El presidente Donald Trump no acabará bien su mandato, si acaso lo completa. Quien más se empeña en que así ocurra es él. Sus predecesores republicanos y demócratas incurrieron en errores, propios de la falibilidad humana, y otros agravados, como en el caso de Trump, por el síndrome de hybris que enferma a los poderosos y les induce a cometer las peores estupideces, empujados por una superioridad imaginaria. El mandatario estadounidense representa un caso clínico, pues la desmesura y mitomanía del bandolero se acompañan de un cinismo y una megalomanía patológicos.
David Owen, exsecretario de Relaciones Exteriores del Reino Unido y fundador del Partido Social Demócrata, representa a los líderes mundiales tal cual son, hombres de carne y hueso, en su libro En el poder y en la enfermedad: Enfermedades de los Jefes de Estado y de Gobierno en los últimos cien años (2008). Describe los padecimientos del primer ministro Anthony Eden y del presidente John F. Kennedy, la afección secreta del shá de Persia, Mohamed Reza Pahleví. También habla del cáncer de próstata del presidente de Francia, Francois Mitterrand, de la «embriaguez del poder» de George W. Bush y Tony Blair, y de la influencia de esos males en sus decisiones.
La obra empieza con la «Oración del médico» del escocés, Robert Hutchison, autor de libros sobre medicina: «De la incapacidad para evitar meterse en camisas de once varas, del afán excesivo por lo nuevo y el desprecio por lo antiguo, de poner el conocimiento por delante de la sabiduría, la ciencia por delante del arte y el ingenio por delante del sentido común, de tratar a los pacientes como casos y de hacer que la curación de las enfermedades sea menos dolorosa que soportarla, líbranos, Señor». Los hombres del poder disimulan u ocultan sus padecimientos para no verse terrenales y para aferrarse al puesto.
El libro de Owen, lord vitalicio de la Cámara de los Comunes, es imprescindible, sobre todo en estos tiempos, pues explora las profundidades de la mente en ambientes de poder que la rebasan. Asimismo brinda claves para entender la iracundia y el comportamiento errático de un hombre que no está hecho para la política, sino para la jungla de los negocios. Así actúa Trump desde que se instaló por primera vez en la Oficina Oval, en una de esas malas jugadas que la democracia le hace pasar al mundo cada vez, por desgracia, con mayor frecuencia (Bukele, Milei, Noboa y Peña, comparsas además de Trump). Owen cita la Retórica de Aristóteles para advertir que el placer de quien busca en un acto de hybris radica en mostrar superioridad: «Por esta razón los jóvenes y los ricos son proclives a insultar [hybristai, es decir, insolentes], pues piensan que cometiéndolos [los actos de hybris] se muestran superiores».
Apunta que no fue en la filosofía, sino en el drama, donde «el concepto para explorar las pautas de conducta soberbia, sus causas y sus consecuencias» evolucionó. Traza la siguiente ruta aproximada: «El héroe se gana la gloria y la aclamación al obtener un éxito inusitado contra todo pronóstico. La experiencia se le sube a la cabeza: empieza a tratar a los demás, simples mortales y corrientes, con desprecio y desdén, y llega a tener más fe en sus propias facultades que empieza a creerse capaz de cualquier cosa».
Arrebatado de sí mismo, el ídolo confunde la realidad y toma decisiones equivocadas. «Al final se lleva su merecido y se encuentra con su propia némesis», dice Owen. Némesis, en la mitología griega, representa a la diosa del castigo. El Diccionario del Español de México la define como: «Respuesta de justa indignación y aún de venganza contra la arrogancia y la subversión del orden, de los valores o de la virtud». «El héroe que comete acto de hybris pretende transgredir la condición humana, imaginando que es superior y que tiene poderes similares a los de los dioses. Pero los dioses no toleran semejante cosa, de modo que son ellos quienes lo destruyen». La sentencia de Owen se cumplirá con Trump más tarde que temprano.
Bandera de la resistencia
Quien presenta a los migrantes como animales, incita a tratarlos como tales. A patearlos en el piso, dispararles a mansalva y cometer contra ellos cualquier tipo abuso. A sembrar terror y a detener a niños. El Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) lleva a extremos demenciales e inhumanos la consigna del presidente de Donald Trump de limpiar a Estados Unidos de lo que para él son lacras, pero que su país mira con otros ojos, como hermanos, por sus aportaciones a la cultura y la riqueza nacionales. Las políticas anti-inmigrantes de Trump, que entusiasman a una minoría supremacista, han producido el efecto bumerán. A la simpatía de un pueblo formado por inmigrantes se ha sumado algo más fuerte: la compasión. Minnesota es la bandera de la resistencia y la solidaridad.
País de profundas raíces religiosas, Estados Unidos empieza a ver al monstruo —como él califica a los migrantes— que eligió por segunda vez, y se horroriza. Trump está cada vez más fuera de sí. Las tempestades que se abaten sobre él son fruto de los vientos que siembra en todas direcciones. Encona al mundo, desprecia y chantajea a aliados históricos, insulta sin rubor lo mismo al líder de un país pequeño que al presidente de una potencia grande o mediana. Y en casa pisotea a sus ciudadanos. La inquina contra los migrantes esconde sus complejos. Su misoginia es signo de debilidad. La superioridad que presume se sustenta sobre arenas movedizas. Trump es una parodia de sí mismo como lo han sido los déspotas más inicuos.
Trump pesa por su país, no por sí mismo. La mayoría de los estadounidenses empieza a verlo como una carga difícil de soportar. De acuerdo con una encuesta de The New York Times (NYT), Trump se ha ganado un lugar entre los peores presidentes de la historia de Estados Unidos. El club lo encabezan James Buchanan, Andrew Johnson y Warren G. Harding. También es reprobado por la forma de llevar la presidencia y por el manejo de asuntos estratégicos como la frontera con México, Venezuela, migración, economía, relaciones internacionales y el caso Epstein. Trump es un león acorralado, y actúa como tal.
Paul Krugman, Nobel de Economía 2008, aprecia en él los síntomas del síndrome sundowning: aumento de confusión, ansiedad, agitación y deambulación, entre otros, identificados al atardecer o durante la noche en personas con demencia o Alzheimer. Krugman habla desde la experiencia: «Al ponerse el sol (mi padre), se deterioraba, volviéndose confuso, paranoico y agresivo». Se trata, reconoce, de «una tragedia personal, no nacional ni mundial». Pero «es totalmente diferente cuando el presidente de Estados Unidos está en sundowning: un presidente rodeado de aduladores malignos que le dicen lo que quiere oír y le dan rienda suelta a todos sus caprichos, por muy destructivos que sean» (Reforma, 22.01.26).
El Nobel puso nombre y apellido a los zalameros: Stephen Miller, zar de políticas migratorias, señalado por el NYT, en 2017, por haber impedido la publicación de un estudio del Departamento de Salud y Servicios Humanos sobre el efecto neto positivo de los refugiados en los ingresos del Gobierno. La extravagante secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Moem, exgobernadora de Dakota del Sur. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien, contra las especulaciones acerca de las capacidades disminuidas de su jefe, ve un presidente en plenitud de facultades. Y Kash Patel, director del FBI, miembro de la junta directiva de Trump Media & Technology Group. Todo está dicho.
