Pernicioso escepticismo

Hay condiciones para que la deriva autoritaria llegue al poder. En México y en muchas otras naciones como EE. UU. tuvo que ver el descontento social y un personaje que pudiera capitalizarlo. No fue un movimiento en el sentido de un proceso social hacia un objetivo compartido, ni siquiera claridad sobre qué se rechazaba, sino un proyecto en torno a una persona que simbolizó ese descontento con lo que cada uno a su buen entender repudiaba.
López Obrador y Trump a pesar de sus diferencias son expresión de un mismo proceso. En un país rico y poderoso la insatisfacción se cultiva por la insuficiencia de lo que con exceso se tiene; en uno pobre, desigual y con instituciones frágiles el encono es más profundo y la indignación se extiende por todo el cuerpo nacional. El proyecto requiere sus enemigos, siempre los del pasado, los malos gobernantes, los migrantes, complacientes y corruptos. En ambos el rechazo al orden existente es combustible para su proyecto y, consecuentemente, son abierta y eficazmente destructivos de las reglas, valores e instituciones. La insuficiencia del sistema se exagera, los enemigos se inventan o se engrandecen, recursos necesarios para derribar al régimen previo sin resistencias. No se puede hablar de una revolución pacífica porque en el camino va la vida de millones de personas, como en México por la mala política de salud y seguridad. En EE. UU. el recorte presupuestal significa muerte dentro y fuera de su territorio. Ambos alientan la militarización.
La diferencia de lo que ocurrió en México, presente en EE. UU., tiene mucho que ver con la fortaleza y la profundidad de su democracia; en parte histórica, como el anhelo en nuestro país por un «salvador» y en el vecino el rechazo generalizado a un presidente que se transformara en «rey». En un caso la obsesión compartida por concentrar poder en un caudillo; en el otro, regularlo para que la amenaza del exterior no revirtiera el logro de poder desconcentrado obtenido.
Las condiciones de reproducción de la pulsión autocrática son diferentes. No sólo razones históricas explican la fácil destrucción del frágil edificio de la República democrática; no se desarrolló ciudadanía y las élites no fueron consecuentes con el nuevo régimen liberal democrático. Desde el Gobierno, con el PRI y el PAN se dejó pasar la siguiente etapa de la transformación política del país, que apuntaba a empoderar al ciudadano, mejorar la representación con un mayor equilibrio entre pluralidad y asientos legislativos, así como eliminar la partidocracia y la suplantación de los partidos por dirigencias corruptas y excluyentes. La distancia entre política y sociedad se volvió creciente, generando un profundo sentimiento de agravio por la corrupción y la incapacidad del estado para garantizar seguridad.
En EE. UU. la resistencia a Trump es relevante y muy probablemente verá reducido su poder en la próxima contienda democrática. Allá, la mayoría rechaza a Trump presidente, acá en su momento López Obrador y ahora Claudia Sheinbaum registran elevadas tasas de aceptación, que resulta de la ausencia de escrutinio social y un inexistente debate público sobre temas fundamentales por la debilidad de la libertad de expresión, rehén, más que todo, de la autocensura. El poder regaña, insulta e intimida, pero son los dueños o los directivos de los medios quienes silencian las voces independientes, ya no se diga las críticas o contestatarias. La autocensura se engalana como el factor más poderoso para el consenso del régimen autoritario.
Lo peor que puede acontecer es cultivar el sentimiento de derrota, el escepticismo sobre el poder del voto para modificar el curso de la historia. La abstención constituye la forma más perversa de avalar al sistema. Por eso el escepticismo no debe significar claudicación. Nada impide, a pesar de la mediocre oposición y muy probable así suceda —como en 2021—, que la sociedad se sorprenda así misma en su capacidad de resistir y rechazar al mal gobierno y su deriva totalitaria.
Regalo rechazado: hizo bien la presidenta Sheinbaum en rechazar en un evento de mujeres artesanas en Guerrero, el presente del exgobernador Ángel Aguirre. Empero, la expresión de la mandataria recogida por Quadratín Guerrero no fue la correcta, hace creer que los regalos son aceptados dependiendo del remitente, cuando el regalo debe ser rechazado si viene del gobernado. «No recibo regalo de ellos», ¿de quién sí? señora presidenta, ¿de los Yunes?, ¿de aquellos que han abonado el camino del desmantelamiento del régimen democrático y que con singular alegría transitaron de la oposición a una curul del régimen o a una representación diplomática?

