejercicio de valiosa autocrítica destinada al reconocimiento de las debilidades que todo Gobierno tiene pero que, al asumirlas, se sitúa en mejores escenarios con mayores posibilidades para superarlas.

El discurso de la presidenta parecía hacer cumplir la promesa pues, entre otras cosas, dijo: «La revolución fue un levantamiento armado contra el dictador Porfirio Díaz, quien encabezó durante treinta y cuatro años un régimen de opresión, autoritarismo y privilegios.

»Porfirio Díaz se presentaba como un defensor del orden y el progreso, pero en realidad, construyó un régimen autoritario sostenido por la represión, el miedo y la sumisión forzada del pueblo. Bajo su mando las elecciones se convirtieron en una simple simulación donde los resultados ya estaban decididos de antemano. Cualquier oposición era perseguida, encarcelada o silenciada».

1… El progreso del porfirismo fue en realidad un progreso para unos cuantos… Las libertades políticas estaban canceladas, la prensa independiente era acotada, los opositores eran vigilados, exiliados o silenciados, las elecciones no eran sino una simulación; en realidad de lo que se trataba era de justificar el control de una élite que gobernaba sin responder al pueblo…

«[Hay] quienes hoy reivindican la mano dura, la fuerza por encima de la ley, los que reivindican la ultraderecha o esa libertad que sólo conocen los privilegiados (…)

»Hoy el poder ya no se usa para someter, sino para servir. Ya no hay imposiciones ni privilegios… En México ya nadie es silenciado, ya nadie es perseguido por pensar distinto, hoy el Gobierno dejó de ser un espacio reservado para unos cuantos, ya no es un club de privilegiados…

»se acabó la era de los lujos del poder; se gobierna con austeridad, con ética, con honestidad. No aceptamos la corrupción y es, desde aquí, (que) seguimos luchando con la ley en la mano contra la impunidad”.

Basta, es suficiente. El discurso que intentó contrastarse con el desempeño negativo del porfiriato para marcar un deslinde de la actuación presente de Morena-Gobierno —y que tanto me entusiasmó por sus posibilidades—, fue un fracaso.

De inicio, lo que parecía prometer un ejercicio de sincera autocrítica a su propio Gobierno, terminó por convertirse en una pieza retórica, vacía, sin sustancia. La presidenta lució débil, acartonada, sin pasión por lo que salía de su boca, y frente a un escenario amurallado, blindado por personal militar, sin ciudadanos, sin desfile, su voz sólo alcanzó para producir en pequeño eco reproduciéndose a sí mismo en su propia soledad.

La semiótica, la lingüística y la hermenéutica, son herramientas que los profesionales de las letras utilizan para tratar de encontrar la verdad del texto y validar un discurso conclusivo. En la política una herramienta útil para tratar de encontrar la verdad en la acción social es la democracia.

En efecto, así es, pero no la democracia como la conciben nuestros políticos, sino la democracia pensada como la exaltación de los valores civiles capaces de mirar críticamente el entorno para llegar a una consecuencia práctica natural: la denuncia pública de lo que se percibe como un desacierto.

Como fundamento de un proceso surgido de la democracia, en teoría ningún candidato, ninguna persona en particular, gana la presidencia de la república; la ganan los ciudadanos. Sólo se la entrega a alguien con nombre y apellido propio, para que la administre. Es decir, ellos, los que son y serán presidentes, únicamente son depositarios de la voluntad ciudadana. Comúnmente en los hechos, este depositario no cumple con el mandato ciudadano, por el contrario, lo pervierte, lo transforma en poder puro, sin sentido para el servicio público.

La mezquindad de los interés que ahí intervienen, la estrechez de miras de los que llegan a la presidencia sin dimensión de Estado y su dependencia mental a los intereses de los grupos de poder a su alrededor, liquidan las posibilidades de cualquier cambio planteado como oferta de campaña.

Los políticos, por lo menos los políticos mexicanos, se han planteado siempre el hecho de que el pueblo los debe ver como sacerdotes de una orden religiosa selecta, ungida por Dios Todopoderoso, para decidir la vida de los ciudadanos. Son incapaces de pensar que la participación ciudadana pueda ir más allá del sufragio. Impensable también el cuestionamiento y la crítica ciudadana. Peor aún, impensable la autocrítica.

Por eso la administración Sheinbaum tiene muchos vacíos. Sólo a manera de ejemplo: la renuncia, el despido, o lo que sea, del Procurador General de la República, deja ver un vacío mayor. La falta de transparencia en torno a este evento abre muchos y serios cuestionamientos que confirmarían las sospechas en torno a personajes del primer piso de la 4T.

Quizá, por ejemplo, poner a salvo a Adán augusto de ser enjuiciado como líder supremo de la organización criminal llamada La barredora. A lo mejor poner a salvo a la dinastía López de cualquier intento de acotar sus desmanes. Quizá reconocer por fin el real mando del emperador de Palenque. Quizá darle entrada a la certeza de las luchas internas de Monera por desbancar a una presidenta débil a quien la herencia de la presidencia de la república le pesa demasiado.

Un ejercicio de autocrítica le haría saber a la señora Pardo que ella es la presidenta y que sus convicciones deberían ser un imperativo de acción. Asimismo, que debería ser asistida «por un gabinete solidario, inteligente, capaz, concentrado alrededor de un espacio definido, acotado por el contrapeso del espacio democrático incrustado en el inviolable Estado de Derecho» (De Paula, 2005), para alcanzar una nueva era desprovista de privilegios y corrupción a fin de crear un gobierno para México.

La opción, pues, es la crítica.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.

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