Sangran los ojos
del rincón sin nombre
de la especie bélica que olvidó su alma
al habitar un mundo irreconocible,
de dolor, de desarmonía sin humanidad.
Rota…
deshecha inconsciencia
cansada de una niñez sin memoria,
de guerras atravesando el pecho.
Pero no…
no se puede des-saber lo vivido
ni des-sentir lo sentido.
Y entonces arde…
arde este anhelo brutal
de una especie más alta,
más limpia,
más incapaz de herirse a sí misma.
Una especie que no necesite aprender la paz
porque jamás olvidó cómo venerarla.
Sin embargo…
nos mordemos entre nosotros,
nos creemos ajenos,
sin saber que nos lloramos en distintos cuerpos,
misma carne, misma conciencia desangrada.
Hagamos trizas esta historia repetida
de frías y ataráxicas estadísticas.
¡A reconstruir!
Con manos nuevas.
Con miradas que no conozcan el odio,
con palabras de sosiego.
Entender —con rabia sagrada—
que no somos víctimas de la guerra.
Somos su pausa eterna…
Y decirlo…
con certeza,
con poder,
con compasión.
¡Ya no más!
Ya jamás
lastimaremos
nuestro mundo.

Excelente,siempre por siempre
Sensible como todo tu ser.