Siete años de alternancia real y el liderazgo de la presidenta Claudia Sheinbaum neutralizan a los detractores de la 4T, cuyo negacionismo los aparta del poder. La reforma electoral integral deberá esperar, como en su tiempo pasó con la judicial, por el golpe bajo del PT y el PVEM en el Congreso
Oportunismo verde: el partido del tucán, lealtades quebradizas
El PT, de raíz salinista, caballo de Troya
No existe logro de la presidenta Claudia Sheinbaum, grande o modesto, que las oposiciones y los grupos de presión no minimicen, nieguen o refuten. Esa es su función. Morena, PAN y PRI hicieron lo mismo cuando no eran gobierno, pero sin la misma consistencia y con diferencias notables. Pues mientras los partidos tradicionales se difuminaban y estaban al servicio de la oligarquía, Morena proponía una agenda social, denunciaba el contubernio de la clase política y ofrecía desmontar la estructura de privilegios del neoliberalismo. Sin embargo, apostarlo todo por la descalificación y el desgaste, como lo hace la vieja partidocracia y los sectores anti-4T, los alejará aún más de su objetivo: retomar el poder.
Las oposiciones y los poderes fácticos se resisten a entender que si la mayoría de los mexicanos hubiera preferido permanecer bajo la férula del PRI y el PAN, y repetir el modelo político y económico continuado por Felipe Calderón, Enrique Peña y sus predecesores, habría votado por Josefina Vázquez Mota, José Antonio Meade y Xóchitl Gálvez. Mas si lo hizo, de manera masiva, por Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum es porque las alternancias previas fueron cosméticas. La ciudadanía exigía cambios efectivos en la conducción del país, incluso radicales, y políticas favorables para los sectores históricamente marginados.
Todos los gobiernos ofrecen resolver los problemas más lacerantes, pero pocos cumplen con las expectativas sociales. Cada administración registra avances y retrocesos. Frente a la presión política y mediática, y la reprobación ciudadana por los escándalos de corrupción y el fracaso de sus reformas, Peña replicó: «Ningún presidente se levanta pensando en cómo joder a México». Pero aún sin proponérselo, él y sus predecesores —Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo y Calderón— causaron más mal que bien. El juicio de las urnas es inapelable. Tampoco AMLO logró pacificar al país ni lo dotó del sistema de salud de primer mundo que prometió. Empero la política salarial incrementó el poder adquisitivo sin generar inflación. Los programas sociales permitieron a 13.5 millones de mexicanos salir de la pobreza, y la separación del poder político y económico canceló el régimen de privilegios y elevó la recaudación fiscal.
De no haber dado resultados la 4T, quizá Claudia Sheinbaum no habría ganado con una votación 20 % mayor a la alcanzada por AMLO. El presidente terminó con una aprobación del 76 % y un rechazo del 21 % (Enkoll). AMLO está retirado de la política. Mas si aún continúa vigente, no es por protagonismo —fuera de un video donde presentó su último libro, Grandeza, o un mensaje en redes sociales para solicitar ayuda para Cuba— o actividades más allá de su claustro en Palenque, Chiapas. Son los medios de comunicación, la comentocracia y sus detractores quienes mantienen viva su imagen en el imaginario colectivo. Si las embestidas contra el fundador de Morena e iniciador de la 4T no le hicieron mella cuando era presidente, menos ahora que, como diría Salinas de Gortari de sus opositores, «ni los ve ni los oye».
AMLO y su movimiento vencieron al régimen y lo sustituyeron por uno que, lejos de ser la panacea universal, resulta creíble para la mayoría y cercano como pocos a sus anhelos y necesidades. En los 20 años transcurridos entre su primera campaña presidencial y el momento actual, no ha surgido un líder con su capacidad de movilización y persuasión. Tampoco hay ninguno a la vista, aunque el país los necesita para tener opciones y equilibrios. La culpa no es de AMLO ni de Sheinbaum, sino de las cúpulas partidistas y los grupos de poder por abandonar la formación de cuadros confiables, identificados y vinculados con la mayoría de los votantes.
Iracundia opositora
Cada éxito de la presidenta Claudia Sheinbaum es tomado por los detractores de la 4T (partidos, sectores de la prensa y élites políticas y económicas) como un agravio. Pues les recuerda su fracaso e incapacidad para afrontar a un Gobierno cuya fuerza se basa en el respaldo popular, y su estabilidad no depende de acuerdos cupulares. La captura y muerte del líder del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), Nemesio Oseguera Cervantes, «el Mencho», el 22 de febrero, tras un enfrentamiento con las fuerzas armadas, es reconocido por tirios y troyanos como el mayor golpe contra el narcotráfico en lo que va del sexenio. Los críticos del Gobierno interpretan el hecho como un punto de inflexión: el abandono de la política de «abrazos» de Andrés Manuel López Obrador, y el regreso a los balazos de Felipe Calderón, que provocaron una espiral de violencia sin fin.
