La narrativa de Antonio Muñoz Molina recuerda que revelar un secreto no solo puede desatar tragedias, sino quebrar la confianza y la identidad. Saber callar, en cambio, es también un acto de conciencia
Lo peor de tiranías como la padecida por España es que su excesiva presión sobre los particulares, si bien hace brotar las cualidades más excelsas de unas cuantas almas excepcionales, extrae, en cambio, del común de los mortales, que no tenemos madera de héroes ni de santos, nuestras posibilidades más ruines.
Francisco Ayala
Recuerdos y olvidos
En diálogo con unos contertulios, barajamos algunos nombres en torno a la nueva narrativa española. Concluimos que hay escasez de novelistas españoles vivos de renombre o de nivel. A la muerte de Carlos Ruiz Zafón, Almudena Grandes, Javier Marías y Antonio Gala, sólo alcanzamos a vislumbrar en el horizonte de la narrativa española hodierna a Javier Cercas y a Antonio Muñoz Molina. Por supuesto que hay otros, pero consagrados, sin dudar ni poder dudar, nos decantamos por estos dos figurones de la novelística ibérica. Yo defendí la calidad de la narrativa de Muñoz Molina, quien se agenció hace algún tiempo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, entre otros galardones. Acababa de leerle Beltenebros y disfrutaba en ese momento de El dueño del secreto. Esta última novela me da pie para comentar en torno a la importancia de guardar un secreto.
«Toda criatura humana está destinada a constituir un profundo secreto y misterio para todas las otras».
Charles Dickens
En la novela de marras, el novelista de Úbeda, Jaén, nacido en 1956, nos cuenta un suceso, quizá real, quizá ficticio, que aconteció en Madrid en 1974. Un joven llega de provincia a la capital con la ilusión de estudiar periodismo. Este joven hace las veces de narrador. En el umbral de la novela confiesa: «En 1974, en Madrid, durante un par de semanas del mes de mayo, formé parte de una conspiración encaminada a derribar el régimen franquista» (p. 9). Este joven narrador revela desafortunadamente el secreto en relación con esa conspiración a su amigo Ramonazo. Le confía, en contra de lo que había jurado a su empleador y protector Ataúlfo, no sólo la existencia de la conspiración, sino también algunos de los nombres de personajes públicos vinculados a ella y hasta la fecha aproximada en que se producirían los movimientos militares. Desde las primeras páginas de la novela, el joven realiza su introspección: «Ya entonces, a los 18 años, padecía yo una debilidad de carácter que me ha perjudicado siempre mucho, más en mi respeto hacia mí mismo que en mi trato con los demás, y que consistía, y consiste, en que no soy capaz de guardar un secreto…» (p. 15). El único secreto valioso poseído a lo largo de su vida fue develado.
Para entender el valor de ese secreto es preciso tomar conciencia de que para 1974 la dictadura franquista se prolongaba de tal modo que parecía eterna. Parecía que Brecht se había equivocado cuando aseguró que «la más larga noche no es eterna» (p. 94). El pueblo español estaba harto de soportar ese yugo infame. La conspiración de la que habla Muñoz Molina debió verse como un rayo de esperanza. La divulgación del secreto que frustra esta intentona, no sólo pulverizó los deseos de cambio de los revolucionarios del momento, sino que se constituyó en el pecado capital del protagonista.
Nuestro imberbe periodista culpa al orujo, «bebida incendiaria y maldita» —yo opino que incendiaria y bendita—, con el que brindó al lado de Ramonazo por la amistad y por el triunfo de la revolución, de ser la causa de su infidencia. Dicha imprudencia desencadenará la catástrofe ya contada. El protagonista, en el colofón de la novela, descubre que además del secreto traicionado, ahora posee otro, pues «nadie piensa ya en aquellos tiempos, nadie se acuerda del invierno y de la primavera de 1974, ni de la ejecución de Puig Antich o del nombre del húngaro o polaco al que le dieron garrote vil en Barcelona» (p. 146). Él hubiera querido que la conspiración y la revolución triunfaran y que Franco no muriera naturalmente dos años después.
Dickens declaró alguna vez que «toda criatura humana está destinada a constituir un profundo secreto y misterio para todas las otras». Nuestra vida no sólo está compuesta de un montón de secretos. Nuestra sustancia es secreta en sí misma. Y aunque se nos invite a ampliar el área libre de la Ventana de Johari, para ganar en apertura y comunicación, siempre habrá cosas que ocultar porque si se comparten en la indiscreción las consecuencias son incalculables y «extraen nuestras posibilidades más ruines». Es verdad que revelar un secreto conlleva una dosis de placer inaplazable. Pero no tenemos por qué dejarnos llevar por «el mito de lo irresistible» y de manera irresponsable hacer daño a terceros solo por diversión.
Guardar secretos, a final de cuentas, es una disciplina saludable. La lección de hoy es, como siempre, la de discernir en torno a lo que ocultamos para ver si conviene hacerlo público. Y una vez aclarada la deliberación, tener los arrestos para no soltarse de la lengua y poner en riesgo la vida y los sueños de los otros.
Referencia:
Muñoz Molina, A. (2024). El dueño del secreto. BOOKET.

Claro. Guardar secretos, al fin y al cabo, es un acto de madurez emocional. Cada silencio elegido es una oportunidad para reflexionar: ¿qué conviene revelar y qué es mejor mantener en la sombra? Una vez tomada la decisión, el verdadero desafío está en mantenerla, ejerciendo el dominio sobre la palabra para no poner en riesgo la integridad ni los sueños ajenos. Siempre será un gesto de respeto
Un tema interesantísimo y sin duda de gran reflexión. También están los secretos que sin plena conciencia confiamos a personas no confiables, ahí ya la responsabilidad no es de ellos, sino de uno. Saludos