Relatos mundialistas 70-86-94
Antecedente I:
Brasil y Escocia, grupo C (2026); 74, 82, 90 y 98
Hay selecciones que, en Mundiales, se han topado veces casi exageradas. Pero normalmente eso pasa cuando se trata de potencias que siempre están ahí, en los juegos definitivos. Así como un Alemania-Argentina —siete choques—, que hasta en finales de Copa del Mundo han coincidido más de una vez.
Aún así, los más extraños —entonces— son aquellos donde el capricho del sorteo y la fase-de-grupos hace de las suyas. Así es el Brasil-Escocia que, en este verano de Mundial norteamericano, se encontrarán por quinta vez en juego de grupo. En esa genial compilación de crónicas llamada Dios es redondo, Juan Villoro escribió que: de existir una Copa Mundial dedicada a las aficiones más apasionadas… la final siempre sería México contra… sí, Escocia.
Por lo tanto, si Brasil es el verdadero máximo ganador de Copa del Mundo —cinco: 58, 62, 70, 94 y 2002—, sus partidos con Escocia han de ser particulares duelos. Incluso el empate más escueto.
Porque los escoceses se han negado a asumir un papel de meros espectadores. Y eso se les agradece. Jamás ha encontrado Brasil una auténtica tranquilidad en ellos. Se trata de un equipo siempre incómodo, aún y cuando el marcador termina en favor de la canarinha… como —casi— siempre. Es una rivalidad rica en resistencia.
Con todo y jerarquías, nunca los clanes de María Estuardo se han arrodillado frente a la descendencia de O Rei. Escocia no se paraliza. Sí admira, aguanta y molesta. Posee esa dignidad de saberse recordada por sus grandes rivales.
Cuatro veces han sucedido estos dos. Pronto serán cinco. Llega Brasil siempre con la genialidad en ristre. Escocia: con el desafío en la cara, y la pierna firme. La típica «(in)justicia» histórico-mundialista se alineará —hasta con cierta reverencia— del lado del Scratch du Oro. Así es el asunto. Pero… el batallar siempre será: parejo. Es un recordatorio de que no todos los relatos mundialistas versan sobre triunfos y gestas. Se trata de cómo algunas selecciones han perfeccionado una extraña especialidad: ser inconvenientes testigos de la grandeza.
Alemania 74: coordenada cero
Una noche espesa para mejor —mojar— en güisqui. Esocia y Brasil cosieron un empate con técnica de la morcilla. La noche del 18 de junio en Fráncfort trajo un choque con navajas entre los dientes, más de 60 mil aficionados y varias tribulaciones… del gigantesco Goethe, hijo predilecto de la ciudad. Brasil llegaba como campeón del mundo, pero ya sin Pelé. Ahora el 10 lo llevaba el Rivellino del Corinthians-Paulista, un mediocampista que lo aprendió todo del rey. Así como el nuevo referente en punta, Jairzinho, que continuó con su eterno dorsal siete, pero ahora mucho más agazapado al ataque.
La batuta era del ya célebre Velho Lobo: Mário L. Zagallo, quien cuatro años antes dirigió a la Verde-Amarela rumbo al campeonato en México 70. Este Viejo Lobo es —junto con Beckenbauer (Alemania) y Deschamps (Francia)— estratega de alcurnia. Uno de los tres mariscales capaces de ganar un Mundial como jugador y como director técnico. Y a diferencia de Franz y Didier: Lobo Zagallo se dio el lujo de hacerlo en más de una ocasión.
Ese era el Brasil contra el que se estampó Escocia en Alemania 74. La selección de gaita y tweed lo abalanzó todo cuanto pudo. Era una cuadrilla cuyo medio equipo militaba en la liga inglesa. Sí, la actual Premier League. El cuadro titular era, prácticamente, un tajo del Leeds United. Los demás que saltaron esa tarde al estadio del Eintracht jugaban en sendos equipos de Manchester. Tenía —tal cual— grata formación esa selección escocesa de los años 70.
La difícil paradoja yació en el hecho de que —¿gracias? o— por culpa de ese cero a cero… Escocia quedó eliminada en fase regular. Fue, precisamente, la diferencia de goles lo que la rezagó al tercer lugar de aquel grupo dos con —exactamente— los mismos puntos que Brasil. Menos un gol de diferencia que lo trastornó todo. Quien ya había pasado de refilón fue —la ahora extinta— Yugoslavia que, gracias a una suerte de masacre al Zaire por 9 contra 0, desfiló con una monumental diferencia de goles para ganar el grupo.
Cuatro meses más tarde, ahí en las carteleras del viejo Fráncfort se estrenó The Texas Chain Saw Massacre, de un Tobe Hooper que reinventaba un subgénero completo, inspirado en terrores reales del midwest gringo.
Y ni modo… a temblar. En los pubs de Edimburgo y Glasgow también se habló de entereza en equipo, y de cómo Bennie no sería nadie sin los Jets. El icónico Goodbye, yellow brick road de Elton John aún estaba en la cómoda. Había que alegrar y calidecer a ese tiro septentrional de la isla británica.
Y continuará en la noche de Sevilla; España 82…
A estas alturas, este proyecto narrativo de Espacio 4 ya dio su primera vuelta entera. Con emoción recordamos que cada una de estas escalas se arroja a los relatos mundialistas de México 70, México 86 y Estados Unidos 94: es decir… las mismas latitudes por donde —este verano— rebotará el balón norteamericano de la Copa del Mundo 2026, junto con Canadá, que debuta como sede.
Toca comunicar cómo, entre los relatos del 94 —número 787— y la vuelta al México 70, existe un separador que busca generar ricas expectativas rumbo a los partidos que, gracias al sorteo de grupos, ya se conocen. Todo con el objetivo de buscar antecedentes oficiales en Copas del Mundo según la configuración de calendario para este Mundial 2026.
En resumen, el caminito narrador corre así: relatos de México 70, relatos de México 86, relatos de Estados Unidos. 94, y antecedentes a la fase de grupos de Norteamérica 2026.
Siguiente número: México 70.
Pronto: segunda parte de los antecedentes Brasil-Escocia.
Saludos desde el archivo de balones…
Telstar-Azteca-Questra-Trionda
