En ocasiones cuesta salir de la rutina. A veces uno quisiera ser como ostra: quedarse cerrado, tranquilo, solo o con muy poca gente. Quizá por eso lo pensé más de dos veces cuando una amiga me invitó al concierto de Ricky Martin. La multitud le restaba puntos… pero, como diría Isma en Las locuras del emperador, ¿quién no ha soñado con Ricky? Y tenerlo en el mismo espacio no se da cada quincena.
Después de un no, y un sorbo de café, llegó el sí: vamos.
Que el boricua me sacara del clóset no es del todo cierto, pero tiene algo de verdad.
Corría el año 2010 cuando, a través de un comunicado en su sitio web y redes sociales —Facebook, cuando todavía era cool—, el exintegrante de Menudo declaró: «soy un homosexual afortunado». Lo hizo tras reflexionar sobre sus memorias —mismas que luego convirtió en libro— y después de haberse convertido en padre de sus gemelos.
Para muchos, sobraba que lo dijera. Para otros, fue solo una estrategia para alimentar el morbo. Para quien escribe, fue algo más: la visibilidad de un referente. Un artista masivo, sí, pero también una figura pública que hasta entonces había estado relativamente al margen del escándalo. Alguien que, para bien o para mal, podía ser ejemplo.
¿Y por qué importa esto?
Durante mucho tiempo, las representaciones LGBT estuvieron llenas de clichés: personajes caricaturizados, exagerados, incluso ridiculizados. Eso construyó un imaginario limitado sobre lo que significa ser parte de la comunidad. No es raro que, al hablar de orientación sexual, aún hoy surjan preguntas como: «¿entonces te gusta cortar el cabello, hablar amanerado, vestirte de mujer?». Estereotipos que, aunque puedan coincidir con algunas realidades, no definen a todos.
Ahí es donde Ricky Martin importa.
Su trayectoria, su exposición mediática y, por qué no decirlo, su físico, ayudaron a ampliar el panorama. A mostrar que no había una sola forma de ser. Que no todo era rumor o susurro. Él lo decía, lo sostenía y estaba dispuesto a hablar de ello.
Para quienes nacieron en los 2000 o después, tal vez sea difícil dimensionarlo. Hoy es relativamente común encontrar historias como Heartstopper o películas como Llámame por tu nombre. Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que acercarse a estos temas era impensable, incluso «peligroso».
Claro, antes hubo figuras valientes, como Nancy Cárdenas, quien abrió camino al declararse públicamente en la televisión mexicana. Pero el impacto de Ricky Martin fue distinto: masivo, global, imposible de ignorar. Su mensaje fue, para muchos, una bocanada de aire.
Siendo muy claros: no es lo mismo decir que eres gay desde el estereotipo de una película de ficheras —con todo respeto al género— que decirlo desde un lugar de éxito, reconocimiento y normalidad. No es lo mismo decir «soy»… que decir «soy como Ricky Martin».
Han pasado los años. Ricky se casó, se divorció, siguió haciendo música, llenando escenarios. Su presencia en eventos como el Super Bowl confirma algo: no solo mueve masas con su voz, también con lo que representa.
Y tal vez ahí está el punto.
No se trata de quién te «saca del clóset», sino de quién te hace sentir que puedes salir… sin miedo.