Analistas y opositores de derecha aconsejaron a la presidenta Sheinbaum aprovechar el momentum para desligarse de una vez por todas de su «incómodo» predecesor. El mismo anzuelo lanzado desde que asumió el poder, pero esta vez con el disfraz de halago y no de advertencia sobre las consecuencias de no romper con el caudillo. La jefa de Estado y el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, han evadido una y otra vez la trampa. La estrategia, reiteran, es la misma, pero profundizada con reformas que en el sexenio anterior no se aprobaron por falta de mayoría calificada en el Congreso, para ampliar las facultades de la SSPC y la Guardia Nacional.
En su columna «La batalla impostergable», Jesús Silva-Herzog Márquez dice: «La muerte de la cabeza de la organización criminal más poderosa de México deja constancia de la determinación de la presidenta Sheinbaum de poner fin a los apapachos que su antecesor ofrecía a los criminales. En la demagogia del populista, los criminales eran víctimas de un modelo económico. (…) En el momento en que el país ofreciera oportunidades y tuvieran un gobierno limpio, las cosas cambiarían, los sufridos delincuentes cambiarían las armas por los empleos dignos. La fórmula de “atender las causas” era el mantra de la renuncia, sino es que de la complicidad. El cobijo de esos abrazos entregó el país a los despiadados» (Reforma, 23.02.26).
«La muerte de Nemesio Oseguera, el Mencho, es el triunfo más importante del Gobierno mexicano en mucho tiempo en la guerra contra el crimen organizado. El Cartel Jalisco Nueva Generación es una de las organizaciones criminales más poderosas de México, quizá la más fuerte y ciertamente la de mayor crecimiento. (…) Las autoridades estadounidenses consideran hoy al CJNG como la mayor amenaza criminal para su país. Hoy el Gobierno de Sheinbaum parece haber logrado el mayor golpe posible en esta guerra inacabada contra las drogas», escribe Sergio Sarmiento en la misma edición.
Silva-Herzog reconoce la decisión de Sheinbaum de «distanciarse de esa parte de la siniestra herencia del patriarca. La presidenta sigue cargando con buena parte del paquete ruinoso de López Obrador, pero en esta área el deslinde es evidente. No es necesario escuchar una declaración formal de la presidenta que marque el fin de la permisividad». Sarmiento, por su parte, advierte de las secuelas por el descabezamiento de un líder criminal desde que Calderón le declaró la guerra al narco: «reacciones violentas y guerras intestinas. (…) El Mencho, el líder que parecía invencible, ha sido abatido. La hidra, esa serpiente de muchas cabezas, sigue viva». La violencia generará siempre más violencia.
Reforma pendiente
La reforma de gran calado pendiente de la 4T, la electoral, deberá esperar. El nuevo sistema judicial también afrontó resistencias, pero la legislatura actual le dio luz verde. Claudia Sheinbaum envió al Congreso el 26 de febrero el proyecto de reforma comicial para que, una vez discutido y aprobado, entrara en vigor el año próximo, cuando se renovará la Cámara de Diputados, más de la mitad de las gubernaturas, la mayoría de las alcaldías y de los congresos locales. Era el primer cambio no forzado por presiones políticas y sociales derivadas de elecciones fraudulentas como las de 1988, 2006 y 2012. El Gobierno contaba con mayoría calificada para sacarlo adelante en ambas cámaras, pues el voto de Morena no alcanzaba. Sin embargo, las dirigencias de sus aliados, los partidos del Trabajo y Verde Ecologista, boicotearon la iniciativa y junto con el PRI, PAN y Movimiento Ciudadano votaron contra la reducción del financiamiento público y del Senado, y la nueva fórmula para nombrar diputados de representación proporcional (plurinominales).
Los mismos sectores que anticiparon crisis y escenarios apocalípticos por las reformas social, energética, de seguridad pública y judicial, y que en el pasado respaldaron a presidentes ilegítimos, defienden hoy la democracia. La propuesta de reforma electoral les hizo repetir la cantaleta de que el país regresaría, con Morena, al sistema de partido único. Una visión engañosa, pues el proyecto buscaba mayor competencia política, partidos menos dependientes del erario y sujetar la representación en el Congreso al voto popular, no al de las cúpulas, en el caso de los escaños plurinominales.
