Texas: a 190 años retoña la rapiña

1821. Antonio María Martínez, último gobernador español de Texas, otorgó permiso para colonizar esa región a familias angloamericanas con el visto bueno del comandante general de las Provincias Internas de Oriente.

Un empresario estadounidense nacionalizado español. Moses Austin, había solicitado establecer ahí a 300 familias «católicas». Tras su muerte, su hijo Stephen F. Austin asumió la concesión. Al consumarse la Independencia de México, él hubo de renegociar el permiso, el cual fue reconfirmado primero por el Gobierno imperial de Agustín de Iturbide (1823) y posteriormente por la Primera República Federal, mediante la Ley de Colonización de 1824.

Esas concesiones contenían condiciones muy estrictas: 1.- Declararse y ser bautizado como católico apostólico romano. 2.- Jurar fidelidad a la Corona española (y más tarde a la Nación Mexicana), renunciando a su ciudadanía estadounidense para convertirse en ciudadanos españoles/mexicanos. 3.- Acreditar buena conducta, moralidad y hábitos de trabajo de cada familia aspirante. No se permitían criminales ni fugitivos. 4.- Abolición de la esclavitud, prohibida por las leyes mexicanas, lo que siempre fue un punto de conflicto al igual que los anteriores ya que los colonos asentados en Texas seguían la doctrina protestante y se soñaban americanos, pero adoptando una posesión ladina.

1836. Santa Anna promulga las «Siete Leyes Constitucionales» por las cuales México abandona el sistema Federal de la Constitución de 1824 y se transforma en una República Centralista conservadora. Ello sirvió de pretexto para que tres estados se separaran de la nación: Texas, Yucatán y Zacatecas. Los dos últimos recuperados, pero Texas se convirtió en República Independiente: «La República de la estrella Solitaria», situación que duró por 10 años, en los cuales hubo enfrentamientos armados.

Dentro de las paradojas patrias más extrañas, el autor de la causa de la escisión fue quien dirigió los ejércitos mexicanos de recuperación del territorio perdido por su culpa, pero fue tomado prisionero y obligado a firmar un tratado (Velasco), donde aceptaba que Texas era independiente. Acuerdo ilegal sacado a un cautivo con suplicio y amenazas.

Desde un principio los tejanos decidieron unirse a Estados Unidos formalmente, pero no les fue fácil. En septiembre realizaron un referéndum con abrumadora mayoría de anexarse inmediatamente. Sin embargo, en ese momento EE. UU. rechazó la solicitud debido a que admitir a Texas como estado esclavista rompería el delicado equilibrio político entre estados libres y esclavistas en el Congreso norteamericano. Vivió una década de graves problemas financieros, el proceso formal de anexión se reactivó y concretó el 29 de diciembre de 1845. El presidente James K. Polk firmó el acto de admisión, convirtiendo oficialmente a Texas en el estado número 28 de EE. UU., hecho que desencadenó la Guerra México-Estados Unidos al año siguiente.

Y, aquí estriba el problema que se actualiza ahora: la frontera formal entre Texas y los estados norteños mexicanos era el río «Nueces» y ellos reclamaban que era hasta el Río Bravo o «Grande»; una franja de 300 mil kilómetros cuadrados que comprende Texas y Nuevo México; agandallada más allá de los tratados de por sí ilegales, o sea un pilón a la brava.

Antes recordemos que los gringos veneran dos dogmas para ellos primordiales: «Destino Manifiesto» y «Doctrina Monroe», con los cuales se han ido apoderando de territorios, riquezas y voluntades; líderes europeos y particularmente latinoamericanos se arrodillan ante ellos y hoy le besan allá, donde dijo al narcisista pedófilo que diariamente se maquilla con «chetos» y miente a todo el mundo sin que nadie lo corrija; aunque las pruebas demuestren lo contrario.

2026. Los gringos se creen dueños del mundo entero y ahora se descubre que a lo largo de décadas ciudadanos texanos se han ido apoderando ilegalmente de territorio mexicano, construyendo sobre él suntuosos ranchos ganaderos, así como áreas de cultivo. Todo ello, con la complacencia de los Gobiernos conservadores que prefieren callar, antes de molestar al «Tío Sam».

Como nadie los detenía instalaron estructuras gigantescas y al igual de que habían tomado las playas del país como propiedad privada, creyeron que asustarían a los mexicanos. Pero se acabó, el actual Gobierno federal ya recuperó lo invadido.

Contundentemente ha expulsado a los invasores, quienes arrogantemente han amenazado con enviar tropas para matar a los campesinos mexicanos que reclaman sus tierras invadidas.

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