Susurros de cobre y acero, el legado invisible del «japoneso»

Entendías a los metales, sobre todo al cobre, como si ellos te susurraran en silencio sus secretos. Te llevabas bien con el oro que rescatabas en mayor proporción que el resto. Sabías encontrar sus vetas observando el terreno, e intuías con notable precisión su profundidad y su volumen. La gente de la Sierra te esperaba con mucho aprecio no solo porque desenredabas las vetas y reencauzabas el esfuerzo, no solo porque descubrías bastante más ley al idear un ingenioso método que modificaba la secuencia del proceso y «desencapsulabas» mayor ley que la que los mercaderes señalaban, sino porque llegabas siempre con varias hieleras con cerveza bien fría y carne para asar en fraterna convención. Era tu ingenioso salvoconducto en un territorio dominado por gente armada que te reconocían y respetaban.

Tu camioneta era un desordenado, pero bien surtido almacén de piezas y herramientas que solo tú sabías en dónde estaban.

Bien haría el fabricante en adquirirla y estudiar qué la hacía funcionar mejor que las nuevas cargando tantos años y habiendo devorado tantos golpes y tantos kilómetros.

Tus historias de enmendarle la plana a los genios que Peñoles contrataba de los Estados Unidos eran fascinantes. Eras un baúl lleno de anécdotas en temas de metalurgia.

Hicimos planes meticulosos para desarrollar una comercialización de cobre aprovechando que tu conocías en la Sierra quién tenía los mejores yacimientos y que te confiaban el trato. Nunca logramos echar a andar el asunto del litio que pudo haber generado cifras de demasiados dígitos, más de los que sería posible digerir. Apuntamos demasiado alto, ¿qué le vamos a hacer?

Conocías dónde estaban los tesoros y cómo había que obtenerlos, pero tu mirada se iluminaba cuando hablabas de tu familia, tu mujer y tus hijos eran el tema que más alegría y orgullo te provocaba.

Te consideré un auténtico genio de la minería y de la metalurgia, tantas horas hablando y planeando me dejaron en claro que ese mundo, desconocido para mí, era tu vida y a ella entregaste tu salud.

Descansa en paz «japoneso», como recuerdo que te llamaba tu padre, mi querido y legendario tío Mario, hermano de mi abuela Dora, cuando cada domingo cruzaba la calle de Zuloaga para jugar con mi primo (tío) y amigo Mario Martin, M & M como le decía mi abuela.

Descansa en paz hermano, ahí será en la otra, que en esta vida no logramos realizar nuestras mayores aventuras. Somos gigantes en potencia que, por un motivo u otro, dejamos en el tintero la grandeza que nos correspondía haber realizado.

Descansa en paz, Jaime Díaz Flores Preciado.

Comerciante automotriz. Casado 40 años, padre de 3 y abuelo de 4. Actor y director de teatro, lector voraz , escritor incipiente y pensador amateur. Excandidato a diputados federal y local. Gestor incansable del Estado de La Laguna.

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