Figuras otrora influyentes en la política nacional, no por su espíritu democrático, sino por apuntalar el viejo sistema, volvieron a la palestra para «enmendar» la iniciativa de la presidenta Sheinbaum. Uno fue el artífice de la alianza del PAN con el presidente Carlos Salinas de Gortari: Diego Fernández de Cevallos. Otro, el primer candidato presidencial del PRI, quien, después de perder las elecciones de 2000, culpó a su exjefe Ernesto Zedillo de haber negociado la alternancia con el Gobierno de Estados Unidos a cambio de un préstamo por 40 mil millones de dólares para sortear la crisis financiera de 1994: Francisco Labastida. Y el tercero, el exlíder del PRI y uno de los cerebros de la operación Safiro, urdida para desviar más de 650 millones de pesos, de estados —entre ellos Coahuila— y universidades, a campañas políticas: Manlio Fabio Beltrones.
Los dinosaurios aconsejan cambios que «fortalezcan» la democracia, así como «elecciones libres y justas», principios que no respetaron. Con la misma enjundia y desmemoria se oponen a la sobrerrepresentación en la Cámara de Diputados, que el PRI y el PAN defendieron cuando dominaban el Congreso. Piden diálogo a la presidenta y «escuchar todas las voces», cuando Salinas de Gortari asfixiaba a los partidos de izquierda —«ni los veo ni los oigo»— y a la derecha le daba todo. El PAN aceptó gubernaturas, sin rubor democrático, fuera de las urnas, como la de Guanajuato, que desde 1991 gobierna y de la cual Vicente Fox saltó a la presidencia.
Fernández, Labastida y Beltrones, quienes han sido legisladores plurinominales, convenían en la eliminación de los 32 senadores de representación proporcional. Sin embargo, para evitar en el Senado «una sobrerrepresentación acentuada», proponían que los 96 restantes se eligieran por listas —tres por estado— mediante el método de asignación directa. Sin el voto del PT y el PVEM, las oposiciones no habrían podido detener la propuesta integral de la presidenta Sheinbaum. Si antes de la reforma judicial hubo un plan B, igual pasará con la electoral. Es cuestión de tiempo. E4
Oportunismo verde: el partido del tucán, lealtades quebradizas
La alianza del PVEM con Morena le ha permitido escalar a la tercera posición entre las principales fuerzas políticas. Las cosas podrían cambiar en 2027
Si para Andrés Manuel López Obrador gobernar «no tiene mucha ciencia», y la política, más que arte, es «juicio práctico, transformar, hacer historia (…), un oficio noble que permite a la autoridad servir a sus semejantes», para la presidenta Claudia Sheinbaum la reforma electoral rechazada por el Congreso era «muy sencilla». En Comondú, Baja California Sur, último territorio federal que se convirtió en estado, la mandataria tocó uno de los temas que pusieron en 20 uñas a la partidocracia: los diputados plurinominales. «Está bien que haya 200 diputados, de acuerdo a la proporción de los partidos, pero (…) que los elija el pueblo; si votaste por un partido, pues también elige a los de representación proporcional».
Después de revisar el dictamen de la comisión encargada de elaborar las propuestas sobre la reforma, para evitar «contradicciones», la presidenta envió al Congreso la iniciativa para su análisis y discusión. Sheinbaum había resistido las presiones de propios y extraños, incluida la «comentocracia». Frente a la firmeza de la presidenta, los partidos Verde (PVEM) y del Trabajo (PT), socios de Morena, tomaron el camino más riesgoso: desafiarla y romper la mayoría calificada en el Congreso para bloquear la iniciativa. Pasaron por alto que sin el paraguas de la 4T, en las elecciones del año próximo no tendrán la misma representación en el Congreso ni en los Gobiernos locales.
El coordinador de la fracción parlamentaria del PVEM en el Senado, Manuel Velasco, había declarado la víspera de la presentación del proyecto, que las coincidencias con la iniciativa presidencial eran de «un 90 o 95%». El Comité Ejecutivo Nacional se deslindó. El PVEM es un partido familiar, registrado por el Instituto Federal Electoral (IFE) en 1993. Su primer candidato presidencial, en 1994, no podía ser otro que su fundador: Jorge González Torres (expriista), cuyo lema de campaña resultó tan persuasivo como eficaz: «No votes por un político». Los electores no se fueron con el engaño y solo 327 mil cruzaron la boleta del partido del tucán. Un honroso 0.9 % de la votación total.
Para evitar el riesgo de perder su registro, el PVEM se coligó con el PAN en las elecciones de 2000 y contribuyó al triunfo de Vicente Fox. La alianza no duró ni la luna de miel. El senador Jorge Emilio González Martínez, «el Niño Verde», acusó a Fox de marginar a su partido y de no cumplir sus promesas. La ruptura se debió a que el Gobierno del «cambio» no cedió al PVEM las posiciones a las cuales creía tener derecho, como la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales. Fox siguió el consejo de no rodearse de políticos, y designó a un técnico, Víctor Lichtinger.
