Sí, lo reafirmo una vez más: la desdicha de nuestro tiempo mexicano consiste en tolerar, casi de manera natural, lo superfluo, la falsedad sagazmente planeada, la mentira dicha a conciencia y con perversa intención.
Y la tolera porque es claramente una coyuntura donde el engaño y la mentira son las premisas básicas de conducción de nuestra clase política, que ha confundido intencionalmente la democracia construida a partir de la base ciudadana con la democracia del sufragio, es decir, de las multitudes; eso ha hecho que hoy tengamos una práctica política pensada no para alcanzar el éxito en las políticas públicas que debieran llevar a alcanzar el bienestar para todos sino el empoderamiento de una minoría que privilegia sus intereses.
Las últimas dos grandes elecciones en México arrojaron como indeseable resultado de sufragio el surgimiento de Morena como el máximo poder de partido político, representado por el dirigente máximo de ese partido y por la heredera de aquel. Añado ahora que ambos, Morena y los dos presidentes emanados de esa agrupación son, precisamente, la mejor expresión de la mentira y el engaño.
Todos los políticos de este gobierno, ociosos de burocracia institucional, palurdos de las acciones de relación y aprendices de nada, deberían constituir una fauna de interés científico por lo instintivo de su comportamiento, frente a los problemas esenciales del país ignorados olímpicamente por ellos.
Toda la legión de esta emergente clase social es hoy la única privilegiada en el mundo social mexicano. Y es privilegiada porque el gobierno en turno, a sabiendas de que no vale nada, ha llegado a convertir a la población entera, gremios, corporaciones, hombres de negocios, personas de calidad, en una especie de familia masiva que miente a favor del gobierno que lo adula a cambio de un beneficio otorgado en forma de ofensiva dádiva ofrecida bajo el rubro eufemístico de «programa social».
La conversión ha sido muy simple y ha resultado de una facilidad pasmosa. Ha ocurrido con la ayuda de nuevas formas de corrupción institucional, aunque realizadas bajo el amparo de un marco legal que las ofrece, en efecto, como programas sociales de gobierno pero que, en realidad, oculta lo peor de los políticos en sus intenciones; es un espejismo que deslumbra bien escondiendo la trampa puesta ahí con sutil eficacia.
El ejemplo más claro de lo anterior se manifiesta cuando el ciudadano que recibe una pensión, una beca, canta a los cuatro vientos las bondades del gobierno, y miente proclamándolas como bondadosa acción del gobernante en turno; se manifiesta cuando algunos medios de comunicación le dan continuación a la mentira a través de las voces y las plumas más autorizadas en sus páginas editoriales; se manifiesta cuando el coro laudatorio instalado en los recintos legislativos de la nación, sin debate de por medio, aprueban los caprichos ocurrentes del jefe mayor, sólo porque es el que manda y porque, además, se acomodan bien a los intereses del grupo. Todos son adeptos a la mentira y el engaño con la misma pasión de las porras futbolísticas.
El problema de toda esta mentira radica en que al pasar a través de los miles de personas que la siguen y la aclaman como verdad, se vuelve finalmente, verdad, proclamada por una multitud convertida en gobierno por el propio gobierno. Multitud, que ahora se entiende como pueblo, que gobierna; más aún, como pueblo sabio que no se equivoca; es decir: democracia de sufragio.
El gran secreto del engaño que le conviene al pueblo que quiere ser engañado, es muy simple. Consiste en formar una camarilla de pensamiento igual que pueda afiliarse a una sociedad para la admiración mutua. Una sociedad donde sus miembros se apoyen unos a otros con el lenguaje cotidiano, con la pluma aduladora y con la mansedumbre del siervo sometido, en persecución de beneficios mundanos ocultándose bajo la sombra de la muchedumbre, es decir, de la democracia pervertida por la política que ha hecho de los asuntos públicos mera murmuración.
La murmuración, que es lo propio de la muchedumbre, termina convertida en una vulgaridad. Y lo vulgar es siempre popular. Así que, si tenemos políticas públicas que no son sino meros murmullos, entonces tenemos políticos sumamente populares que, con un gesto, con un dejar caer una moneda, se fortalecen cada día.
El impacto es lo que importa porque la mentira se constituye en una amenaza de desintegración moral y se despliega una inusual capacidad del público para frivolizar, mediante la contribución de los muchos, sobre los asuntos más vitales de la nación. Aquí la muchedumbre se convierte en el Mal encarnado en el monstruo de gobierno en manos de esta clase de políticos que hoy ejerce su poder.
Si el Mal es la muchedumbre, si los muchos, convertidos en el caos que nos amenaza, entonces sólo podemos encontrar el rumbo en una sola cosa: convertirse en individuo, retornar a la creencia de que lo individual es una categoría esencial de la existencia.
Pienso, naturalmente, en un individuo capaz de elaborar procesos de razón, no de meros actos de instinto. Un individuo que alcance el status de ciudadanía, un ser poseedor de una conciencia para dilucidar los problemas que le atañen y que, por eso, puede elegir inteligentemente entre las opciones que le plantea la mejor solución de un problema.
El problema de una transformación basada en la opinión de la muchedumbre plantea cuestiones de extremo peligro. El mayor de ellas es que en la muchedumbre se diluye la responsabilidad del individuo y se pierde toda claridad de pensamiento.
Por eso en México, basados en esa práctica que pervierte a la democracia, la presidenta de la república, junto a las multitudes que lo aclaman públicamente puede, sin sonrojo de por medio, citar la fachada de cifras grandilocuentes que no resuelven nada porque distan mucho de la realidad; por eso también, con ese mismo sentido de engaño, puede inaugurar farmacias bienestar, aunque sean sólo carritos tamaleros, por ejemplo.
Por eso también la presidenta y las multitudes que la encumbran en la popularidad mediática del espectáculo teatral, puede ignorar la violencia que se ha adueñado de todos los escenarios del país y que se ha vestido de muerte (sólo a manera de un ejemplo más) en el sector salud donde la carencia impera.
Pero para eso está la multitud convertida en democracia perversa, para que en ella se diluya la responsabilidad de un gobierno que no ha sabido entender su tarea.