No es nuevo el cinismo
Cuando la verdad humilla al poder, éste se viste de cinismo, pulsión de todo régimen político, hasta en la democracia ocurre el desfiguro. Esto aumenta conforme se hace presente la impunidad, no sólo la legal, la de los tribunales y las sentencias, sino la impunidad social, voz ingrata que resulta de la libertad de expresión y que suele ser una manera de justicia por propia mano, impredecible e inmanejable. Por eso el cinismo en el poder se acompaña de la maledicencia y ahora la irreverencia en las redes, con frecuencia majadera.
El cinismo es una forma de venganza. Así es cuando la realidad incomoda y exhibe. Si la corrupción galopea alegremente en el territorio del régimen político, incluyendo a la oposición y élites, entonces debe plantarle cara a la hostil realidad; nada mejor que el cinismo compartido. Si el país está ensangrentado, presumir la baja en los homicidios; si la economía cruje, recurrir a las cifras que acomoden y declarar victoria; si Trump violenta la soberanía nacional, gritar que es porque lo pedimos; si hubo una elección tramposa sin precedente, afirmar que somos el país más democrático del orbe; si el ineficiente sistema de salud y el abasto de medicinas persisten, decir que estamos mejor que Dinamarca. Existen libertades cuando la autocensura se apuntó victoria años antes.
Por eso el cinismo requiere de un enemigo, sean los conservadores, neoliberales o los corruptos periodistas al acecho de las finas personas en la cúpula del régimen. Son muchos en el elenco: en el Poder Legislativo, Fernández Noroña, «dato protegido» y su marido Sergio Gutiérrez Luna; en el Judicial, Lenia Batres. En Morena las palmas se las lleva Andrés López Beltrán. Todos tienen en común darse por ofendidos y dirigir su reclamo a los medios de comunicación, así generalizando, aunque la mayoría baile al son del que manda y paga. Ahora, en este segundo piso de la transformación el enemigo es la oposición, pero no la del PRIAN, ni la de MC, sino la crítica de deviene de la menguada libertad de expresión.
El cinismo no hace cuentas ni da ocasión para avizorar el futuro. La realidad incomoda y es muy comprometedora; no es suficiente ignorarla o tergiversarla, también hay que burlarse de ésta, bajo la premisa que lo que se quiere existe, pretensión de todo proyecto intransigente. Así, en su imaginario el país se dirige a un promisorio destino después del horror del pasado, sin corrupción, sin desigualdad y pobreza, sin violencia, con funcionarios probos y humildes, con un pueblo que manda y un gobierno que obedece, con un poderoso y cruel vecino que respeta; lo podrido remite a Dinamarca, no a este país de grandes hazañas y proezas históricas, especialmente la que ahora se teje.
En estos tiempos de populismo el cinismo es virtud, eficaz para el poder, pulsión que no es exclusiva de nuestra nación, allí está Trump y si se quiere ir un poco más allá, Netanyahu y su política de exterminio. Los vericuetos de la legalidad, de los derechos humanos, de los límites al poder, de las libertades y de la coexistencia entre diferentes son trampa de los enemigos del progreso, de la transformación de la vida nacional, de la auténtica justicia y verdadera democracia; no la de procedimientos, reglas y derechos, que todo complica y, sobre todo, confunde. Nada reconforta más que la verdad revelada.
La culpa no la tiene el cínico sino quien lo hizo gobierno. La mentira se ha vuelto adicción, de los que están a favor porque anhelan reafirmar esperanza; los que están en contra, para ratificar la razón de su rechazo. El cínico sufrió para ganar el poder, pero para sorpresa propia y ajena, funcionó muy bien para ejercerlo y reafirmarse. La adicción es de unos y otros, se asiste a un espectáculo en el teatro nacional que proyecta una dolorosa tragedia.
Parte del cinismo del poder es la convicción de vida eterna e imprescindible la tesis de que se llegó para quedarse, pretensión de todo anhelo autoritario. Por eso se busca alterar las premisas de justa competencia para reproducirse en el poder. Trump acude al gobernador Greg Abbot para trampear la elección próxima, un asunto menor e ineficaz; aquí la doctora Sheinbaum va en serio, y para ello nada mejor que el comisario Pablo Gómez, portento del estalinismo en el siglo XXI.

Autor invitado.

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