Al PVEM le falló la puntería en 2006, cuando apoyó la candidatura del priista Roberto Madrazo. En esa elección —la más controvertida después de la de 1988— Felipe Calderón fue declarado ganador entre acusaciones de fraude y el país volcado en favor de Andrés Manuel López Obrador. El PVEM mantuvo su apuesta por el PRI en 2012; acertó, pero en el Gobierno de Enrique Peña Nieto no tuvo relevancia. Las mejores sociedades de los verdes han sido con Morena. En el Congreso desplazó al PRI como tercera fuerza política y al PAN le pisa los talones: tiene 62 diputados y 14 senadores. También gobierna San Luis Potosí, donde la sucesora de Ricardo Gallardo podría ser su esposa Ruth González Silva, aun cuando la presidenta Sheinbaum se opone al nepotismo. Romper con el partido de la 4T puede regresar al PVEM a la irrelevancia. E4
El PT, de raíz salinista, caballo de Troya
El partido rojiamarillo no se ha coligado nunca con el PRI ni el PAN. Sin embargo, votó con ellos contra la propuesta de CS para reformar el sistema electoral
«Este estudiante maoísta y amigo de los Salinas de Gortari ha navegado con el Partido del Trabajo durante más de tres décadas siempre del lado del que le garantice el registro y, con ello, el dinero, el poder político». Dulce Olvera cierra con esta frase lapidaria el perfil de Alberto «el Profe» Anaya, titulado: «Líder del PT, nunca electo y siempre pluri, está hoy con la 4T como antes lo estuvo con Salinas» (Sin Embargo, 26.05.24). La organización se fundó en 1990 bajo el patrocinio del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari. El partido rojiamarillo declaraba en su lema («Unidad Nacional. ¡Todo el poder para el pueblo!») su objetivo: dividir el voto de la izquierda, unificada en torno al PRD. Su líder, Cuauhtémoc Cárdenas, pudo haber vencido a Salinas en 1988 si la elección hubiera sido limpia.
«Líder del PT, nunca electo y siempre pluri, está hoy con la 4T como antes lo estuvo con Salinas»
(Dulce Olvera. Sin Embargo, 26.05.24)
El PT, al igual que el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), solo ha participado en una sucesión del presidente —la misma de 1994— con candidato propio, en su caso una mujer. Cecilia Soto González obtuvo 970 mil votos, el triple de los conseguidos por Jorge González Torres, del Verde. El resultado definió el futuro de ambas fuerzas como satélites de los partidos grandes. Pero el PT, a diferencia del Verde, jamás se ha aliado al PRI o al PAN en elecciones presidenciales. En los cinco últimos procesos se unió al PRD y a Morena para apoyar a Andrés Manuel López Obrador y a Claudia Sheinbaum.
La izquierda fue reprimida históricamente por el Gobierno. Salinas dio otra vuelta de tuerca en su sexenio. Para legitimar su presidencia y suprimir al PRD, se asoció con el PAN, la iglesia y los grupos de poder, y junto con su hermano Raúl alentó la formación del PT. Ambos simpatizaron en su juventud con la línea maoísta. Más que por afinidad ideológica, para hacerse con el poder por otras vías si en el PRI no las hallaba. Los Salinas pasaron temporadas en el ejido Batopilas, de Francisco I. Madero, Coahuila, junto con Hugo Andrés Araujo.
Dulce Olvera cita, en su crónica, al historiador de izquierda Carlos Illades: «Los orígenes del PT se remontan al año 1968, cuando (…) un grupo comandado por Adolfo Orive Bellinger (…) publica un documento (…) Política Popular (…) de orientación marxista (aunque) más particularmente maoísta, para desarrollar una intervención en los movimiento sociales en México. Ese grupo se instala en la UNAM y se divide en dos grandes líneas, ambas con acción en los movimientos sociales en el norte del país y en el ambiente universitario de CDMX y también en Chiapas. Una es Línea Proletaria —a la que se adscribe (Alberto) Anaya— y otra se llama Línea de Masas». La que Salinas adoptaría más para neutralizar al PRD. Salinas visitaba Batopilas en forma anónima.
Orive y Salinas, apunta Illades, «eran hijos de exfuncionarios públicos adinerados: Adolfo Orive Alba fue secretario de Recursos Hidráulicos en el Gobierno de Miguel Alemán y Raúl Salinas Lozano, secretario de Comercio con Adolfo López Mateos. Durante el Gobierno de Salinas de Gortari, el líder de Política Popular, Adolfo Orive hijo y otros integrantes coordinaron el programa Solidaridad». El voto del PT contra la reforma electoral tendrá costos. La bomba de oxígeno que lo mantiene vivo es Morena. Ningún otro partido le asegura el registro. En 1991 lo perdió por no lograr la votación mínima del 1.5%. Hoy el porcentaje para conservarlo es del 3%. Al profe Beto se le acabará la fiesta. E4
