La expresión “hincha” tiene su origen en el entusiasmo del “hincha/infla pelotas”
Prudencio Miguel Reyes, fan del Club Nacional de Montevideo
Mientras transcurría el Mundial, leí Fiebre en las gradas de Nick Hornby. Un clásico sobre el fanatismo en el futbol. El libro es de 1992, pero sigue siendo de utilidad para quienes solemos perder la cabeza por el futbol y otros deportes. Realicemos nuestro obligado examen de conciencia.
Nick Hornby confiesa su obsesión por el Arsenal, club de futbol inglés que durante los 25 años que consigna el autor, de 1968 a 1992, se vio sumido en la derrota. Desde finales de los 80 el Arsenal se ha convertido en un club exitoso. Pero ese rasgo obsesivo se delata mejor si contamos su historia de fracasos y no tanto de triunfos y éxitos.
Nosotros, desde el 86, hemos estado obsesionados con el famoso quinto partido. Ya se cumplieron 40 años y no hemos podido superar ese escollo. En este Mundial, en particular, la fiebre de la que habla Nick Hornby se expresó en el grito del «¿y si sí?» y en la figura de un pato, el Pato Merlín, calzándose la casaca verde de la selección mexicana. Desgraciadamente, no aprendemos de la historia, olvidamos fácilmente el pasado y nos ilusionamos con la posibilidad de estar en cuartos o en semifinales. Además, la celebración del triunfo sobre Ecuador se vio empañada por cuatro decesos lamentables que nos consternaron a todos y a todas.
Hornby intenta responder a la pregunta «¿qué significa ser un hincha?». Una primera respuesta la encontramos en la página 26: «…el estado natural del hincha futbolero es de una amarga desilusión, al margen del resultado del marcador». Los resultados son secundarios. «Para nosotros, el consumo es lo que cuenta: la calidad del producto es algo insustancial» (p. 208). Además, el futbol del Arsenal no ha sido especialmente bello, es más bien aburrido. La pregunta obligada que nos asalta es la siguiente: «Si tu equipo juega la mar de aburrido y además no gana, ¿qué haces entonces cada 15 días en el estadio dizque apoyando a tu club?». Sin recato, el autor de Fever pitch riposta: «Yo voy al fútbol por muchas y variadas razones, pero no voy buscando entretenimiento» (p. 187). Todo esto parece contradictorio.
La obsesión por el Arsenal se torna omnipresente en la siguiente aseveración de Hornby: «La unidad de medida de mi vida han sido los partidos jugados por el Arsenal. Todo acontecimiento dotado de cierto significado tiene en mi vida un matiz futbolístico» (p. 113). Es impresionante la cortedad de miras. La pasión que desata el futbol lo consume todo, incluyendo al sentido común. ¿Cómo se puede presenciar y disfrutar un partido de futbol sólo 15 días después de que casi un centenar de personas han muerto en otro cotejo, en Hillsborough? Es verdad lo que dice Kierkegaard que «pierde menos quien se pierde en su pasión que quien pierde la pasión», pero finalmente ese sujeto pierde algo y no vinimos a esta vida a deprimirnos.
En la narración de Hornby destaca la irracionalidad del hincha que aparece indiferente ante el desmayo de su novia, mientras observa expectante cómo se decide un partido del Arsenal. Resalta también la irracionalidad de estar dispuesto a aceptar un Gobierno conservador, el de la Thatcher, si así se cuenta con la garantía de que el Arsenal ganará la final de Copa. Aún no puedo creer que haya visto el partido entre el Liverpool y la Juve, en 1985, al que le antecedió la tragedia de Heysel. Sin autocrítica escribe: «Yo prefiero pensar que tengo a mano toda clase de respuestas acerca de casi todas las irracionalidades que tienen que ver con el fútbol» (p. 218).
Pero el hincha no solo se deprime, también vibra eufórico con el triunfo de su equipo. Hornby culmina su libro describiendo la racha ganadora del Arsenal, equipo que tenía años de sufrir reveses. Hay una escena que describe y que coincide con algo que yo hice al festejar el gol de Robson Luiz en el año 2001 cuando el Santos fue campeón. Resulta que, en 1989, después de 18 años, el Arsenal conquista la Liga. «Y de pronto Thomas dio un salto mortal y yo me tiré por el suelo, y todos los que estaban conmigo en el cuarto de estar se me echaron encima» (p. 316). Ambos terminamos en el suelo liberando toda la adrenalina contenida. Una verdadera locura.
De todo esto se colige que el hincha es un tanto bipolar. Mientras pierde, y vaya que el Arsenal mordió el polvo muchos años antes de ese 1989, el perro negro de la depresión se apodera de él. Pero una vez que gana, la euforia completa el ciclo del maníaco-depresivo que todos llevamos dentro.
El hincha que describe Hornby en su autobiografía es un ente dependiente, que está encadenado a su club y, como él lo narra, a «esta miserable vida, para siempre» (p. 225). Es un ente obsesivo. Es un ente irracional. Ante esto, es preciso tomar distancia. Los años ayudan y uno ya no se deja llevar igual que antes por la preferencia hacia su equipo. Va uno curándose lentamente, sin dejar de querer al club de sus amores. Va uno deshaciéndose de las afecciones desordenadas como aconseja San Ignacio de Loyola. Va uno «en busca del tiempo perdido» como sugiere el título de la novela necesaria de Marcel Proust.
Referencia:
Hornby, N. (2025). Fiebre en las gradas. Anagrama. Compactos. 852.

No lo vivo.
Cuando podía jugar soccer juegue la mayoría del tiempo como defensa no era muy bueno o otras posiciones. Y también juegue de medio tanto de contención como delantero.
Me ti goles si no muchos evite goles si muchos con gran éxito fui la pesadilla para muchos delanteros y medio para qué anotaron un gol. Sobre irle a un equipo siempre me simpatizaron los Pumas de la UNAM. No tienen muchos campeonatos pero los tienen. Es un equipo que siempre le ha puesto la sal y la pimienta a las jornadas en fútbol soccer de México.
Hoy en día no veo absolutamente nada de fútbol.
Sobre la filosofía tome un deporte personal que si práctico diario y es ciclismo de turismo y de trabajo.
No lo hago como deporte sino por necesidad y por un gran gusto. Hoy por hoy mi única afección desordenada es la comida y las sodas gaseosas de cola.
Inútilmente compensadas por ratos de ciclismo urbano. Actividad de alto riesgo en Guadalajara, México o cualquier urbe.
Estás en manos literalmente de los conductores que pasan a tu lado. Aquí si aplica lo del hincha. Puedes quedar totalmente hinchado con caídas, alcantarillas y atropellamientos. Ahora mi pasión es el ciclismo tengo unas once bicicletas. Inclusive una exclusiva en Ocotlán que uso para el traslado al trabajo de ida y vuelta. Sería fascinante saber si Kierkegaard usaría bicicleta 🚲 allá es Copenhague se lo preguntaré a la IA como investigación y dato curioso.
Usted no deje de tener una vida con pasión, nunca deje entrar al espíritu del viejo.
Conserve se y cuídese, entre los excesos y los actitudes de moderación para prolongación la levedad del Ser. Cosa casi imposible pero medida por afecciones a los medios de comunicación y deportes televisados o no.
V.M.G.R. saludos a los lectores de prosapia.